Un psiquiatra de las veredas

Un psiquiatra de las veredas resulta un asunto tan inconcebible como pasmoso es el título de la tesis de Agustín BarúaCaffarena: Puto, Pyragué, Entrenador de guerrilleros, Vendedor de Avón. Categorías todas que fueran atribuidas al hombre, detrás del psiquiatra, que deambulaba en sandalias por los barrios y se quedaba charlando en las veredas como una chismosa[1] más.

Desde un modelo argumental hay situaciones que, por extrañas, se dejan de ver, o bien, se categorizan como erróneas. No pasó desapercibido el callejeo periférico de un psiquiatra alejado de las cómodas cuatro paredes del consultorio durante 9 años, pero aparentemente debía haber algo “malo” en un tipo que condense dos antípodas: psiquiatra y comunitario.

Lo cierto es que el texto que ofrece Agustín está signado por preguntas y desconciertos relativos a lo subjetivo, lo vincular, lo afectivo, lo grupal, lo complejo, lo cultural.“La comprensión de lo que hacía era ardua no sólo para ellos sino del mismo modo para mí”.

Cuando una práctica habilita la invención de un nombre, clinitaria, da cuenta de una búsqueda colectiva; ¿podría la clínica leerse de otro modo?

“Con este neologismo aludimos a una perspectiva de trabajo en salud mental comunitaria, donde enfatizamos el acercamiento, vinculación y acompañamiento de procesos afincados territorialmente en zonas suburbanas altamente estigmatizadas, muy excluidas en el acceso a servicios estatales y derechos fundamentales, con elevados niveles de explotación y precarización económica”.

La experiencia clinitaria (desde 2008) es tomada para reconstruir sentidos y prácticas del autor a través de una autoetnografía, metodología que de por sí habla de una ética y una estética que toma a la(s) subjetividad(es) como generadora(s) de conocimiento.

Partiendo de que todo proceso de salud/enfermedad/atención es un proceso estructural inserto en el seno del sistema de desigualdades sociales, cada vivencia o situación traducida en la presente tesis, interroga, desde “el haber estado ahí”, distintos matices de la atención de salud.

“En esos tiempos, de deambular por patios de enfrente, puertas y veredas en silla cable, la experiencia del acercarse a un proceso local se develaba con toda su complejidad. Sudar y caminar. Saludar y presentarse. Percibir y percibirse. Acercarse (…) Territorializar la mirada implica abrir procesos múltiples de discusión desde y acerca de las prácticas, implica desafiar binarismos, idealizaciones, proyecciones, tautologías entre otras operaciones posibles”.

Optando por una narrativa que incluye los sentires del autor y de las personas con quienes se relacionó desde su rol de psiquiatra, parecería que el texto de Agustín (nutrido de diálogos y debates) se subleva a la inmovilidad de los diagnósticos y los manicomios (mentales y estructurales) y aporta insospechados sentidos; como el chistear, o, ver mi tripa en el otro.

 

[1]“Las chismosas” es el nombre que eligieron las mujeres, la mayoría madres de adolescentes consumidores de crack, para bautizar al colectivo que se constituyó con el acompañamiento del autor y estudiantes de Psicología Comunitaria, Sociología y Medicina (Universidad Nacional de Asunción, Universidad Católica de Asunción).

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