Qué es un libro en el ruido, el chat, el wassap y atención fragmentada

Blas Brítez, el editor de Correo Semanal, de Ultima Hora, nos dice que el libro se hace grande -como bien decía Octavio Paz-, como herencia importante de la ilustración, que son la crítica y la posibilidad de la ironía. «Hay una sola cosa que es tan moderna como el libro mismo: el acto de quemarlos». 

Blas Brítez, en los trazos de Enzo Pertile.

Blas Brítez, en los trazos de Enzo Pertile.

Blas Brítez es alguien que vive sumergido en las historias de libros. No en vano en su perfil de Facebook se lo ve con un libro en la mano. Actual editor de Correo Semanal, de Ultima Hora, padre de dos criaturas, olimpista “de corazón”, nos describe acá la importancia del libro y de lo escrito en la configuración de nuestro mundo -humano- actual.

 -Qué es un libro para vos, hoy, ayer, en medio de tanto ruido, de chat, wassap, la radio, la tv, internet, eré eréa.

Un libro, ante todo, es un hecho cultural. Es uno que va más allá, por supuesto, de su mero carácter de objeto. Cuando se piensa en la acepción de esta última expresión, me parece importante decir que ese “objeto” impreso, que vemos en librerías públicas y anaqueles domésticos, es solo un soporte que la cultura occidental, en los orígenes del capitalismo y desde Gutenberg  hasta acá, ha encontrado para multiplicar y confrontar tanto la memoria del pasado como la memoria del futuro, en el cambiante presente. Pero lo que hace particular a ese objeto son los trabajos y los días que hombres y mujeres desarrollaron –desde la concepción ideológica del autor, en el sentido bien occidental del término, hasta la labor manual de los tipógrafos, impresores y encuadernadores- para llegar a esa cosa entre las cosas a la que Mallarmé le atribuía el poder mágico de estar por sobre el mundo, pues éste existiría solo por el mero placer de habitar el ámbito de un libro. Por eso, personalmente, no me alarma que en los tiempos del chat, el wassap, la radio, la TV, internet, el mundo como lo conocemos, pierda aparentemente terreno el libro. Para la lógica del fetichismo de la mercancía, sí, tal vez, esto es irreductiblemente cierto y hasta penoso; pero cuando se entiende que –algo que sabemos desde Walter Benjamin y sus reflexiones sobre el arte en la era de la reproductibilidad técnica- todos esos medios que compiten con el libro pueden ser totalmente adaptables, en su carácter de soporte, para albergar en ellos a… un libro, la cosa no es tan grave como a veces creemos que es. Yo adoro los libros impresos en los tiempos de tecnologías de la comunicación que incomunica; pero también sé que esa tecnología puede estar al servicio de la lectura (y lo está, aunque todavía el capitalismo no haya logrado masificarla en algunos casos, como el de los lectores electrónicos, y es muy probable que no lo haga nunca, como por lo demás tampoco lo ha hecho con el libro impreso). No tengo un teléfono celular adecuado, pero sé de muchas personas a mi alrededor que poseen uno en el que pueden leer la última novela de James Ellroy, luego de enviar un mensaje o hacer chistes por wassap.

"Nueva narrativa paraguaya", recientemente editada por Arandura

«Nueva narrativa paraguaya», recientemente editada por Arandura

Alguna vez leí que lo escrito ordenaba el pensamiento y superaba el pensamiento mitológico, fabulesco.

Hay un obvio prestigio en lo escrito que viene dado por el posicionamiento y el rol social no de la escritura misma sino del escribiente. Por supuesto que lo escrito ordena el pensamiento a la manera en que lo escrito puede hacerlo; pero hablar de superación del pensamiento mítico sería contrabandear matrices de conocimiento que rozan lo etnocentrista. Pero ese privilegio de lo escrito no es algo nuevo, y ni cierto pensamiento liberador está exento de caer en sus trampas. Ahora me acuerdo, por ejemplo, que un gran educador y teórico de la educación, como lo fue Paulo Freire, también caía en la tentación eurocéntrica de dividir en “etapas del conocimiento” de las sociedad, y ubicaba siempre en el peldaño más bajo al pensamiento mítico y mágico (profundamente oral) y al científico en el más alto (esencialmente escrito y normativo). Todos aquellos que estamos acostumbrados a leer literatura (escrita) sabemos que ella suele ser una mezcla de esa racionalidad científica que ordena el pensamiento, con esa fabulación mítica que viene de lo oral y se reproduce mediante él.

-¿El libro como el gran elemento de la modernidad?

El libro nace, literalmente, con la modernidad occidental. Nace, como lo conocemos, con la imprenta. Se hace grande, como bien decía Octavio Paz, con la única –el adjetivo es mío- herencia importante de la ilustración, que son la crítica y la posibilidad de la ironía. Hay una sola cosa que es tan moderna como el libro mismo: el acto de quemarlos.

-¿Alguna vez ocurrirá el milagro de vernos sentados en la plaza leyendo un libro. O tendremos que conformarnos con vernos enchufados a unas teclitas de mensajes, audios, fotos…?

Yo creo en ese milagro cotidianamente, Julio. Creo en él porque se da. Yo viajo todos los días, ida y vuelta de Luque a Asunción- durante casi tres horas. Y he visto gente leyendo libros en esa cosa tan ajetreada que es un ómnibus en muchas ocasiones: la Biblia y Dan Brown, pero también Sófocles y J. R. R. Tolkien, Manuel Vázquez Montalbán y Mario Casartelli. Y encontré, por lo menos dos veces, a gente que leía e-books. Las plazas, aunque menos me parece, también cobijan a lectores. Yo creo que no se trata de demonizar las teclitas y los enchufes sino de asumirlos con todas las potencialidades que tienen para acercarnos más a la lectura. No hay dudas de que cierta tecnología está atrofiando determinadas capacidades nuestras, pero no es menos cierto que desarrolla otras tantas que, en todo, caso habría que ir sometiendo a la sistematización del aprendizaje y del conocimiento con su uso. Qué sé yo.

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