“Si después de la pandemia, el mercado en internet nos sigue presionando a quedarnos en casa, nos hará daño”

Entrevista de Arístides Ortiz Duarte

La pandemia del coronavirus cayó como anillo al dedo de internet. Ariel Fatecha, programador y analista de la red, afirma en esta entrevista que internet es a un mismo tiempo “héroe y villano”, solución y problema, en nuestras vidas. Subraya que ya ocupaba nuestros hogares antes de la pandemia; lo que ahora ocurre es una “aceleración excepcional” del trabajo, el entretenimiento, la educación, las relaciones eróticas y afectivas y las artes humanos en la red.

Fatecha ofrece una mirada sobre el espacio virtual que va más allá del binario “bueno” o “malo”: advierte del poder que acumulan las empresas tecnológicas como Google o Facebook, pero reconoce que la vida online puede generar un movimiento de gente solidario; considera un derecho estar conectado con calidad a la red, pero también reafirma el derecho a no estar conectado si no se quiere; ve la necesidad del monitoreo y del control, como en el caso de la pornografía infantil, pero se opone a la vigilancia masiva de la intimidad de la gente perpetrada por empresas tecnológicas y estados, y denuncia que los estados occidentales como EE.UU. son hipócritas al señalar a China como promotor de un Estado Vigilante desde la red, cuando ejercen “a escondidas” la misma vigilancia sobre sus poblaciones. Nuestro entrevistado se pregunta si después de la pandemia, la gente volverá a tener el control sobre su vida real, tomando distancia de lo virtual.

La red ya iba atrapándonos cada día más antes de la pandemia del coronavirus, pero el confinamiento que vivimos en muchos países del planeta parece haberle caído como anillo al dedo para que entremos dentro de ella ¿Cómo caracterizas la irrupción de internet en nuestras vidas durante esta pandemia?

Cuando hablamos de internet, hay que poner las cosas en contexto: más de 3.000 millones de personas en el mundo no están conectadas. Mientras el acceso en Estados Unidos y Europa ronda y supera el 90%, en nuestro país la red está disponible, en forma continua y con velocidad, a la mitad de la población. Los accesos eventuales, ocasionales al ciberespacio no pueden ser consideradas conexiones continuas, que son las que se necesita.

Así, la expresión “nuestras vidas en internet” es incluyente en USA y Europa y aquí en Paraguay representa el privilegio de solo la mitad de la población; este dato se convirtió en un diferenciador básico respecto de la alta calidad de internet durante el confinamiento para unos, y la baja o nula calidad para otros.

No hablaría de una “irrupción” de internet en la pandemia, sino de una “disrupción” de nuestra vida física o real en favor de nuestra vida digital o virtual, un cambio en la forma en usamos la red durante la pandemia: antes de la pandemia, se promediaba un uso de casi 3 horas diarias por usuario, con un incremento anual de unos 15 minutos; ahora ese número está por encima de las 6 horas. Lo que ocurre es una aceleración excepcional de un proceso que ya se estaba dando. Trabajo, clases, socialización, forzosamente todo fue volcado a estar en la red. También es una prueba de la capacidad real de la nube para intermediar actividades de la vida real. Y deja claro que tiene capacidad y margen para seguir creciendo.

Si antes los servicios (las aplicaciones web o celular) estaban compitiendo continuamente con la realidad por nuestra atención, en este tiempo no tienen competencia. Tener un solo canal de contacto con el mundo exterior es riesgoso, se está necesitando un intermediario para comunicarnos. Ese intermediario es un actor más de la comunicación. Se presenta como un simple transmisor de mensajes, pero no lo es. Este “transmisor” de mensajes censura, prioriza o esconde mensajes, está interviniendo en todo momento de acuerdo a los intereses del mercado, es decir de los dueños de las plataformas que intervienen.

