El buen humor de Juan

Recordando a Juan Díaz Papi Bordenave.

Juan Díaz Bordenave. Fuente: oclacc.org

Aquel jueves a la tarde fui a su casa a devolverle una plata que le debía hacía tiempo. Me recibió con su jovialidad de siempre: “Aríiistides, que grato veeerte…”. En la pared, colgado, un Jesús  pintado a lápiz me daba también la bienvenida con una carcajada que –se diría- se burlaba del retrato típico del Jesús de cara de limosnero, trágico y aburrido. La mesa de la sala-comedor esperaba para la merienda, atiborrada de cosas ricas. Le entregue la plata y, presuroso, me senté a la mesa. Fueron dos horas de diálogo apasionantes, condimentados por el poderoso sentido de humor de Juan.

Recuerdo también que aquella tarde llegó imprevistamente a su casa una mujer. “Holaaa…y usted quién es”, le preguntó Juan. “Soy la geriatra, hermana de su amigo César…me pidió que venga a ver al señor Juan”, le respondió. “¿Es usted?”, le preguntó. “Noo, es él –señalándome a mi-, pase por favor a atenderlo…”, le dijo Juan. La geriatra me miró y dudo. Luego cuando Juan dio una de sus famosas risitas, se dio cuenta que era una broma. Y yo, ante la carcajada de ambos, no tuve más remedio que reírme también.

Aquel jueves ya sentía los rigores de la enfermedad que él desconocía hasta ese momento. Dos días después se internó. Desde el hospital atendió en su celular mi llamada. “Arriistides, estoy al borde de la nave…cerca del otro mundo”, me dijo con un tono casi teatralizado que parecía una broma. Lo que yo no podía escuchar en aquella voz era la de un enfermo. Había en ella energía, un sentido jocoso y nada de sentido trágico. Y luego, unos días después, fui a visitarlo al hospital y entré a la sala donde estaba convaleciente. Juan estaba dormido, con una toallita mojada sobre la frente,  atendido por una de sus tantas amigas. Cuando escuchó que llegó alguien, abrió los ojos, me vio y me dijo: “Disculpa Ariistides que no te pueda atender como un caballero…”. Le dije algunas palabras, no recuerdo bien qué. Sí recuerdo que me dijo: “Bueeno, gracias, chau”, como si fuera a  hacerle a una siestita para luego volver a la tarea de vivir.

Una vez íbamos a toda velocidad –como siempre- en su Maruti  por una avenida de Asunción. Mientras él manejaba y yo me preocupaba porque sus reflejos de viejo le fallaran, me contó de un amigo suyo que “estaba en las últimas” y que bueno, esa era la ley de la vida. Le pregunté si él, a sus 86 años, no tenía el recurrente pensamiento de la muerte. “Ja…no, no tengo tiempo para pensar en la muerte, la verdad…”, me respondió.

Creo que las manos de la muerte tocaron muy poco al hombre que murió el jueves pasado a la madrugada en Rio de janeiro, Brasil. Que la vita-lidad que llevaba por dentro dio muy poco espacio al sentimiento y a la idea de muerte, porque ese hombre estaba muy ocupado en la vida del presente, en el ahora intenso. Y esto lo atestigua todo lo que hizo en su vida. No digo que este hombre no sintió tristeza, miedo, frustración o contradicciones en su vida; no (de hecho, este viejo, por más que lo torturé, nunca aprendió a hablar el guaraní ). Sí  sospecho que, a pesar de haber vivido todo lo que cualquiera vive, nunca perdió el sentido de la vida, porque, sospecho, lo aceptó y se acomodó a sus movimientos, livianamente. Y que así se fue el jueves pasado.

Y tengo más tristeza por mí y por sus demás –incontables- amigos y amigas que por Juan. Ya no tendré las visitas a Altos para comer macadamia, hamacarme en aquel sillón de madera y conversar con Juan; ya no tendré ese queso roquefor que sólo en su casa comía; ya no tendré disponible los préstamos periódicos, y, sobre todo, ya no voy a tener el cálido afecto de Juan, cargado de risa y de buenas ideas.  Y eso me pone triste.

Comentarios

Publicá tu comentario