Una “apasionante” novela mediática

Íntimas emociones e interés de lucro movilizan el espectáculo informativo del asesinato que involucra al dirigente de Olimpia Adolfo Trotte.

Aldolfo Trotte y su esposa Sonia Vera. El asesinato de esta última desató la novela mediática.

En la mañana del pasado lunes, hice zapping por las frecuencias de radios comerciales de Asunción. Todas estaban en una sola: el asesinato de una mujer de nombre Sonia Vera, entonces presumiblemente en manos de su marido, Adolfo Trotte, dirigente del Club Olimpia.

Hoy, a seis días del crimen, el hecho informativo se convirtió en la novela de la semana, una novela que pocos habrán dejado de ver y escuchar, puesto que los grandes medios comerciales (radio, televisión, prensa escrita e internet) acordaron naturalmente que la agenda informativa debía concentrarse en el Caso Trotte.

Esas íntimas pasiones.

Ña Mercedes (mi madre) que a sus 77 años pasa un promedio de 8 horas al día frente al televisor, es una muestra de lo que millones de personas están viviendo, desde diferentes emociones, siguiendo a través de los medio el Caso Trotte.

“Ko’a oñentregata hina ”, vaticinaba mi madre la noche del martes pasado, refiriéndose al hoy prácticamente confeso asesino, al tiempo en que me relataba, pormenorizadamente, el desarrollo informativo del crimen. Le pregunté, provocándola, si era mejor que algunas de las novelas que ve diariamente. “Mbaa¡… koa igustove Laura en Américagui”, me respondió aludiendo al espectáculo amarillo del programa peruano. También me decía: “Ambyasy pe kuñataï sy pe”, identificada con el dolor de madre por la muerte de una hija.

Mi madre siguió la Novela Trotte desde su íntima necesidad de distracción, como toda anciana que ya no sale de la casa y encuentra en el televisor un divertido refugio. También la siguió desde su miedo de que le pase a ella lo que le paso a la madre de la asesinada: que maten a su hija.

Espejo de uno mismo.

Otros televidentes o radio escuchas habrán vivido desde esa insoportable relación matrimonial que padecen hace 20 años, que los inunda de fantasías mescladas de miedo y deseo asesinos; otros desde esa densa imposibilidad de no poder pagar las cuentas del mes que vencen esta semana y que los impulsa a fugarse en la tele; Otros, tal vez, desde esa condición depresiva del desempleado; otros desde el miedo por la vida de sus hijas; otros desde ese complejo miedo- deseo a la muerte; otros simplemente para darle sal a la aburrida cotidianidad de lunes a viernes, mientras esperan las farras y ocios de fin de semana. Y así, puede haber muchos otros.

En los párrafos anteriores intento mostrar que las informaciones seleccionadas, elaboradas y difundidas por los grandes medios no se propagan en un desierto sin vida. Sino que caen, receptivamente, en la cabeza y el corazón de las personas, de la sociedad. Ese rating del que hablan obsesionados los periodistas se alimenta de las íntimas pasiones humanas, porque los medios de comunicación, en parte, reflejan un determinado pienso y siento social. Son aquellas pasiones las que movilizan a los millones de televidentes, radioescuchas y lectores, las que legitiman el poder de los medios,  las que posibilitan que sus dueños hagan grandes negocios y sus periodistas ganen sus salarios. La gente, en parte, sostiene la novela del Caso Trotte. Porque los medios, en parte, son un espejo donde la gente se mira.

La avidez del capital.

Adolfo Trotte capturado en Clorinda. Foto: Jakueke.

Servido aquel amasijo de pasiones diversas, propias de todo ser humano, los medios comerciales comieron del plato. Como espuelas que reabren eternas  heridas, los medios estimulan con una avalancha informativa del Caso Trotte las ávidaz necesidades sociales para la ganancia y la acumulación de capitales.

Desprovistos de reglas y de todo control social o estatal, los medios comerciales paraguayos llevaron hasta la insensibilidad y la extrema hipocrecia la cobertura del caso. Como en el programa televisivo Viva la vida de Canal 4, el miércoles pasado, donde los conductores, entre risas y burlas, ordenaban a la cronista que se filtre entre los parientes de la víctima, simulando llanto, para ingresar al lugar de la Villa Olimpia donde los familiares vivían su tragedia. La hpocrecia vino por el lado de los medios digitales ABC Color y Ultima Hora (los mismos que explotaron hasta el exceso la pasiones de sus lectores con la telenovela Trotte), que bloqueron, en «nombre de la libertad de expresión responsable», los espacios de «comentarios» de los internautas, habida cuenta las expresiones violentas de éstos.

El fenómeno del Caso Trotte es conocido como el de la espectacularización informativa, común en los medios del mundo. Es como un improvisado guión de novela televisiva, mediocre pero efectiva, donde la música de fondo de la cobertura, el tono de voz de los cronistas y los conductores, las imágenes de primer plano con la cámara de filmar en movimiento, montan un culebrón trágico, que supera en intensidad y rating a cualquier partido de fútbol.

Es un espectáculo trágico montado para las masas, así como montan un espectáculo informativo político, deportivo o amoroso. Es la información convertida en un producto más del mercado, un producto que debe ser vendido, y mucho, para que sus vendedores ganen mucho dinero.  Es la información, el periodismo, tocados por el Capital, y como todo lo que toca el capital, se convierten en mercancías,  mediante una manipulación de los íntimos deseos, miedos y obseciones del prójimo.

El Caso Trotte, se sabe, no es ni original ni único. Todos los días, de día y de noche, los noticieros de los canales de televisión del país montan trágicas novelas con la desgracia y la miseria de la gente: abundantes noticias sobre violaciones, asaltos, asesinatos y golpizas invaden los noticieros. El diario amarillo El Popular vende 50.000 ejemplares por día gracias a sus páginas de sangre, sexo y chismes.
Tampoco es un fenómeno paraguayo exclusivo. Los medias del mundo, con más o menos límites, con más o menos estética, buscan vender información a como de lugar.

Es la lógica del Capitalismo planetario.  Es la lógica del Paraguay donde reina la impunidad para los “dioses” mediáticos.

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