Una crónica de la mayor tragedia contemporánea

Más de medio millón de muertos en la invasión a Irak que comenzó en marzo de 2003. Compartimos con nuestros lectores una crónica de nuestro compañero Julio Benegas Vidallet que, por protección de fuentes, solo ahora puede publicar. Un pedazo de aquella dantesca tragedia.

Por Julio Benegas Vidallet

Un compañero del Sindicato de Periodistas del Paraguay me había llamado. No me acuerdo quién. Debió haber sido Vicente Páez, Miguel López o Jorge Zárate.

-Julio, tenemos una invitación para ir a Irak. Hay un encuentro internacional de periodistas tras la ocupación.

-Qué, en serio.

-Sí, en serio.

-¿Querés ir?

-Claro, por supuesto

Era la primera conferencia internacional luego de la invasión. Entonces se hablaba de una rápida reconstrucción (la empresa del vicepresidente de Estados Unidos, Richard «Dick» Bruce Cheney, se había quedado con el contrato de reconstrucción) y que el país ya estaba “estabilizado”.

En el aeropuerto éramos los únicos pasajeros. Un silencio en claro oscuro alrededor. Afuera se distinguía un color parecido al de nuestro horizonte de llanos: inmenso dorado. El aire, entre cálido, fresco, y ese seco árido había sentido yo en el Chaco central, más específicamente en Mcal. Estigarribia.

A cada dos o tres kilómetros el ejército de ocupación nos bajaba del bus para revisar una a una nuestras maletas. El coronel que dirigía nuestra escolta se encuadraba a cada sargento norteamericano que encabezaba los retenes. En esos retenes, los oficiales norteamericanos eran los únicos rubios, el resto de la tropa de ocupación era de color negro, cobrizo, moreno y castaño, y algunos que otros blancos. Estaban todos muy alertas. Yo miraba alrededor y no podía comprender esa atención medrosa en los retenes de aquella carretera que conducía del aeropuerto a la franja de seguridad, mostrando, como en una galería dantesca, edificios destrozados.

-Qué pasó con la reconstrucción-, me pregunté, recordando todos los mensajes desde los Estados Unidos de que Irak “ya estaba estabilizado”.  ¿Si éramos periodistas, y si nuestras maletas ya habían sido controladas en el aeropuerto, en otro retén, en un tercero, en un cuarto, por qué tanto temor? ¿Y por qué, si está todo estabilizado, y si ya hay un nuevo gobierno irakí, un coronel se encuadra a un sargento? Bueno, tranqui, Julio. Tranqui.

La última revisión fue antes de ingresar al hotel. Ya me tenían de acá las revisiones.

-Usted, Colombia, por qué está usted acá- le pregunté a un soldado que murmuraba con su camarada en su idioma,

Se quedó tieso, sin decir ay. Recordé entonces que muchos paramilitares colombianos habían sido contratados por corporaciones de “seguridad” y que mi sobrino, electricista, estuvo tentado a ir para “la reconstrucción”. Hasta inglés estaba estudiando entonces. Recordé también que el gobierno de Nicanor Duarte Frutos (2003-2008) había pedido el permiso al Congreso para enviar tropas de Paraguay.

Qué cosa aquel episodio. El director del diario donde yo trabajaba quería que hiciéramos una campaña apoyando el pedido.

-Hay que preguntar qué gana Paraguay si no envía las tropas- había ordenado en una reunión de editores.

-Hay que preguntar lo contrario, director. Qué gana Paraguay enviando tropas a una guerra que no es la suya. ¿Usted quiere que mañana explote una bomba en Ciudad del Este?

-Lo que pasa es que usted, Benegas, me odia.

-E’ána, por qué pio yo le voy a odiar. Usted defiende, o cree defender sus intereses, y yo defiendo el interés de los trabajadores. No pasa nada.

Justo recordaba este diálogo cuando me presentaron a Ella, morena de ojos bien negros, las cejas abetunadas y el pelo hasta el hombro recogido por una vincha. Durante el encuentro el primer ministro irakí dijo cosas como que en Irak todo ya estaba en buen funcionamiento y pedía al mundo que se lo vuelva a visitar. En la tele vi, por ver algo, publicidades de productos extranjeros, entre ellos Nescafé, y de bandas de pop anglo sajón. Ningún producto hecho en Irak. ¿Qué pasó con la industria?

A la noche fuimos al centro de Bagdad. Cada cuadra de esta ciudad estaba artillada. Ella permanecía callada, distante. En ese paisaje de edificios destruidos, tráfico alocado y tanques en todos lados, yo no atiné a preguntar nada. No era un buen momento para pedir explicaciones a una guía. Llegamos a una terraza sobre el Eufrates. Ese río bíblico se me pareció a un arroyo grande en nuestro país, cuando no sufren sequías por las deforestaciones.

Pronto me di cuenta de que las mesas dispuestas abajo no eran de comensales sino de vigilantes.

