El “Caso Curuguaty”, doble ausencia de democracia de fondo y forma

Observamos atónitos una de las vergüenzas jurídicas y legales más grandes de la historia, donde el republicanismo de “la separación de poderes” y la “justicia imparcial” no son más que discursos de la elite dominante y los constitucionalistas y utopías de los investigadores.

Dentífricos, cuadernos mojados, gorras rojas (y sobre todo mucha, pero mucha, voluntad política) sirven para acusar a un manojo de campesinos de haber perpetrado una masacre de la cual en el registro oficial no se sabe nada y sobre la cual se posee evidencia certeramente acusada de improcedente e intencionalmente puesta en el lugar de los hechos.

Las incoherencias del caso incurren en todas las falacias argumentativas que podamos imaginar. Las mismas han sido enumeradas por abogados y han sido denunciadas por organismos de DDHH.

El “Caso Curuguaty” se ha vuelto el ejemplo paradigmático de una justicia que no ha dejado de tener vicios autoritarios y dictatoriales y que no deja de ser la justicia que dictan unos para que la cumplan otros. Acá vale aclarar algunas cosas: la justicia injusta con los “pobres” (que en realidad deberíamos llamar los “empobrecidos”) no es monopolio de Paraguay. Es una característica que se ha repartido muy equitativamente en casi todos los países capitalistas del mundo en los que la propiedad privada vale más que la vida humana (que no casualmente se comenzó a llamar “recurso” humano). Además,  que las dictaduras que atravesaron el Cono Sur hayan dejado sus huellas marcadas dentro de las leyes y los códigos penales y dentro de los tres poderes de gobierno, tampoco es, lógicamente, monopolio de Paraguay. Escarbando más profundamente: que haya dictadores, torturadores y “milicos” que estuvieron con las dictaduras que ahora anden libres y gozando de plenos derechos (y declarando barbaridades en contra de los sujetos sociales a los que desprecia), eso tampoco es monopolio de Paraguay.

Podemos decir que Paraguay ha incursionado en algunas originalidades históricas:

-un juicio político que (de no haber sido terriblemente siniestro en sus intencionalidades políticas) podría haber sido una comedia jurídica de las que se usan de ejemplo en las universidades de derecho de todo el mundo sobre “como no debe actuar el cuerpo legislativo a la hora de ejercer su rol de judicial”.

-Un partido político que sostuvo la fachada de la dictadura que siga detentando un poder extraordinariamente superior a otros partidos de la región.

-Una unificación casi absoluta del bloque dominante económico con los actores políticos relevantes (donde uno de los partidos más grandes que enjuicia a Lugo por su “mal desempeño” en la resolución del conflicto de Curuguaty es el mismo partido al que pertenece el supuesto dueño de dichas tierras –propiedad claramente dudosa e imposible de constatar hasta la fecha- que fueron desalojadas –de nuevo- en dudosas condiciones y sobre lo que el “Estado” no conoce nada más que las propias versiones de quienes detentan el poder).

-Un juicio perverso que sólo puede encontrarse en los mejores escritos literarios de tragicomedias. Una vergüenza republicana, donde la mezcla de poderes y de instancias de decisión es absoluta, donde se apresa a gente por el crimen de correr con niños para protegerse, donde el que tenía la gorra roja pierde, donde los nombres que aparezcan borrosos en un cuaderno mojado tienen la culpa. Donde un fiscal se relaciona con la nieta de quien acusa a campesinos de matar en un montaje casi perteneciente a Rambo a 11 policías en una emboscada que no la podría haber armado nadie más que Jean-Claude Van Damme en alguna de esas películas de acción increíbles.

Estamos, insisto, observando atónitxs una de las vergüenzas jurídicas y legales más grandes de la historia. Y observamos, digo, porque no he visto en la región miles y miles de personas movilizarse para evitar que una vez más la violencia del sistema ataque al actor social que el mismo sistema debilitó más.

Quizás la mayoría de la gente “progre” que apoya las causas nobles pueda continuar su vida sabiendo que resignamos la democracia de fondo y contenido, para quedarnos con la formal-legal, pero, me pregunto ¿Podremos vivir pensando que resignamos las dos?

Con el caso Curuguaty, aún estamos a tiempo.

Comentarios

Publicá tu comentario