«Un asunto de trabajo», cuento

-Dame un asadito –pidió el motociclista.

-Chancho –preguntó el hombre.

Estaba montado sobre una Kenton con guardabarros levantados estacionado sobre la acera de la calle Gral. Díaz. Su abultado y fláccido abdomen se desparramaba sobre el tanque de combustible. El otro daba vueltas unos chorizos con un tenedor; a cada momento se enjugaba el sudor de la frente con el índice de la mano y esquivaba la cabeza de la porfiada columna de humo que subía de la parrilla.

-Hêê –respondió el de la moto siempre en guaraní. Chirriaban las gotas de grasa al caer sobre las brasas de carbón. Su aroma excitaba visiblemente al motociclista, provocándole un apetito casi violento.

El hombre le extendió la mano con el pedido: varios pedazos de carne de cerdo atravesados por palillos. -Pasame mandioca –pidió, tragando saliva y chasqueando los labios. Metió de una vez en su boca de guasón los cuatro pedazos de carne humeante. Cuatro a cinco masticadas bastaron para que se tragara todo. El parrillero se sorprendió al ver la voracidad de aquella boca tan grande, cuyas comisuras, arqueadas, parecían llegar hasta la mitad de la cara, con la hilera de dientes inferior muy hacia afuera que dibujaba una boca completamente desajustada.

El motociclista devoraba su último asadito cuando lo cacheteó una lengua de agua sanguinolenta, mojándole media cara. Profirió un sonoro a la concha del demonio. Un ómnibus de la línea 27, que bajó como un avión, lo había salpicado con el agua estancada de un bache. Las luces del cartel del otro lado de la calle dejaban leer la frase “Hamburguesería El Rubio”.

Tañykâ –tal su sobrenombre– esperaba paciente a que el bar de la esquina estuviera con menos gente para cumplir su trabajo. Su objetivo ya estaba allí sentado, tomando cerveza, ensayando chistes en guaraní. En tal vez menos de una hora entraría en acción. Era un domingo de noche estrellada de enero, tranquila, pero abrazada por el caliente y húmedo vapor que subía del asfalto de la ciudad, luego de un fuerte aguacero que llenó de raudales las calles.

Había llegado a Asunción esa mañana en moto desde Ñemby. Hizo con eficiencia lo de siempre: localizarlo y seguirlo paso a paso, minuto a minuto; en un momento no previsto de esa tarea de observación, elegiría el lugar y la hora exactos para terminar el trabajo. Dos semanas atrás lo había llamado a su celular el rapai, uno de sus intermediarios. Recibió de este las informaciones necesarias y precisas. Desde ese momento se abocó a investigar meticulosamente a su objetivo. Fruto de esta metódica pesquisa, ahora estaba pisándole los talones, listo para cazarlo en cualquier momento.

-Dónde te vas –le preguntó Casimira la madrugada de ese domingo.

-A Asunción, por un asunto de trabajo –le respondió como siempre, cuando se presentaban esas ocasiones.

****

Durante sus 24 años de convivencia, Casimira aprendió una regla que jamás había violado: no preguntar ni husmear en el trabajo de su hombre. Una regla que el propio Tañykâ se había encargado de imponerle cuando decidió que ella viviera con él. Casimira era la mujer ideal que encontró, después de haberse equivocado fatalmente con Regina, una rubia maciza hija de un agricultor brasileño de origen alemán que migró a Yby Ja’u en busca de tierra barata para cultivar soja y trigo. Su madre era una campesina paraguaya de pura cepa. Regina sí preguntó y husmeó en el trabajo que hacía. Al enterarse, se espantó y lo recriminó. Tañykâ la apaleó como a los bueyes que tenían entonces para el arado. Días después, la mujer tomó al hijo de 1 año de ambos y desapareció. Un año de búsqueda obsesiva no fue suficiente para encontrarlos. Se los había tragado la tierra. Deprimido, Tañykâ se entregó a la bebida. El odio que sentía por Regina era asesino. Pero perder a su hijo, a aquel niño a quien amada más que a sí mismo, era un dolor insoportable. Por algún motivo de su siquis, se culpaba enfermizamente de no haber prevenido la huida de Regina, y con ello la pérdida del niño. Llegó incluso a la alucinación esquizofrénica de ver el rostro del pequeño Catalino –como el nombre del padre– en los hijos de sus vecinos, protagonizando actos de enajenado que pronto corrieron por todo el barrio. Ya al borde de la locura y la autodestrucción, apareció en su vida la sumisa Casimira. Vio en ella la posibilidad de recuperar al hijo perdido y de redimirse. 24 años después, Casimira le había dado tres saludables hijos a su imagen y semejanza. Padre ejemplar y cariñoso, la vida feliz de Tañykâ giraba en torno a sus progénitos, aunque esporádicas pesadillas le recordaban aún al pequeño Catalino.

