El desnudo colectivo por un pedazo de tierra

Sin techos del asentamiento Sebastián Larrosa se desvistieron, en 1994, para evitar que la policía los desalojara. Querían que el mundo supiera la injusticia que vivían.

Escribe Julio Benegas Vidallet

Fotografía Mónica Omayra

 

En medio de la estampida, de los gases lacrimógenos, del llanto de las criaturas, de la desesperación de las madres, del atropello de la montada, del sobrevuelo de helicóptero, apareció “un hombre rubio, barbudo y alto”, a enfrentarse, con la mano alzada, a los cascos azules. Le dijo a la gente que se siente. «No pueden pasarnos por encima». Ante tanta determinación del hombre se sentaron. La tensa calma rodeó el terreno ocupado, en zona Sur, Fernando de la Mora, muy cerca de Zavala Cue.

Ese hombre barbudo, “rubio y alto”, en la consideración de doña Rosalina Cáceres, era, lo sabrían después, el cantautor Alberto Rodas, que vivía cerca de la ocupación del terreno usurpado por Nicolás «Bubby» Luthold, hombre muy cercano a Lino Oviedo, ex embajador, sospechado en ese tiempo de traer basuras tóxicas a Paraguay desde Alemania.

Desde ese momento, junio de 1994, Alberto quedaría sellado a la historia del hoy asentamiento Sebastián Larrosa. Rosalina, a sus 28 años, con un hijo de cuatro años a cuestas, se sumó a la ocupación para hacerse de un terreno y un hogar para criar a sus hijos. Vivía en un “koty’i”, cerca del Mercado de Abasto. Vendía piñas y otras frutas de estación. “Ndavyái va’ekue upépe”, recuerda, entre suspiros.

Rosa

Rosa Cáceres.

Un guardia de la Municipalidad de Fernando de la Mora le comentó que había un terreno que se podía ocupar. Ella no dudó en sumarse. “No tenía nada que perder”. Agarró a su hijo Eduardo y, en una noche profunda, ocupó, con 280 familias, un terreno angosto, largo, que se extiende de la calle Rosa Usher Ríos al Acceso Sur. Ella se sumó a la ocupación con ocho trabajadores del Mercado de Abasto. “Era una guerra. En mi vida vi tantos policías y cascos azules. Che Dio…”, recuerda Ña Rosa, en su kiosko comedor ubicado en la mismísima esquina de la calle Comisión Vecinal Sebastián Larrosa y Usher Ríos.

Una vez sentadas las personas, recuerda Ña Rosa, Alberto gritó a los policías: “Paren, esta es una obra de Lino Oviedo”. En ese tiempo, Lino Oviedo era el jefe del Ejército y administraba mano a mano el poder público en Paraguay, en permanente litigio con el presidente Juan Carlos Wasmosy.

“Nosotros no sabíamos nada, solo queríamos un terrenito para asentarnos”, sostiene Ña Rosa. Alberto, incorporado plenamente a la ocupación, convocó a las abogadas Gladys González y Nancy Rolón a la lucha por la tierra.

En aquella estampida, Corina Alfonso, de 39 años entonces, dejó, asustada, en el piso al San Pio 10 de madera. Corrió a despavorida. Una mujer embarazada, Felicia Cuéllar, perdió a su bebé.

Ese desalojo sería el inicio de ocho desalojos más. Una y otra vez eran sacados del terreno. Se quedaban apostados sobre la calle principal, Usher Ríos, en precarias carpas, comiendo lo poco que encontraban. Ingresaban otra vez. De vuelta el desalojo.

Corina

Corina Alfonso.

Antes del último desalojo, según Ña Rosa, Alberto Rodas planteó una acción que trascienda, que los saque de ese embudo, de ese forcejeo inacabable con la policía. “Este hecho debe conocerse en todo el mundo, dijo Alberto”, en la asamblea.

Alberto no recuerda que él lo haya planteado. Según recuerda, él, durante la asamblea, se encontró con la gente riéndose. Ya habían tomado la decisión. “A mí me pareció bien, necesitábamos sacar una medida importante que nos ayudara a detener el desalojo y a conseguir una mediatización del conflicto”, nos cuenta hoy.

“No había solución. Se cerraban todas las puertas. Apenas comíamos. Había tantas criaturas. Rezábamos. Lo único que teníamos eran Jesuscristo y la Virgen María”, rememora Ña Rosa.

Ña Rosa, rechoncha, resuelta, morenaza, estalla en lágrimas. Pero no se quiebra la voz, cual duelo domesticado, mil veces rumiado.

Durante la ocupación sobrevivían con ollas populares. Del Mercado de Abasto rescataban verduras machucadas, listas para ir al basurero. Ella limpiaba casas, reciclaba, “hacía de todo” para mantenerse en la lucha.

“Dormíamos poco, hacíamos turno y a cada pito todos nos congregábamos para defender el lugar”, recuerda Corina, morena, a quien le encantan las flores. Las riega, entre sus labores de reciclaje y viandas para albañiles de la cuadra, en una casita de madera, piso de tierra y bolsas de plásticos.

“Podían matarnos, lo sabíamos. Pero no íbamos a retroceder”. Ña Rosa se seca las lágrimas. Sus nietos la rodean. La miran casi con devoción.

Al principio de la ocupación los vecinos de los barrios antiguos nos consideraban “sinverguenzas, haraganes”.

“Madre mía, todo lo que hacíamos para sobrevivir y nos llamaban haraganes”, reflexiona, ya con muy buen humor.

