El día en que mucha gente creyó defender la libertad y la democracia

Eran alrededor de las 5 de la tarde, una 10 mil personas apostadas en las plazas del Parlamento. Uno de los tramos ocupados por la Federación Nacional Campesina que había movilizado a su gente por la condonación de la deuda. Era un día cálido, de mucha transparencia en la vista, pero la tensión subía a temperaturas insospechadas. La dirigencia de Sitrande comandaba el cordón de seguridad junto con otras organizaciones. La Federación hacía lo propio en su territorio, con su “símbolo de lucha”: palos. Nadie podía ingresar a su territorio. La muerte de Luis María Argaña, el 23 de marzo de 1999, había disparado resortes insospechables. Al interior de las Fuerzas Armadas había una disputa apenas contenida entre los grupos que apoyaban a Lino Oviedo y sus adversarios. Amenazas de muerte iban y venían. A pocos días de haber asumido, Raúl Cubas Grau había decretado la conmutación de la pena, utilizando un artículo del código penal militar. La expuesta inconstitucionalidad de esta medida era el motivo esgrimido por las fuerzas argañistas, liberales y encuentristas para avanzar en el juicio político. Es que Lino Oviedo había sido condenado por un tribunal militar a 10 años de prisión por la intentona golpista de 1996. Y la Corte Suprema de Justicia, a menos de un mes de las elecciones para las cuales fuera elegido candidato presidencial, lo había confirmado.

El escenario de confrontación entre argañistas y oviedistas se había trasladado, ese día, a las plazas. Algo había disparado en mucha gente, sobre todo en gente que ya había vivido gran parte de su vida en la “transición”. Mucha de esa gente ya había participado de las movilizaciones contra el intento de canje entre Juan Carlos Wasmosy y Lino Oviedo: deponer las armas a cambio del nombramiento como ministro de Justicia. A aquellos jóvenes se los había llamado “cara pintadas”.

En la figura de Oviedo se concentró un proyecto “dictatorial”, nos cuenta el escritor Alcibiades González Delvalle.

“Fue uno de los picos más sangrientos de una lucha entre las facciones del Partido Colorado… Pero, fuera de eso, la gente no quería que vuelva una dictadura, que era lo que encarnaba Lino’o”, nos cuenta el periodista Carlos Morales, que aquella vez participó de manifestante como muchos otros de su generación.

“Todo se ponía muy oscuro”, pinta. La gente tenía muy presente aún la dictadura de Alfredo Stroessner. A muchos les recordaba la figura totalizante de Lino Oviedo a ese señor. Pero Oviedo no era Stroessner. Eran otros tiempos en que los mismos poderes que crecieron al amparo del régimen habían arreglado “vivir en democracia”. Un arreglo precautelado, sin discusión seria sobre la dirección de un proceso impuesto desde el Norte.

Antes de estos episodios, Conrado Papalardo, que hace poco participó de una reunión de negocios con el presidente Horacio Cartes, había “decretado” que Luis María Argaña no llegaría a la Presidencia de la República. Y en esos días también Oviedo advertía que correrían ríos de sangre si lo echaban a Raúl Cubas Grau, su hombre en la Presidencia.

Desde las radios, el mundo parecía estallar por todos lados. Raúl Melamed, entonces vocero del oviedismo, era, entre otros, el más panegírico. Mina Feliciángeli, con otros, la abanderada del argañowasmosismo en esa idea de defender la democracia.

ABC Color, el periódico papel más influyente, declaradamente oviedista. Su dueño, Aldo Zucolillo, le había ido a visitar con una carpeta en la mano a Raúl Cubas Grau. Quería meterse en el negocio grande de las construcciones.

Demasiadas cosas en juego, entre ellas las ideas de libertad, democracia, República que se filtraban en las venas de muchos jóvenes. “Sabíamos que de irse Raúl Cubas, asumiría otro stronista, Luis González Macchi, pero nosotros creíamos defender ideas y principios”, nos cuenta el actor Nelson Viveros, uno de los que defendieron “la democracia” esa noche.

Alrededor de las 5 de la tarde de ese 26 de marzo, la policía recibió la orden de despejar las plazas. Un frontón enorme, con carros hidrantes, gases lacrimógenos entraron en acción. Mucha gente tiraba cascotes o lo que encontraba a su paso. El despeje territorial era para habilitar la ocupación de las fuerzas oviedistas. En el Parlamento, empujones, bravuconadas, hasta amenazas de muerte, corría a tambor batiente el juicio político a Raúl Cubas Grau.

Pero la gente vuelve, una y otra vez, vuelve, y reocupa la plaza, consagrando el hecho como una victoria. Era preludio de algo oscuro. Una oscuridad se agazapaba en el ánimo. Las fuerzas policiales abandonaron el control. Luego de una hora de tensa calma,  desde el edificio El Zodiac, 14 de Mayo y Paraguayo Independiente,  y desde las calles laterales, vendrían balas de acero, cascotes, clavos miguelitos, contra los manifestantes. El caos se había apoderado del territorio. El gobierno había perdido la dirección institucional del proceso. Y no la pudo recuperar más.

Ocho jóvenes muertos. Cientos de heridos. Las ideas de la República, la libertad y la democracia se expresaban con fuerza, aun en barras bravas y “vagos” que se sumaron a esa plaza para la gran batalla.

Ocho muertos y centenares de heridos: el costo de haber "defendido la libertad".

Ocho muertos y centenares de heridos: el costo de haber «defendido la libertad».

“Yo defendí la República, loco, ya la defendí. Mirá este tajo, mirá”, dice hasta ahora Roberto González, que por ese tiempo ya andaba malviviendo en las plazas del microcentro asunceno.

Humo, sudor, cascotes, municiones, cáscaras de petardos…

“Es evidente que la gente que se jugó la vida en esa plaza en aquellos días lo hizo por principios e ideales que no tenían nada que ver con los de aquellos que manejaban los hilos de los hechos”, nos dice Gustavo Zaracho, desde Francia, donde ahora encabeza la organización de paraguayos migrantes.

Y nos cuenta que esos sucesos involucraban grupos de poder que dirimían sus conflictos a balazos e intentaban incrementar su poder e influencia en un contexto de cambios en la estructura del poder (colorado).

Para Carlos Morales, haberse jugado en las plazas por esas ideas “valió la pena. Siempre diré eso. Aunque el resultado posterior haya sido que nos hayan cagado mal.  Los que accedieron al poder no eran peor que un oviedismo en la Presidencia”.

Y sentencia: El marzo paraguayo “formó parte de esa transicion larga y dolorosa que se quebró el 22 de junio de 2012 con el golpe de estado parlamentario”.

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