No intervine en ningún momento de la conferencia. Me pareció que nada de lo que podía decir sin denunciar la ocupación y esa farsa de mostrar Bagdad como un lugar estable y seguro tendría valor alguno, ni sentido. Fue así que mi traductora no tuvo más trabajo que traducir lo que yo le pedía que me tradujese.

Ella hablaba un castellano fluido. También el inglés y no me acuerdo cuántos idiomas más. En el hotel, sin una gota de alcohol, tomábamos té. Ella esquivaba preguntas personales con una sonrisa. Yo no avanzaba por temor a perder una compañía local. Creo que hablamos algo de literatura, no más.

Al tercer día me brotó aquella pregunta, insensata, soberbia. Una pendejada de la que pude haberme arrepentido buena parte del retorno a Paraguay de no haber sido por lo que ocurrió el último día. Lo que ocurrió después de aquella pregunta lo guardé por mucho tiempo en mi disco duro. Fue la razón por la cual nunca escribí una crónica de aquel viaje.

Ella y la sueca me habían hecho el viaje. La sueca era vivaz, incrédula, procaz. Era una reportera de antiguas guerras que sonreía al escuchar el discurso del primer ministro, pero estaba muy atenta cuando los colegas trataban de decir lo que pasaban, algunos en clave, tratando de evitar molestias al oído sensible de la ocupación militar norteamericana.  “Entre líneas, siempre entre líneas, Julio”, me decía cada vez que abordábamos el asunto de la ocupación y el gobierno irakí impuesto, ya en la mesa del té.

Las bombas sobre Bagdad habían matado a unas seiscientas mil personas. Mientras Bagdad se mantenía acuartelada, con tanques de artillería por todas partes, la resistencia se había instalado en el Sur.

Las cosas no estaban ni seguras ni estables.

Fue Ella quien me explicó la razón por la cual los ocupantes estaban tan alarmados durante nuestra llegada, revisando una y otra vez cada maleta. Es que la noche anterior a nuestra llegada, me comentó, un soldado de la resistencia se había metido hasta el campamento norteamericano y le había cortado el cuello a un sargento.

Estaban vulnerados en su “Franja de Seguridad”, un espacio  militarizado para “reconstruir”, con gerentes de las corporaciones occidentales, Irak.

-¡Nooo, ¿en serio?!

En ese momento de la confidencia me sentí más en confianza para vomitarle aquella insolente pregunta. Toda esa noche y al día siguiente me arrepentí hasta el remordimiento de haberlo hecho. Quién era yo. Quién, en ese hotel vacío, con luces opacas, de bares apagados y miradas al vacío. Quién era yo en ese territorio ocupado, en esa ciudad devastada, con metrallas y tanques por todos lados; en esa ciudad en la que un coronel del ejército irakí se subordinaba tan naturalmente a un sargento norteamericano. Quién.

En seco, le lancé la pregunta:

-¿Por qué trabajás para un gobierno títere?

Ella, con una mirada de ¿odio? (cómo describir ese restallar en los ojos), se levantó de la mesa y se dirigió al ascensor despoblado.

Aquella tarde, a la noche y al otro día me pasé sin ella, golpeándome la cabeza. Fue entonces que busqué a la sueca al otro día, el último del viaje, para confesarle mi padecer

-Sí, necesitás un buen licor para digerir tanta estupidez- me contestó con un claro castellano con acento gringo.

-Y sí, pero acá no hay nada. ¡Era cierto que no se venden alcoholes!

-Y sí, es cierto, do you now, pero no todo lo que se dice es cierto.

-Bueno, estoy hablando de alcoholes…

-Y yo te hablo de alcoholes. Vamos a tomarnos un brandy.

-Dónde

-En mi pieza

-¡Vamos, vamos!

En la pieza escuchamos una bomba lejana que hizo vibrar la ventana de vidrio. Che mo pirimba

La sueca, como si no hubiera escuchado nada, sacó de su maleta dos botellitas de brandy.

Brindamos.

-Buen viaje, paraguayan. Salud. Alguna vez, antes de morir, iré a visitar tu país. Salud.

Al retirarme de la habitación, en la pieza de al lado, la vi a Ella sacar el rostro por entre la puerta apenas abierta. Y con las manos me urgió que vaya a su habitación. Al meterme, como de polizonte, me exigió que me siente en la única silla. Sacó un VHS de algún lugar que no me acuerdo, lo metió en un reproductor y allí me mostró los ejercicios de unos diez mil soldados de la resistencia islámica en una enorme planicie.

Quedé sin palabras. Al mirarla, ella me tocó el hombro y al mirarme a los ojos, me dijo:

-Mi marido y mis dos hijos murieron en el bombardeo.

No les diré qué pasó con Ella. Solo sé, ahora, que esta crónica ya no la expone ni la deja indefensa. Y que, en una tragedia que no fue mostrada por los canales más que como fuegos de bengala sobre Bagdad, era mi deber compartirla con ustedes alguna vez.

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