El dolor de Marina Cue, un año después

Hicimos  el camino que un año antes hiciera un contingente de los más de trescientos policías que ingresaron al sitio en el que se produjera la masacre, para desalojar a sesenta y cinco personas que ahí se encontraban.

Foto de Luis Vera

El sábado 15 de junio, a un año de la masacre, más de mil personas entramos a Marina Kue. Hicimos  el camino que un año antes había recorrido un contingente de los más de trescientos policías que ingresaron al sitio para desalojar a sesenta y cinco personas que ahí se encontraban. Era también el mismo camino que transitaron una y otra vez campesinos y campesinas que buscaban un lugar en el cual cultivar y asentar sus viviendas desde que en el 2004 empezaron a reivindicar esas tierras.

Ingresamos a Marina Kue para que los familiares de los asesinados sembraran, en el sitio de la masacre, dieciocho  plantines de aguacate; once por los campesinos asesinados el 15 de junio de 2012, seis por los policías asesinados ese mismo día y uno por Vidal Vega, asesinado seis meses después.

Partimos después del acto al borde de la ruta, donde paulatinamente se había sumado gente desde la mañana. Seguimos primero una suerte de sendero a campo abierto, entre cultivos de canola y avena que empiezan a despuntar. ¿Quiénes los plantaron? No sabemos aún la  respuesta a esa pregunta; pareciera que el signo de Marina Kue es despertar preguntas que no se responden.

Mirar hacia atrás mientras caminábamos era ver una columna interminable que se perdía entre las precarias carpas colocadas al borde de la ruta.  Como un camino de hormigas que se siguen unas a otras en silencio, esperando espantar con eso un peligro que parece siempre al acecho. Y era sentir una fuerza intensa, dolorosa, al mirar ese cielo encapotado que cobijó hace un año tanto temor, angustia y sufrimiento. Ese mismo sufrimiento que desde hace más de cien años se esparce por los campos del Paraguay ante la desposesión y  los desalojos.  Deben ser los mismos sentimientos que embargaron a  los campesinos en 1875, 1883 o 1885, cuando las leyes de ventas de tierras del Estado los expulsaron de sus lugares, cuando les notificaban que el lugar en el que vivían y trabajaban había pasado a ser propiedad de Carlos Casado, la familia Sastre, o la Industrial Paraguaya.

Mirar a los costados era ver a los campesinos y campesinas, a familiares y amigos de quienes fueron asesinados hacía un año, con sus hijos e hijas en brazos, con sus miradas curtidas, miradas parecidas a las que habrán tenido quienes caían el 15 de junio de hace un año bajo balas asesinas, ajusticiados. Y era ir codo a codo con compañeros y compañeras de organizaciones sociales que luchan desde hace años por el derecho a la tierra, con sus banderas ondeando, fraternamente, sabiendo que su lucha es la misma por la que murieron las víctimas de Marina Kue.  Y era además caminar junto a mujeres y hombres solidarios acompañando a las víctimas; gente que quiere la verdad sobre lo que pasó en Curuguaty y no unas mal hilvanadas acusaciones de  un fiscal incompetente y funcional a los de su clase, los poderosos, los grandes latifundistas, los que se hicieron de tierras estatales a través de la corrupción.

Seguir el camino y mirar hacia adelante significó entonces ver los dos kilómetros de finos desfiladeros que debíamos atravesar para llegar al lugar donde había ocurrido la masacre; por ellos podían pasar una, dos o a lo sumo tres personas; los cuellos de botella no dejaban avanzar la caravana  con  fluidez. El camino era resbaladizo por la reciente lluvia, como hace un año. Un camino por el que difícilmente podrían salir campesinos y campesinas huyendo ante cualquier represión policial. Nosotros tampoco hubiésemos podido si eso pasaba el sábado. Pero no pasaría, la relación de fuerzas no era la del 2012. Aunque fueran –como hace un año– 325 policías con los de GEO y la FOPE armados con fusiles Galil, y un helicóptero sobrevolando y alteando; esta vez éramos bastantes más de mil y ahí estaba buena parte de la prensa comercial, que ya no pudo evadir hablar sobre Marina Kue. 

Foto de Luis Vera

Tras los fangosos desfiladeros empezamos a ver la elevación a la que ya habían llegado quienes iban más adelante en la larga caravana; se podían vislumbrar las cruces blancas. Los compañeros de caminata  mostraban los esteros por donde tuvieron que huir y esconderse quienes intentaban que no los alcanzaran las balas asesinas.  Después de cruzar un precario puente con tres maderas sobre las que había que equilibrarse, subimos un poco más y llegamos a una especie de cruce de senderos por donde desde ambos lados podían entrar vehículos; la gente contaba que por ahí habían ingresado los otros contingentes de policías hace un año. Los campesinos quedaron encerrados en la elevación de la ocupación, no había por donde salir. Entendí claramente lo que había dicho uno de ellos en un programa televisivo hace unos días: ¿“Cómo íbamos a ponernos contra todos esos policías si estaban por todos lados”?  Estar en el lugar lo muestra todo tan claro… ¡Y había tantos sitios desde los cuales se podía masacrar a quienes se encontraban en ese lugar!  De hecho, parecía que eso intentaba decir un grupo ubicado en otro montículo a la derecha, hombres armados, vestidos de civil.  Y otros más, enmascarados, en  un rincón de  la izquierda, lo ratificaban.

La siembra fue emotiva, un homenaje a cada asesinado, un “presente” ante cada nombre, y la planta de aguacate quedando en lugar de cada uno.  La gente empezó a volver lentamente. Quienes ya habían plantado su árbol volvían a adentrarse en los desfiladeros. Al pasar un grupo escuchamos decir “O ñeñotyma De Los santos, ikatu jaha”  (Ya enterraron a De los Santos, podemos irnos).  Ya habían sembrado nuevamente a sus muertos. Pero esta vez pudieron verlos, y tocarlos, las plantas  estaban a su alcance. No como hace un año, cuando les entregaron los cuerpos podridos  en envoltorios que no pudieron abrir.

Marina Kue produce un dolor intenso. Ese mismo dolor paraguayo que hiciera llorar a Barret y gritar  desesperadamente: ¿Quién intentará curar, consolar a los que lo perdieron todo: fe en el trabajo, poesía serena del hogar, poesía ardiente de una ternura que elige, sueña y canta? ¿Quién confortará a los que aun no rompieron en llanto y en ira? ¿Quién tendrá bastante constancia para combatir los fantasmas fatídicos, bastante piedad y respeto al tocar las raíces sangrientas del mal, bastante paciencia para despertar las mentes asombradas, bastante dulzura para atraerse las criaturas enfermas?”

La interpelación del dolor de Marina Kue dolor no puede hoy encontrar indiferencia, necesita como respuesta justicia y reparación. Quizás así empecemos a cerrar tantas heridas abiertas.

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