El escapista

Un cuento de Élmer L. Menjívar, escritor y periodista salvadoreño, y editor de la sección cultural El ágora del periódico digital El faro.

El escapista, según Federico Caballero Mora (facebook.com/fcaballeromora).

“Los fugitivos del deber no tienen más amor que el que han perdido”.

Joaquín Sabina

Estar ahí es inquietarlo. Dirigirle la mirada es ponerlo alerta. Acercarse es encender todo su sistema de desconfianza. Mostrarle afecto es reservarle un pasaje de ida sin fecha. Quererlo es ponerle fecha. Necesitarlo es ponerlo en la fila de la boletería. Decírselo es comprarle el boleto. Pedirle afecto es sacar el pañuelo en la estación. Exigirle, tendría que ser por carta. Y si llegamos al extremo y algún día llega un abrazo, nada de lo anterior hace falta, pues desaparece en el acto: regresa a su espacio donde la gente sabe querer de lejos, lo suficientemente lejos.

Sus cualidades histriónicas son estupendas, se ve sociable e interesado por los demás seres que deambulan en su jurisdicción, y, de hecho, a veces busca compañía. Existe solo, aunque no vive solo; tiene familia. Al parecer el arte le comenzó ahí; no tengo datos precisos; sin embargo, una atmósfera de fugacidad impregna su hogar.

El arte de irse es quizá —no soy un experto— saber el momento justo, no antes ni después, sino en la coincidencia armoniosa y causal de espacio y tiempo; sólo así se concreta, con el espectáculo correspondiente, el acto.

Él caminaba un día martes repleto de octubre. Como siempre, en la mirada se veía la seguridad de esos seres que saben adónde van. Buscaba a un compañero de estudios para darle fin a una tarea de esas inequívocas materias numéricas. No lo encuentra. Se sienta como a dos metros de Ella, quien no lo mira. Están en el pasillo de la entrada principal de la universidad, en el banco interminable de un costado. Hay más gente ahí, pero gente de otros cuentos.

Ella a veces sonríe, pero esos a veces son fatales, porque las sonrisas lindas no son las de siempre, son las de a veces. Ella lo sabe, y no por vanidad o coquetería, sino porque cada vez que el espejo la sorprende con ese a veces no se reconoce a sí misma, y se despierta una tremenda simpatía, hasta ternura, hasta benevolencia. Cuando cae en la cuenta de que la del espejo es Ella se avergüenza de ese descarado narcisismo, y la sonrisa se convierte en la expresión serena y levemente distraída de los no a veces, la de siempre. Ella no es fea, pero no es una belleza comercial o producto de las tendencias del mercado de las imágenes; es bonita, pero su serenidad confunde, porque las bonitas, por lo general, son inquietas, flemáticas o bien su belleza es un don del que están conscientes plenamente y es el componente clave de su personalidad. Ella no, no es consciente del grado de su belleza, y no le preocupa demasiado, como no le preocupa el sujeto que está a dos metros esperando a un compañero.

Ella también espera.

La espera es hasta ese momento la única coincidencia entre los dos, de alguna manera siempre se sabe que hay alguien más esperando, y también se puede saber —por los gestos, las manos, los ojos, los pies— que se ha sobrepasado el límite de cortesía de espera, y que ya ha empezado el rosario íntimo de puteadas contra el cuestionable prójimo que se espera. Se crea una especie de solidaridad tácita y uno ya no se siente tan ridículo esperando, porque de alguna manera no está haciendo el ridículo solo, y no hay nada más gratificante que el ridículo compartido. Ya no son tan extraños, por lo menos ya comparten ese sentimiento de frustración y coraje que se genera en una espera infructuosa. Ni uno de los dos tiene reloj —a mí eso siempre me dice algo de la gente— y tal vez los dos quisieran que el otro tuviera para poder preguntar con confianza la hora y, quién sabe, tal vez intercambiar palabras, hasta entablar una protocolaria plática para combatir el aburrimiento y la ansiedad. Pero el pretexto de muñeca no está presente, así que sigamos con el rosario de puteadas cada vez más apasionado.

