Oscar “Aguara” Morel: historia de un muerto sin epitafio. Cuento

Arístides Ortiz ficciona la vida real de un desaparecido sicario de frontera.


 

 

Oscar “Aguara” Morel: historia de un muerto sin epitafio

 

Por Arístides Ortiz

 

La tierra de Capitán Bado como ninguna otra: tierra roja y polvorienta en caminos terraplenados; ostentosas camionetas con vidrios polarizados conducidos por poderosos narcos; caminos de tráfico desaforado de marihuana y cocaína. Pueblo fronterizo donde brasileños y paraguayos hablan una exótica lengua, en la que el portugués, el castellano y el guaraní sostienen una silenciosa disputa.

En estas tierras, un hombre: Oscar “Aguara” Morel, miembro del poderoso Clan Morel, el del dedo índice frío en el gatillo; ese que, antes de cumplir la ley de los bandidos, tuvo la costumbre de esquivar incontables invitaciones de la muerte.

Un corazón frío
Imperturbable, de piel cetrina, de manos grandes y dedos largos -como si la evolución los hubiera diseñado para manipular mejor los instrumentos de la muerte- Oscar Aguara Morel nace allá por 1968 de un esperma brasileño, del vientre de una paraguaya. Nace en un punto de esa larga frontera “seca” de casi 400 kilómetros que separa, imaginariamente, Paraguay de Brasil. Una línea sobre la que vive una nueva ciudadanía: la brasiguaya, en la que manda la escopeta, en donde el miedo es un lujo.

Nadie sabe si nació en Capitán Bado o en el pueblo brasileño de Coronel Sapucaia, separados apenas por una calle. Lo cierto es que fue hijo de Joâo Morel, el patriarca brasileño del clan que pasó de Sapucaia a Capitán Bado como por sobre un alambrado para construir su poder narco.

El niño Aguara creció paladeando esa estrafalaria mezcla de tres lenguas, bichos depredadores que luchan a muerte por cada palabra, cada giro, cada frase hablada en la boca de los badeños; una mezcla que solo los fronterizos entienden. Creció ayudando a la familia en la siembra y la cosecha de la marihuana y, en sus ratos libres, jugando al fútbol en la canchita de tierra pelada del barrio. De muy niño se acostumbró a ver cuerpos putrefactos en Zanja Pytâ, el improvisado cementerio que los narcos acordaron tácitamente para enterrar o simplemente arrojar los cuerpos de sus víctimas. Una vez vio a su padre ejecutar de un balazo a un cosechador de marihuana. Terminado el trámite, Joâo agarró a su pequeño hijo de la mano y con una sonrisa le dijo: Vamos pra casa .

Entonces corrían los primeros años de 1970. La dictadura de Stroessner se había olvidado de aquel pueblito, y la familia Morel era la pionera en el negocio de la macoña. En ese mundo aislado, llegó a ver jugar a Pelé y, en 1979, a la Selección juvenil paraguaya en el Mundial de Japón, gracias a la televisión brasileña. Su imperturbabilidad solo era quebrantada por la emoción de ver o de jugar un partido. Su amor por el fútbol no conocía límites, pero el clan tenía otros planes para él.

Dicen que un Aguara Morel adolescente comenzó su eficiente oficio de matar hombres gracias a un sarcasmo del director técnico del equipo de fútbol de su barrio. Este no lo incluyó en el equipo que jugó el primer partido de un torneo amateur de la zona. Cuando fue a preguntarle por qué no lo hizo jugar, el técnico le respondió: Porque você tem os pés torto . Aguara tradujo mentalmente a su lengua materna –el guaraní– aquella frase en portugués (Nde py chéke haguére) y lo sintió hondamente ofensiva. Extrajo una pistola de su cintura y, con saña, descargó todo el tambor de balas en el cuerpo del infortunado. La mueca de sorna quedó pintada en el rostro del muerto.

Luego el patriarca Joâo le preguntaría si mató con ira a aquel hombre, a lo que el joven brasiguayo respondió que sí. Se você vai seguir matando, deve esquecer a ira, porque ella escurece tua compreensão , le aconsejó Joâo. Desde ese día, un corazón frío dirigió sus balas certeras.

El reinado de los Morel
Los años y el coraje quisieron que el Clan Morel se convirtiera, allá por el segundo lustro de los años 80’, en dueño de la vida y la muerte de los cerca de 15 mil habitantes de Capitán Bado. De sus cuatro integrantes –Joâo y sus tres hijos–, el patriarca asignó a Aguara la responsabilidad de las armas. En el mejor momento, ordenaba la tarea sangrienta de alrededor de 30 sicarios. Una noche, para ganarse el respeto de sus matadores, ejecutó de un tiro en la cabeza a su parrillero frente a todos ellos. Mba’éicha piko reme’eta chéve so’o ro’ysâ, le dijo con voz serena antes de tumbarlo sobre la carne que se asaba en la parrilla. Despachado el cuerpo del inoperante, comió con hambre el asado.