Ña Rosa, como casi todos los ocupantes, había corrido del campo. En la década de los 90, según el sociólogo Tomás Palau, fallecido, unas cien mil personas al año se refugiaban en los alrededores de Asunción y Ciudad del Este, principalmente. Las fincas de 10, 20 y 50 hectáreas terminaban engrosando las haciendas y los latifundios sojeros.

desnudo-fernando-de-la-mora-7“Planteamos una acción de inconstitucionalidad ante la Corte. La medida de urgencia fue favorable a nuestra parte. Por eso empezaron a construir. Planteamos en paralelo ante el Parlamento una expropiación. Pero muy rápido sacaron la orden de desalojo. Fue entonces que los ocupantes toman la decisión de hacer un desnudo de protesta el día del desalojo. Fue todo muy triste, pero al final varias veces hicieron el intento de reocupación y lo consiguieron. Unas pocas familias”, nos cuenta la abogada González.

Ña Rosa vino a la ciudad en 1986. Vivía en Capitan Cue, compañía de Caaguazú. Escaló en ese koty’i, cerca del Mercado de Abasto. Trabajó como empleada doméstica y luego en la venta de frutas. En ese estado vino Eduardo, su primer hijo. Y en ese estado, sin hombre al lado, buscó un sitio para vivir.

Sus demás hijos y nietos ya son del asentamiento. Sebastián Larrosa se llamaba aquel joven de 18 años que murió durante la represión policial en un corte de ruta, durante la primera huelga general post dictadura de Alfredo Stroessner, realizada un 2 de mayo de 1994.

“Gracias a Dios mis hijos no beben. Ni un vicio tienen. Peántevoi la gracia del mundo”, asegura Ña Rosa, con las lágrimas resecadas.

Ña Corina, su comadre, su compañera, su amiga, regala una orquídea, comparte su tereré con abundante yuyo y amanece en ella sonrisas al recordar ese día en que, entre todos, “nos embolamos”. “Ay, che Dio, cada cosa que pasamos”.

Se decidió en una asamblea. La información de que vendrían con un enorme ejército a desalojarlos corrió toda esa noche del 31 de octubre de 1994. No había comunicación formal del desalojo, pero todos sabían.

En ese tiempo, Alberto Rodas ya había parado con sus huesos en Tacumbú, en tres ocasiones.

Vendrían nuevamente por él. Él, nos cuenta, se escondió en el portabultos de un taxi.

El frente policial avanzaba con doscientos miembros. “Traían falk (fusil ametrallador), nunca vi en Asunción y alrededores tamaño aparato de desalojo”, cuenta Rodas.

Alberto Rodas. Foto de la producción de concierto.

Alberto Rodas. Foto de producción de uno de sus conciertos.

La gente caminó hacia el frontón policial. Allí frente a los policías y los periodistas, ese 1 de noviembre, de sol intenso, se desvistieron. Algunos hombres tapaban sus genitales con hojas, algunas mujeres quedaban en bombachas. “Para mí era una vergüenza, pero qué podíamos hacer. Nos moríamos de impotencia frente a tanta injusticia”, rememora Ña Rosa. El desconcierto paralizó a los policías.

En dichos desalojos operaba“el bastardo” artículo 142, el mismo que traslada los desalojos de los territorios ocupados al fuero penal. Lo quita del fuero civil. Entonces, no se dirimen títulos, documentos de propiedad, nada. Se decide “quién” es el invasor y listo. Y  claro, siempre los invasores “son los pobres”, asume hoy Alberto Rodas.

“Mediante este recurso (Artículo142, Código Penal), se procede al desalojo violento, la detención de personas, la destrucción de viviendas y de la producción alimentaria de las comunidades. De esta manera se consuma, de hecho, el desalojo, aunque sin seguir la vía legal correcta. Se evita la oportunidad legal de ejercer su defensa y se soslaya el debate sobre la legalidad del título del presunto propietario, documento que nunca se presenta”, nos dice el Informe de Derechos Humanos, caso Marina Cue, en su página 30.

Esas 10 hectáreas en litigio tenían documentos superpuestos. “Las 10 hectáreas estaban en litigio, pero el juez que entendía era un oviedista llamado Carlos Monges. Todo el aparato se movía a platazo limpio”, sostiene la abogada Gladys González Roa.

Mucha gente no pudo resistir las ocho embestidas policiales, pero Ña Rosa y Ña Corina ganaron ese cuadrilátero por el que tanto pelearon.

Alberto Rodas, creador de Dónde están, escobas voladoras, el blues del gato azul, sobrevivió a tres encarcelamientos, se desnudó una vez más, tapando sus genitales con su guitarra, durante una manifestación campesina, y ha escrito un montón de nuevas canciones.

A Luthold, ganador de la versión 1987 del Transchaco Rally, Lino Oviedo lo inscribió como su dupla en las presidenciales de 2008. En el 2003, el ganadero Líder González lo acusó de abigeato. Dijo que en la estancia «Las Carmelitas», propiedad de Luthold, se encontraron cincuentas vacas Nelore de su propiedad.

El ex juez Carlos Monges llegó a la presidencia del directorio del quebrado Banco Nacional de Trabajadores durante el efímero gobierno de Raúl Cubas Grau (15 de agosto de 1998-29 de marzo de 1999)

Corría la leyenda de que en esas tierras del asentamiento Sebastián Larrosa sepultaron a más de cincuenta personas durante la Revolución de 1947. Cuerpos de revolucionarios vencidos por el ejército de Higinio Morínigo. Y que, por mucho tiempo, esa creencia hizo que a nadie se le ocurriera ocupar ese yuyal altísimo, tupido y cerrado que cubría las fosas comunes.

 

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