De pronto, Él escucha la voz de Ella: “Podría decirme la hora por favor”, y un joven moreno, risueño, como de uno setenta y cinco, y con reloj, contesta “Las cinco y cuarenta y tres”. Esa exactitud suena hasta burlona, pero creer que el joven moreno y con reloj está al tanto de su ridículo es ya paranoico. Ella dice “Gracias”, vuelve a ver a su desconocido compañero de trinchera y le sonríe.

A las seis y trece, la sonrisa de Ella había ya obrado el milagro de la comunicación explícita. Él, sereno; Ella, serena, y el sereno que empezaba a caer; era octubre, habían disipado levemente el coraje. Conversaban, no de la espera, claro —esta humillante situación seguiría tácita—, sino de la carrera de Ella, después de haber superado un preliminar avistamiento: «qué estudiás», «a qué año vas», «de dónde saliste de bachiller», «creo que ya te había visto por aquí», «cuáles materias estás cursando». Esta última pregunta da para una amena conversación. Él hizo la pregunta primero y Ella responde; Él especifica, Ella responde; Él muestra un agradable interés, Ella responde; Él habla poco, pregunta; Ella habla más, responde. Él sabe que el que más habla se va haciendo más vulnerable; a Ella no le importa, no lo toma en cuenta, además responde preguntas sin importancia; para Él no hay nada sin importancia. Tal vez de menos importancia es lo que se dice, pero es definitivo cómo se dice, no es que a Él ya le importe Ella, pero Él es así, siempre alerta, nunca se sabe.