Digo entonces que la tecnología es el héroe y el villano a la vez: de un lado, estamos confinados, pero no aislados. Nos permite comunicarnos con nuestros vínculos afectivos, nos ofrece entretenimiento, nos permite trabajar, nos permite aliviar la presión emocional; del otro, las cadenas de noticias y las redes sociales están orbitando alrededor de un virus haciendo subir esa presión emocional, mental. Si el mecanismo de alivio de la red está desequilibrando la salud mental, es peligroso. Así nacen las tensiones éticas en la era digital ¿Podríamos rastrear, perfilar y monitorear grupos de riesgo de contagio a través de acciones y reacciones de la gente en las redes sociales? Sí. ¿Deberíamos hacerlo? Yo creo que no. Creo que hay que agotar otros canales antes de aceptar socialmente el monitoreo, aunque, hay que ser muy claro, parte de esto ya está ocurriendo.

El impacto en el trabajo es complicado. Hasta ahora la mayoría de las empresas estaba resistente al trabajo en casa. Ahora observan que es posible y, con la economía en recesión, están calculando si pueden reducir costos de mantenimiento de oficina sosteniendo esta modalidad en el tiempo. Tener la libertad de elegir cuándo en la casa o en una oficina, tiene sus beneficios para los empresarios, pero no poder separar nunca los espacios vivienda/trabajo, no es conveniente para el trabajador. Además, no todas las viviendas están igualmente preparadas para algo así. Las modalidades deben ser más flexibles, pero basadas en el bienestar de la gente y no en la optimización del mercado.

Me preocupa el impacto en la infancia, siento que los niños y las niñas son los más vulnerables y afectados. Sus necesidades están en las experiencias vivenciales y los lazos afectivos reales. A ellos les faltan más los abrazos y los amigos que a nosotros los adultos. La tecnología ofrece pocas vivencia y afectividad; abundan programas educativos y de entretenimiento, pero no suplen la experiencia de treparse a un árbol o de compartir con los pares en un recreo. En las casas sus padres intentan sobrellevar sus trabajos y quehaceres y no veo factible que puedan brindar a sus hijos e hijas la cantidad ni calidad de atención que requieren. En esta situación, el riesgo está en incrementar la dosis tecnológica que no suple, pero cada hogar está tratando de adaptarse y de encontrar su mejor equilibrio.

La relación de la pandemia y la sobre-digitalización con las artes escénicas es un punto delicado. Hay que cuidar la supervivencia de los artistas y también que el mercado digital no desvirtúe el concepto artístico. Una obra es una experiencia de conexión entre los intérpretes y el público, y cada función es única para ambos. Eso no ocurre viendo un video de una presentación, porque el teatro no es cine. Si después de la pandemia, el mercado en internet nos sigue presionando a quedarnos en casa, nos va a hacer daño culturalmente, y vamos a estar perdiendo mucho como sociedad.

Ariel Fatecha. Foto: Carola Mazzotti.

Pero tengo mis sorpresas felices en la red: emergieron muchísimos proyectos solidarios. Por ejemplo, una aplicación que permite ver un mapa donde se puede ver cerca de donde estés, quienes tienen urgencias alimentarias o medicamentos para colaborar con ellos. Otra aplicación que permite ver el mapa de ollas populares que se están realizando. Y otras como las de auto-reporte que te ayuda a saber si deberías ir o no a un centro médico, o para acercar productores a consumidores locales.

La progresiva dependencia que vamos teniendo de la red, nos plantea la pregunta de a dónde nos llevará. Por ejemplos: ¿Seremos más individualistas aún de lo que ya somos, o saldremos con ansias de abrazar al otro luego de tanto aislamiento? o ¿Seremos menos solidarios o solo cambiará nuestra sensibilidad humana con el tiempo?

Si tuviera que jugarme la vida en una afirmación absoluta, diría que existe universalmente una ley de indestructibilidad de la diversidad, en todos los aspectos, empezando por el pensamiento. Lo divertido es que, si alguien se opone a esta afirmación mía, solo estaría reforzando el punto que afirmo. Cualquier corriente que se forme genera una corriente opuesta. Es un efecto constante y recurrente.

