El cumpleaños del escribidor

Por Blas Brítez (Publicado en Correo Semanal el 1/abril/06) Hace una década ya, se empezó a forjar un nuevo Vargas Llosa, que no es el mismo militante comunista de los 60, pero tampoco quiere ser el neoliberal sin tregua de los 90. Los cables internacionales que abrevan del mundo literario estuvieron notoriamente dominados esta semana por el siempre oportunamente mediático Mario Vargas Llosa. Tres acontecimientos se mezclaron para que su nombre volviera a ocupar los titulares de los medios de comunicación: su cumpleaños número setenta, la edición de sus obras completas y el estreno en Lima, capital de su país natal, de la película «La fiesta del Chivo», basada en la novela homónima y dirigida por su sobrino Luis Llosa. El hecho de que converjan tres novedades al mismo tiempo en torno al no siempre novedoso Vargas Llosa no parece casual. Como no parece sorprender a nadie, aunque el peruano asegure haber sido tomado desprevenido, la fiesta de cumpleaños «sorpresa» que le organizaron sus amigos en un lujoso hotel limeño, para coronar con champagne y una gran torta la perfecta estrategia mediática.

Sin embargo, hay que decir que es de especial interés la edición de sus obras completas, en diez tomos, que incluirán sus escritos literarios, periodísticos, políticos y autobiográficos. Lo es porque la vasta producción literaria de Vargas Llosa es una de las que mayor consenso han instalado alrededor de ella, tanto para la crítica como para los lectores, y ese solo hecho obliga a que dichos lectores y críticos, a partir de esta edición, vuelvan a mirar en retrospectiva toda su obra para elaborar un balance provisorio de sus aportes y fracasos.

Cincuenta años de literatura

De aquella pléyade de escritores cuyas novelas ubicaron a la literatura hispanoamericana en el sitial más alto de la producción literaria universal en la segunda mitad del siglo XX, Vargas Llosa es uno de los que mejor salud gozan hoy día. No solo en el sentido biológico, sino también en cuanto a la fertilidad creativa. En cinco décadas, ha publicado por lo menos un libro cada dos años, en un caso de prolífica labor solo comparable a su coetáneo mexicano Carlos Fuentes.

No hay dudas sobre los aportes del peruano a la nueva novela hispanoamericana. Dos o tres obras suyas, en especial las de su primera etapa, merecerán perdurar como señas de identidad de la evolución de la narrativa moderna hacia un modelo abierto cuyas puertas de entrada son múltiples e invitan al lector a penetrar en una maquinaria lingüística muchas veces apasionante. Sus primeros frescos sobre la clase media peruana serán también de obligada lectura para quienes busquen una apoyatura literaria en un análisis sociológico sobre el Perú. Pero también hay que decir que, desde la década de los 80 y en mi opinión, Vargas Llosa no ha producido nada especialmente importante. Excepción hecha tal vez de las más recientes novelas El paraíso en la otra esquina, un acercamiento a la precursora del feminismo y socialista utópica Flora Tristán, y La fiesta del Chivo (2000), un extemporáneo experimento de novela sobre la dictadura, en donde su escritura llega a deshacerse, en gran parte, de las construcciones ideológicas que habían empañado otras novelas anteriores, como es el caso de Los cuadernos de don Rigoberto (1997), donde el individualismo posmoderno es celebrado a ultranza, y desacreditada cualquier demostración que pueda ser catalogada de «colectivista», dada la conocida aversión de Vargas Llosa por cualquier expresión que remita a teorías de la izquierda.

¿El «nuevo» Vargas Llosa?

Con la aparición de las dos novelas citadas más arriba, pareciera ser que hay un nuevo Vargas Llosa en ciernes que no es el mismo militante comunista de los 60, pero tampoco quiere ser el neoliberal sin tregua de los 90. Se nota un regreso suyo a las novelas con un tono marcadamente más político. Y si a esto se le suma que últimamente ha declarado que en Israel se sigue sintiendo de izquierda y que sigue teniendo muchas marcas de ese signo político, podemos arriesgarnos a decir que se opera en él, de manera más tibia es cierto, el mismo fenómeno operado sobre la clase dirigente liberal tradicional de América Latina: desacreditado el discurso neoliberal, es imperiosa la necesidad de teñir de ideas socialistas o izquierdistas la concepción política sobre la realidad latinoamericana. En estos momentos, sería impensada la declaración que Vargas Llosa hizo a principios de los 90, cuando aseguró que todos los países de América Latina deberían seguir el ejemplo de Puerto Rico y asociarse «libremente» a Estados Unidos. Sería, hoy, políticamente incorrecto, dados los vientos nuevos que soplan. Intelectuales acomodaticios que le llaman. No obstante, hay ocasiones en que no puede con su genio: hace poco no tuvo empacho en rebuscarse para crear un nuevo «racismo de indígenas contra blancos» en la Bolivia del presidente indígena Evo Morales.

Setenta años de buena y no tan buena literatura los de Vargas Llosa. Casi tanto como los de sus contradicciones políticas y, seguramente, los de su sueño con el esquivo Premio Nobel.

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