El egoísmo mata a millones de seres humanos

“El 0.5 por ciento de los 40 mil millones de euros evadidos anualmente a los paraísos fiscales por la delincuencia financiera globalizada, según la ONU, bastaría para paliar el hambre en el mundo.” Jean Ziegler.

“Destrucción masiva, geopolítica del hambre”, es el título de la obra de Jean Ziegler, exrelator especial de las Naciones Unidas. Imagen: Conxientia.

Por José Antonio Vera

Apenas el 0.5 por ciento de los 40 mil millones de euros evadidos anualmente a los paraísos fiscales por la delincuencia financiera globalizada, según la ONU, bastaría para paliar el hambre en el mundo. Esta conclusión ilustra la primera enseñanza que podemos extraer del último libro, de reciente aparición en Europa, del sociólogo y consejero socialista suizo Jean Ziegler.

“Destrucción masiva, geopolítica del hambre”, es el título de la obra de quien fue relator especial de las Naciones Unidas durante ocho años y está suficientemente informado, recordando que en Occidente se desperdician 1.300 millones de toneladas de alimentos al año, el doble de lo que produce África.

La extensión del desastre arroja una masacre anual de decenas de millones de seres humanos producida por el hambre, que constituye el mayor escándalo de nuestro siglo, dado que cada cinco segundos de hambre muere un niño de menos de 10 años y 37.000 personas por día.

Ziegler lanza su grito de alarma frente al espanto de que 1.000 millones, sobre los 7.500 millones de seres que habitamos este planeta, quedan mutilados por la subalimentación permanente, en un planeta que desborda de riquezas.

Esas cifras de víctimas, que difunde el Informe Sobre la Inseguridad Alimentaria en el Mundo, producido por la FAO, especifica que la agricultura mundial, en la etapa actual, podría alimentar normalmente (2.200 calorías por individuo adulto por día) a 12.000 millones de personas, o sea, a cerca del 60 por ciento más de la actual población mundial.

Cada niño que muere de hambre en este umbral de nuevo milenario no es el resultado de alguna fatalidad, ni de ninguna penuria objetiva, sino simplemente un niño que cae asesinado.

Este libro, dice, es el relato de mis combates, fracasos, ocasionales y frágiles victorias, y también de mis traiciones y verificaciones, como la de que el problema de los que sufren hambre no es la disponibilidad general de alimentos en el planeta, sino su propio acceso a los mismos y,  esencialmente, su falta de poder adquisitivo para comprarlos.

El hambre que mata cotidianamente es estructural, porque las fuerzas de producción están  insuficientemente desarrolladas en los campos del hemisferio sur, entre otras causas, mientras que hay un hambre coyuntural que, por el contrario, golpea cuando una economía se desploma bruscamente, a causa de una catástrofe climática o una guerra.

Pero hay también una relación directa entre los fondos de emergencia y la deuda externa de muchos países del hemisferio sur con la destrucción por el hambre, que es particularmente evidente en el combate contra el hambre coyuntural.

Un ejemplo concreto es que entre 2008 y 2010 el Programa Alimentario Mundial (PAM) perdió prácticamente la mitad de su presupuesto, que en  2008 era de 6.000 millones de dólares y ahora es de 3.200 millones.

Uno de los reflejos de ese fenómeno es que los Estados industrializados se endeudaron masivamente en los últimos años para refinanciar a la banca privada, borrando o reduciendo fuertemente sus contribuciones al PAM, que es el encargado de la ayuda alimentaria urgente en caso de catástrofe climática o guerra.

En consecuencia: el PAM no puede comprar suficientes alimentos para la ayuda urgente en caso de hambruna, como pasa ahora en el Cuerno de África, donde los funcionarios de la ONU todos los días rechazan la entrada de centenares de familias que tratan de huir del hambre, en los 17 campos de acogida instalados en la región.

La crisis financiera que fue lanzada por la delincuencia bancaria internacional desde 2007-2008 tiene varias consecuencias desastrosas sobre las poblaciones más excluidas del planeta. La primera: los fondos especulativos (hedge funds) y los grandes bancos se han ido trasladando y abandonan los mercados financieros para orientarse hacia mercados de bienes primarios, principalmente agrícolas.

La prueba, dice Ziegler, se encuentra al observar que los precios de los tres alimentos básicos (maíz, arroz y trigo), que cubren el 75 % del consumo mundial de alimentos, vemos que éstos aumentaron de forma explosiva.