Por supuesto que habrá cambios individuales, muchísimos. Habrá observadores tentados a ver movimientos de gente hacia lo solidario y, en contraposición, otros verán movimientos hacia el individualismo. Pero creo que esos movimientos masivos, en la forma de ser o estar, de unos grupos a otros, en la sumatoria no van a resultar en un cambio importante en la organización ni en la sensibilidad global. Ni siquiera creo que haya que esperar que eso ocurra alguna vez, y eso es bueno, porque es lo que se necesita para que ocurra. Creo que aceptar esa indestructibilidad de lo diverso en la red, podría cambiar el paradigma de organización social.

No digo que sea simple ni fácil la diversidad, es muy difícil y compleja. Es una forma de pensar que nos confronta, como cualquier estructura de pensamiento hegemónica, y nos desafía individualmente. Habrá quienes traten de imponerse y también quienes prefieran el diálogo o su ausencia. Son roles rotativos según el tema y creo que así está perfecto.

La idea central es transformar la divergencia y el oposicionismo en elementos de construcción, aunque esto no le guste al mercado ni a los dueños de las grandes plataformas porque genera un sentido crítico en la gente que supera el simple consumismo.

Pero saliendo de estas utopías, esta pandemia hubiera sido una anécdota más en la historia si los estados hubieran cumplido con uno de los deberes más fundamentales que les dio origen: la previsión sanitaria, por ejemplo. Pienso que el cambio humano estará en la presión colectiva sobre, en torno a sus gobiernos. Me parece que habrá más memoria colectiva, apoyada por la red que no olvida nada, y eso originará críticas y presiones para que los estados cumplan su rol de agentes de previsión social (salud, educación, cultura, arte…etc.). Esta es una pandemia que fue anunciada hace años por los científicos como posible pero desestimada por los gobiernos y estados; y más aún:  agravada por los recortes recurrentes a la salud, la educación, a la cultura, a todo lo público.

Los estados asiáticos (China, Corea del Sur, Singapur, Taiwán, Vietnam) usaron sin complejos las tecnologías de la red para la vigilancia, prevención y control de la propagación del virus. Los estados occidentales también lo aplicaron, pero mucho más tarde y más tímidamente. Por los resultados que obtuvieron, se los ve a los asiáticos como estados eficaces. ¿Qué camino podría marcar en el mundo esta abierta experiencia de Estado de vigilancia tecnológica? 

Superar una crisis requiere de coordinación, para establecer medidas eficaces, y voluntad social, para aceptarlas y cumplirlas. Esa mecánica necesita que haya confianza de los pueblos en sus gobiernos, o al menos claridad y entendimiento de la situación. Este contexto que doy es siempre es importante en tecnología. Los gobiernos asiáticos gozan de confianza en general y decidieron utilizar tecnología de monitoreo y obtuvieron muy buenos resultados para detener la propagación del virus. Finlandia o Islandia, que no utilizaron la misma estrategia de vigilancia y tuvieron la capacidad de coordinación y la voluntad social, tuvieron la misma calidad de resultados que China o Corea del Sur. Son estados legitimados por sus habitantes.

El peligro nace en la simplificación y en aprovechamiento de esa simplificación. Un Estado que no goza de la credibilidad de su población ahora tiene justificaciones para reforzar la vigilancia o para legitimar una que ya existía antes de la pandemia. EE.UU., después de los atentados a las Torres Gemelas del 2001, incrementó a puntos ilegales la vigilancia de su población. En este sentido, Edward Snowden hizo algo maravilloso desnudando los sistemas de vigilancia clandestinos PRISM y XKeyscore de la NSA (Agencia Nacional de Seguridad). Esos sistemas almacenaban y analizaban toda la información traficada a través de las mayores proveedoras de internet de EEUU y la compartían con otros países. Esto es un abuso, es hipervigilancia y excede por mucho las atribuciones legales otorgadas por el Congreso de EE.UU. para combatir el terrorismo en su momento. Temo que este escenario que vivimos ahora en la pandemia permita justificar un control similar o legitimar la hipervigilancia que ya está ocurriendo. No estoy de acuerdo con que eso ocurra, porque creo en la necesidad y el derecho de las personas a tener privacidad, un espacio propio e íntimo para crecer.