Ella termina una de las respuestas solicitadas y se adelanta tácticamente con una pregunta para Él: “¿Te gusta leer?” En Él se activan todos sus sistemas de desconfianza; no esperaba una pregunta tan cercana; esperaba por sus materias, según un esquema protocolario que según Él había quedado claro de antemano, pero no, Ella ha hecho trampa. Que ¿que si me gusta leer? Al responder puedo quedar desnudo ante Ella en un segundo, se dice afligido. Es que esa pregunta para Él es insólitamente reveladora. Ni siquiera le dio tiempo de pensar qué grado de interés tenía de mostrarse ante Ella, para planificar qué quería que Ella pensara de Él, o bien qué quería que no pensara; también era importante saber si a Él le interesaba Ella. No le dio tiempo, no le dio tiempo. Todo este atormentado soliloquio le tomó fracciones de segundos; estaba consciente de que lo peor era demostrar desconcierto y mucho menos eso que ni siquiera termina de formular. “Sí”, responde, y mientras se sigue armando para esta inesperada contienda, otro movimiento a traición de parte de Ella; era el colmo, era injusto. Ella le sonríe una vez más. Debería regularse legalmente el uso de este tipo de armas fisiológicas: son tan letales como las biológicas. Él está a punto de llorar, pero su cara se mantiene serena e indiferente. Ella continúa como si nada con un comentario: “A mí también, y siempre traigo un libro para leer si me toca viajar mucho en autobús o si me toca esperar, pero hoy lo olvidé”. El comentario lo debería tranquilizar, pero ya no se permite ceder confianza. ¿Cómo contraatacar? ¿Cómo recuperar el status de interrogador? Él lanza su mejor tiro: “Y ¿qué te gusta leer?” Brillante, dice para sí, satisfecho de conseguir lo que quería. “Poesía, novelas cortas, cuentos, pero sobre todo poesía”, responde Ella, siempre serena aunque un poco más involucrada. A Él también le gusta mucho la poesía. Estas coincidencias son particularmente riesgosas, porque el gusto por la poesía delata la sensibilidad arriba de lo normal de cualquier persona, y saber esto sobre alguien, si lo buscas, te da ventajas. “¿A quién te gusta leer?”, sigue Él en su recuperada silla de fiscal. “Roque Dalton, Neruda, Bécker, Benedetti, Machado”, dice Ella sin sentirse sospechosa. Nombres comprometedores que ya no sólo delatan su sensibilidad, sino sus ideas políticas. ¡Ven cómo esta pregunta es reveladora! Y empieza otro soliloquio de estratega: Ahora la cuestión es adelantarme antes de que me pregunte y le digo que yo también leo poesía o decirle que prefiero la ciencia ficción o el existencialismo, que nunca he leído a Benedetti y sí algo de Dalton; que Neruda me parece cursi y que los clásicos me aburren. Si digo todo esto no habrá ni rastro de lo que soy, y Ella no tiene por qué dudar. Pero ¿es eso lo que quiero? Ella es una persona, por decirlo de alguna manera, bastante afín a mí, por lo menos literariamente hablando. Podría decírselo, pero sería un movimiento de alto riesgo. Ella lo mira; hoy se tarda más de lo normal en seguir la plática. Él se da cuenta y estornuda para ayudarse. Ella dice “¡Salud! El sereno le está haciendo mal”. Ambos saben que están ahí ya no por esperar a sus esperados, sino porque los dos están ahí. Él le contesta “Creo que sí”, pero no se mueve. Ella se acerca y le dice “Sé que le gusta Dalton; lo vi en un evento de esos de homenaje, lo recuerdo bien, estabas en la fila de atrás y rezaba junto al declamador varios de los poemas de Roque, sí. A mí me gusta muchísimo pero no me logro memorizar los poemas así, recuerdo que mi amiga estaba molesta porque no dejaba oír; a mí me parecía lindo que a alguien le gustara tanto Roque como para aprenderse sus poemas”. ¿Y ahora qué? Decir que no era él era tonto, pero ¿qué decir? No estaría exagerando y fuera más fácil relajarse y seguir la conversación sin tanto blindaje. No, sería acercarse demasiado. Ahora Ella y su sonrisa otra vez. Ahora junto con sus ojos. Y si no fuera suficiente, su mano en el brazo de Él. Y remata su voz: “«A los locos no nos quedan bien los nombres / los demás seres / llevan sus nombres como vestidos nuevos, / los balbucean al fundar amigos, / los hacen imprimir en tarjetitas blancas / que luego van de mano en mano / con la alegría de las cosas simples / ¡Y qué alegría muestran los Alfredos, los Antonios, / los pobres Juanes y los taciturnos Sergios, los Alejandro con olor a mar! / Todos extienden desde las mismas gargantas con que cantan / sus nombres envidiables como banderas bélicas, / sus nombres que se quedan en la tierra sonando / aunque ellos con sus huesos se vallan a la sombra. / Pero los Locos, ay señor los locos / que de tanto olvidar nos asfixiamos, / los pobres locos que hasta la risa confundimos / y a quienes la alegría se nos llena de lágrimas, ¿cómo vamos a andar con los nombres a rastras, cuidándolos, / puliéndolos como mínimos animales de plata, / viendo con estos ojos que ni el sueño somete / que no se pierdan entre el polvo que nos alaga y nos odia? / Los locos no podemos anhelar que nos nombren / …pero también lo olvidaremos» Ése es mi favorito, el único que me sé de memoria”. Qué bonito que declama, se dice Él casi temblando. Hasta ahora ha callado, pero el axioma de que el que habla está en desventaja no se está aplicando. Ella lo mira de nuevo. Es bonita. Muy bonita. Qué bonita voz. Qué bonito mira. Sabe esperar. Sabe recordar. Tiene manos suaves. Sensible. Izquierdilla. Vulnerable.

“Adiós”, dice Él, de pronto y de pie: “El sereno me va a enfermar y es muy tarde”. Ella lo mira hacia arriba sorprendida. Él disfruta la sorpresa. Ella se queda sin nombre y Él con el suyo propio. Camina bajo el sereno hacia su casa, donde no vive solo, pero existe solo. Mientras camina va sonriendo, satisfecho, todo salió espléndido, justo en el momento, limpio. Así, sólo Él, el escapista.

 

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