En 18 meses, el precio del maíz aumentó un 98 %, la tonelada de arroz pasó de 105 dólares a 1.010 dólares y la tonelada de trigo para harina dobló su precio desde septiembre de 2010, pasando a 271 euros.

Esta explosión de precios produce beneficios astronómicos para los especuladores, pero mata en los barrios miserables a centenares de miles de mujeres, hombres y niños.

La segunda consecuencia es la carrera de los hedge funds y otros especuladores por las tierras cultivables del hemisferio sur.

Según el Banco Mundial, el año pasado, 41 millones de hectáreas de tierras cultivables fueron acaparadas por fondos de inversiones y transnacionales únicamente en África, con el resultado de la expulsión de los pequeños campesinos. Lo que se debe denunciar es el papel del Banco Mundial y también del Banco Africano de Desarrollo, que financian estos robos de tierras.

Para justificarse, estas organizaciones enuncian la teoría perniciosa de decir que la productividad agrícola en África es muy baja. Cosa cierta. Pero se debe aclarar que no es porque los campesinos africanos sean menos competentes o menos trabajadores que los campesinos de otros países, sino porque esa gente está estrangulada por la deuda externa que asfixia  a su país.

Miles de millones de familias campesinas no tienen dinero para constituir alguna reserva para los casos de catástrofes ni para invertir en la agricultura de subsistencia, aunque las transnacionales y sus voceros sostienen que la solución recién vendrá cuando los labriegos les cedan las tierras a esos capitales que transgreden continentes.

En cambio, afirma Ziegler, lo que corresponde hacer es que esos Estados sean capaces de invertir en agricultura y dar a los campesinos los instrumentos mínimos para aumentar su productividad, tales las herramientas de labranza, riego, buenas semillas, abonos, etc.

En todo el continente africano, por ejemplo, apenas el 3,8 % de las tierras son regadas, y sólo existen 250.000 animales para el trabajo agrícola y algunos miles de tractores. Los abonos minerales y las semillas seleccionadas están ausentes.

El flagelo es obra de los hombres

La tesis central del libro “Destrucción masiva, geopolítica del hambre” es que este flagelo es obra del hombre y debe ser eliminado por los hombres. Los principales enemigos del derecho a la alimentación son la decena de sociedades transcontinentales privadas que dominan casi con exclusividad el mercado alimentario. Fijan los precios, controlan los stocks y deciden quién vivirá y quién morirá, porque solamente los que tienen dinero tendrán acceso a los alimentos.

El año pasado, por ejemplo, Cargill controló más del 26% de todo el trigo comercializado en el mundo. Pero estos monopolios disponen además de organizaciones mercenarias, como la Organización Mundial del Comercio (OMC), el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, los tres caballeros del apocalipsis.

Si bien dicen reconocer que el hambre es terrible, estiman que cualquier intervención en el mercado es un pecado. Para ellos, reclamar una reforma agraria, un salario mínimo o la subvención de alimentos básicos, por ejemplo, para salvar las vidas de los más pobres es una herejía.

Según esos grandes trusts que en forma conjunta controlan cerca del 85 % del mercado alimentario mundial, el hambre solamente será vencida en el momento en que se produzca la liberalización total del mercado y la privatización de todos los sectores públicos, teoría neoliberal mortífera y oscurantista.

La Unión Soviética implosionó en 1991 (fue una buena cosa). Hasta ese momento, uno de cada tres hombres vivía bajo un régimen comunista y el modo de producción capitalista estaba limitado regionalmente. Sin embargo, en 20 años, el capitalismo financiero se extendió como la peste a través de todo el este de Europa y el resto del mundo, engendrando una instancia única de regulación: el mercado mundial, “esa dichosa mano invisible”.

Los Estados han perdido su soberanía y la pirámide de los mártires ha crecido. Si los neoliberales tuvieran razón, la liberalización y la privatización, que se aplica en casi todo el mundo, habrían debido reabsorber el hambre. Ahora bien, se produjo justamente lo contrario. La pirámide de mártires no deja de crecer. La muerte colectiva por hambre se vuelve cada día más terrorífica.

Ziegler concluye con optimismo, a pesar de los datos apabullantes, porque entiende que, en democracia no hay lugar para la impotencia y propone que la ciudadanía, en particular europea y noramericana, imponga de inmediato a los Estados la prohibición de especular en la bolsa con los productos alimentarios, que detengan el robo de tierras cultivables por las sociedades transnacionales, impidan el dumping agrícola, consigan la anulación de la deuda externa de los países más pobres, para que éstos puedan invertir en la agricultura para la alimentación local, y hacer que se termine con los agrocarburantes.

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