Aunque tampoco creo que no tenga que existir ningún tipo de monitoreo en la red. Por ejemplo, en el confinamiento se incrementaron en un 25% las descargas de pornografía infantil; esto se sabe por el control de tráfico de sitios conocidos en la red oscura (darknet). Este un caso muy evidente de necesidad de monitoreo. Dónde debe estar la línea que define qué se vigila y qué no, es un dilema que tensa la ética y la legalidad.

Un absurdo es que, en ocasiones, los estados autoritarios sean más transparentes que ciertas democracias. China es muy honesta al decir “tenemos que controlar a toda nuestra población y todas las empresas de tecnología están obligadas a compartir o limitar información a pedido del gobierno”, lo que se comprueba cuando se busca a través de Google la “Revuelta de la Plaza de Tiananmén” y no se encuentra nada. Estados Unidos protesta por esta “censura china” en la red, por a escondidas financia y ejecuta los programas de vigilancia masivos de la NSA revelado por Snowden.

La comunicación audiovisual para el teletrabajo y las clases virtuales en internet es la constante durante la cuarentena por el coronavirus.

Casi todos perdimos económicamente con esta pandemia, menos algunos, como Jeff Bezos, el dueño de Amazon. ¿Cómo sería la puesta en escena post-pandemia de las grandes plataformas de EE.UU. y China como Google y Tic Toc en términos de poder económico y de control? 

Los taoístas, los couchers (orientadores) y los especuladores de la bolsa coinciden en que toda crisis esconde oportunidades. Las empresas de tecnología estaban pescando en el mar y esta pandemia nos forzó a ir a sus redes. No todos los actores digitales -empresas y plataformas en internet- van a verse igualmente favorecidos. Es un poco más complejo, porque muchos están diversificados. Algunos muchos perderán dinero, otros pocos ganarán.

En cuanto al poder y control, las grandes plataformas como Google ya lo tenían, el confinamiento solo consolida ese poder. Tienen un poder enorme, distorsionan los mercados, perfilan tu vida, influyen en tus decisiones y puntos de vista.

Citaste a Amazon, tomemos su caso. Sus acciones subieron, sí. Lo fácil sería pensar que la gente compra más online que físicamente. Pero este fenómeno ya venía ocurriendo; sin embargo, la actual recesión económica disminuye las compras superfluas. El marketplace (mercado en línea) es por mucho el mayor volumen de facturación para Amazon, pero su rentabilidad proporcional es mucho menor a sus servicios de suscripción y a Amazon Web Services (AWS), que es la nube más importante del mundo. Como referencia, Netflix opera sobre AWS, cuando estás viendo una película, también está facturando Amazon.

Las políticas laborales internas de Amazon son muy discutibles, en general reprimen cualquier forma de sindicalización de sus empleados. Hace unos días renunció un vicepresidente de la división AWS porque despidieron personal que exigía mejores condiciones de protección en la pandemia. Ahora Amazon está en investigación por la EU por prácticas monopólicas.