Fue justamente su primer hijo la razón por la que entró al oficio de eliminar objetivos. Una sequía había arrasado con todos sus cultivos de 5 hectáreas. Quedó con una deuda que debía pagar con la cosecha que ahora nunca levantaría; pero sobre todo vivió la desesperación de no poder dar de comer a Catalino. En estas circunstancias entró en el negocio de ser matador, cuando un conocido le informó que había una buena plata para quien se animara a liquidar al candidato liberal a intendente en las próximas elecciones en Yby Ja’u. Era un dinero que él ganaba en dos años de duro trabajo en la chacra. Miró a su hijo llorando en los brazos de Regina, y sin titubear le dijo al conocido: “Yo voy a hacer”. Unos días después, el hombre que amenazaba el poder de los colorados en el municipio apareció tirado al costado de una calle, a unos cien metros de su casa, con una bala en la nuca. Nunca se supo del asesino. Fue el comienzo de su segundo oficio.

Cuando planificaba la muerte de aquel político con mala suerte –el primero a quien había hecho viajar– sintió una mezcla de tensión y temor ante la posibilidad de que terminara en la cárcel. Pero cuando descerrajó el arma y vio en el suelo ese cuerpo de cuya cabeza manaba sangre a borbotones, no sintió emoción alguna. Fue como si hubiera echado un árbol. Sí era más riesgoso que arar la tierra, pero mucho menos esforzado y mucho mejor pagado: trajo bienestar y prosperidad económica a su familia. Pese a su naturaleza, Tañykâ le había puesto sus propias reglas a este trabajo: nunca aceptar como objetivo a persona conocida y no trabajar para narcotraficantes. Se obligó a esta segunda norma luego del frustrado atentado que ejecutara para un narco de Yby Ja’u. Por esas cosas del azar, y por la extrema confianza en su pulso, el objetivo sobrevivió al disparo a quemarropa de un revolver calibre 36. La bala, disparada desde el costado de la víctima, atravesó los músculos ubicados entre la nuca y la cabeza sin tocar nervio ni hueso algunos, saliendo de fino al otro lado. Tañykâ dio por muerto al hombre tumbado con la boca abierta besando la arena. El día siguiente fue avisado de que aquel narco había contratado a dos matadores para que acabaran con él y con toda su familia. En ese momento tomó a sus entonces dos hijos, a Casimira y cruzó la frontera hacia el Brasil. Dos años después volvió al país, pero al populoso municipio de Ñemby, donde retomó contacto con sus clientes y reanudó su trabajo.

 ****

 -Cómo está el asunto –le dijo una voz desde el otro lado del celular con un español carcomido por el portugués.

-Bien –respondió. Llevame mañana la plata–agregó también en un español pero agredido por el guaraní.