Facebook hace un ajuste en su inteligencia artificial y, sin notarlo, podrías estar relacionándote más con las mismas personas que ya conocías. El perfilado de personas ha ayudado a Obama y a Trump a ganar elecciones, donde la clave es saber mostrar publicidad para que el opositor luzca moderado y el partidario más radical. Por esto, hay que ser claros: las empresas de tecnología salen del mundo virtual para ocupar espacio en el mundo real, y las soluciones de facilidad que otorgan en el mercado en línea esconden modelos de explotación teñidas de libertad y supuesta oportunidad de crecimiento. Uber, Uber Eats, Rappi, son modelos de precarización laboral, sin ningún tipo de protección a quienes no son sus empleados, porque son autónomos. Los trabajadores de estas empresas tecnológicas no tienen protección legal real. Así, el poder que tienen las tecnológicas supera a los modelos económicos tradicionales y construyen nuevas formas culturales resignificando y recodificando. Un corazón no significa lo mismo en Instagram que otro corazón en WhatsApp. Competir por la atención en un grupo de amigos no es igual a competir por la atención de miles de amigos, esto hace que exista una página como TikTok Death Tracker.

La pregunta clave sería si después de la pandemia vamos a poder recuperar algo de control.

Antes de la pandemia había una incipiente pero creciente debate en torno a la apropiación de los datos de las personas por parte de las plataformas para conocernos mejor y hacer mucho dinero ¿Crecerá este debate o a la gente le importará un comino que le roben datos e intimidad? 

Como decís, el debate no estaba instalado. No llegó a tener una masa crítica para generar alguna presión sobre el tema. Ahora está razonablemente desplazado. Cada uno trata de sobrellevar lo mejor posible el momento que está viviendo, con sus urgencias, las médicas, las laborales, las vinculares. En esta pandemia todo diálogo o debate está corrido hacia lo urgente. Nosotros en esta entrevista estamos en eso también. Estos temas –como el de los datos y la intimidad de la gente- van a volver y mucha gente va a preguntarse en retrospectiva ¿Qué pasó en la pandemia? ¿Cómo llegamos a esto?

Aterrizando aquí en Paraguay, en donde hay más banda estrechísima antes que banda ancha, ¿En qué aspectos necesitaremos adecuarnos a este creciente uso e importancia de la red, tanto el Estado como la población? 

Pienso que a nivel estatal hay dos grandes áreas que resolver: la falta de acceso y la falta de soluciones digitales. Es necesario cubrir geográficamente el territorio. En ese aspecto habría que reforzar la creación de puntos de acceso en plazas en cada comunidad, en cada barrio. Habría que priorizar también el tráfico para la comunicación de servicios de emergencia en general y estatales en particular, e incentivar dispositivos a bajo costo en general y sin costo para las personas en situación de vulnerabilidad.

Actualmente las instituciones tratan de resolver por sistemas sus propios problemas, pero escasean las soluciones orientadas a la población. Debería existir una suite acotada de aplicaciones públicas que permitan expandir áreas y simplificar problemas. Reportar emergencias, desburocratizar los trámites, brindar acceso a materiales educativos de calidad, fomentar la cultura, estimular la medicina preventiva, instaurar debates sociales, apoyar el comercio regional, apoyar las acciones comunitarias…La lista de las tareas del Estado paraguayo en la red para la gente es interminable, porque casi no hay nada.

Para terminar, me inquieta saber qué será de la vida de la gente que decida vivir fuera de la red, o simplemente no pueda vivir dentro de ella ¿Que imaginas?

Son dos casos profundamente diferentes.

Si una persona decide vivir fuera de la red, es porque puede. Es a su voluntad esa decisión y es consciente que puede realizarla. No tengo ninguna preocupación por ellos. Vivir fuera de la red es posible y siempre va a ser posible. Sí me preocupan las personas que viven fuera de la red porque no pueden acceder a ella. Hay organizaciones que luchan para que la conexión sea considerada un derecho humano, y estoy de acuerdo, pero no nos olvidemos de que casi el 10% de la población mundial no tiene acceso al agua potable. Si lo vemos de eso modo hay derechos que son más prioritarios que otros, aunque no significa que no haya que hacer nada al respecto. Todos deberíamos tener la posibilidad de conectarnos. Y los estados garantizar la existencia de información y herramientas libres se podría disminuir la brecha económica y también ayudar a las personas a desarrollarse más humanamente.

 

 

 

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