-Y cuando sepamos mañana… te llevo a tu casa –le respondió el otro. Le voy a hacer viajar seguro –le dijo, esta vez en guaraní. La voz era de un brasiguayo de Alto Paraná con quien trabajaba hacía tiempo. Era el que tenía contacto con los ricos sojeros de aquel departamento. El que gestionaba el trabajo y le pasaba, cobrando una comisión. El objetivo de esa noche era diferente: no era de tez morena ni petizo ni barrigón, como la mayoría de los campesinos; era alto, flaco, de unos 25 años y de ojos azules. El principal dirigente de una organización que le estaba dando demasiados dolores de cabeza a un sojero brasileño de origen polaco. Los campesinos habían ocupado sus tierras en dos ocasiones. Decidió descabezar la organización y acabar con el problema. Además, matar campesinos en Paraguay no traía muchos inconvenientes. Ni para el que mandaba matar ni para el sicario. Tañykâ aceptó la propuesta sin vueltas. Así se anotaría un campesino más de los varios que ya había hecho viajar al otro lado.

Había hablado por el celular sentado a horcajadas sobre su moto, sosteniéndose sobre sus largas piernas y mirando fijamente hacia el bar. Antes, comió en un santiamén cinco asaditos de cerdo con abundante mandioca, aunque seguía saboreando el olor de las comidas fritas y asadas que expedía la parrilla y flotaba en el aire. Hacía un calor bochornoso. Las gotas de sudor surcaban su rostro y empapaban su torso bajo la campera de cuerina.

Eran cerca de las 00:30 y Asunción entraba en esa quietud de barrio grande y viejo. En el bar quedaban apenas tres o cuatro mesas ocupadas. Miró una vez más en su celular varias fotografías del objetivo. Decidió aguardar hasta la 01:00 para terminar con el asunto. Veinticinco minutos después metió su cabeza en el casco negro y arrancó la Kenton. Se escuchó un leve ronquido, sofocado por el silenciador en el caño de escape. Tomó despacio Colón mirando en los alrededores. Un taxista dormitaba en su coche. Un grupo de indígenas ebrios balbuceaban su lengua nativa. Giró sobre Haedo hacia Montevideo. Volvió a girar sobre esta a la izquierda, y luego otra vez a la izquierda sobre Gral. Díaz. Pantalleó toda la manzana. No había patrulleras ni policías.

 ****

El hombre de la barriga desparramada y de la mandíbula extraordinaria bajó sin apuros en su Kenton sobre Gral. Díaz. El casco negro y grande le daba cierto aire siniestro. Abrió el cierre de su campera; en el bolsillo interior se agazapaba una letal Magnum 45. Giró a la izquierda y entró a la “Hamburguesería El Rubio”, cuyo patio también sirve de estacionamiento. Cuando estuvo a la altura de la mesa donde estaba su objetivo, frenó de golpe y levantó el brazo derecho con la pistola en la mano. Apuntó firme a la cabeza. Los ojos azules se abrieron grandes y por última vez. El estallido rebotó en los edificios y retumbó en la ciudad, quebrando la quietud de la madrugada. La bala entró en el ojo izquierdo y se esparció por todo el rostro. El manubrio derecho del arranque hizo saltar la moto que, en segundos, salió por el acceso a Colón. Luego solo quedó la estela de humo en remolino de la moto que parecía volar a ras del ancho asfalto.

Varias semanas después de aquella ejecución, una calurosa mañana de febrero, Casimira contó a Tañykâ que la noche anterior, cuando él no había regresado aún a la casa, llegó una mujer rubia, dijo que se llamaba Regina, que preguntó por él y le dejó un sobre cerrado. Dejó también un número de teléfono, y pidió que la llamara. “Tomá”, le dijo. Tañykâ se puso tenso, colocó en su regazo el sobre y el papelito con el número y llevó a la boca la bombilla de plata por el que chupó un sorbo del tereré. Luego abrió el sobre y extrajo unas fotos en colores. La primera que vio era una toma en primer plano, grande, de un hombre de ojos azules, joven y sonriente.

Casimira lavaba la ropa en el fondo del patio cuando la sobresaltó un estruendo que estalló dentro de la casa.

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