Hombre disciplinado y austero, tenía sin embargo dos adicciones: la toxina de la carne vacuna y la cafeína de la yerba mate. Devoraba interminables asados de carne fresca proveída por su estancia, y bebía profusamente tereré durante todo el día, esa fría infusión de yerba mate sin la que los paraguayos padecen un endenominado malhumor. A estos sumaba una pasión: el fútbol. Jugador frustrado, trató de silenciar esta pena viendo todas las noches los partidos televisados, siendo un fanático hicha del club Cerro Porteño y ejerciendo la presidencia del Club General Díaz de Pedro Juan Caballero. El día en que se realizó la elección de presidente, los otros dos competidores por el cargo aseguraron su continuidad en esta vida haciendo campaña por la candidatura de Aguara Morel y, por si acaso, votando por él. Todos fueron felices cuando abrieron las urnas y comprobaron que los votos fueron a parar unánimemente a la canasta del sicario.

El Clan Morel funcionaba con más eficiencia que una fábrica Tayloriana: Joâo organizaba la siembra y la cosecha de la marihuana y delineaba la estrategia de todo el negocio; Mauro se ocupaba de la comercialización, y Ramón de la administración de la plata. Los sicarios de Aguara estaban a las órdenes para eliminar soplones, eventuales competidores y morosos. La maquinaria del clan controlaba todo el territorio badeño, monopolizando la producción y comercialización de la macoña, y cobrando importantes comisiones por el paso de cargamentos de cocaína y armas que tenían a Capitán Bado como boca de entrada al mercado brasileño. Era un grifo que derramaba cientos de millones de guaraníes para los Morel.

A tanto llegó el poder del clan que, entrados los años 90’, tenía como peones al comisario, al intendente municipal y al presidente de la seccional colorada. Una noche, Aguara llamó al comisario y le ordenó, con voz suave, que suspendiera una concurrida fiesta en el Club 3 de Noviembre –ubicado a unos metros de su casa– porque la estridente cachaca no le dejaba dormir. Los participantes del baile aceptaron resignados la suspensión, a sabiendas que venía del temido matador.

Otro que fue castigado por ofender el poder del clan fue el intendente Rosalino Acosta, apodado “Karaja” por sus facciones parecidas en extremo a las del mono. Karaja tuvo la mala suerte de que su esposa –una mujer campesina joven y hermosa– gustara a Ramón Morel. Este la cortejó con caros regalos. Luego la tomó como amante. Karaja vivió en silencio su vergüenza y su ira. Una noche, en el bolicho del pueblo, se atragantó con cachaza; ebrio, destiló su amargura en guaraní. Ajukáta ko aña membýpe…, tiró la amenaza que esa misma noche llegó a oídos de Ramón. Tres fornidos pistoleros de Aguara fueron a visitar esa madrugada a Karaja. Lo golpearon hasta el amanecer como a un viejo buey que se resiste a trabajar. Luego le ordenaron que se desnudara y corriera hasta el edificio municipal: el vecindario vio, entre risitas y atónito, al intendente corriendo, desnudo y ensangrentado, por la avenida principal del pueblo.

El Clan Morel gobernó a su antojo Capitán Bado durante tres décadas. Pero ni el Universo es eterno.

Isánto apárte
El año 1998 marca el comienzo del fin del clan. Cuentan que un mulato de mirada penetrante y de barba negra cerrada llegó a Capitán Bado: Fernandinho Beira Mar. Se había fugado de la cárcel del estado de Minas Gerais. Llegó con una sonrisa y una propuesta de triplicar la ganancia del clan. Eu modernizarei o negócio a uma escala regional , prometió. Contra la opinión de Aguara, Joâo aceptó la jugosa oferta. Una vez, mientras coordinaban tareas para asesinar a toda una familia de soplones, Fernandinho le preguntó a Aguara: Por que você nunca fala comigo em português . “Parece ningo un castellano que se habla mal…”, le respondió irónicamente. Beira Mar acusó la herida.

Durante tres años la convivencia fue pacífica y la alianza multiplicó las utilidades de las partes. Hasta que Beira Mar decidió quedarse con todo el negocio.

Una calurosa siesta del 2001, tres relucientes camionetas doble cabina venían levantando nubes de polvo rojo por la calle terraplenada de la casa de los Morel. Dentro de ellas, 20 hombres armados. Bajaron aparatosamente. Llovieron balas y granadas de mano sobre la vivienda. Los cuerpos de Mauro y Ramón se convirtieron en coladores de balas. Desde la muralla del fondo del patio, Aguara abatió con su escopeta a tres o cuatro de los asaltantes, y huyó.

Unos días después, Joâo –capturado y recluido meses atrás en la cárcel de la ciudad brasileña de Campo Grande– cayó, casualmente, varias veces sobre el estoque de su compañero de celda. Este declaró que lo mató porque Joâo estaba obsesionado con quitarle una camisa de playa floreada. Al viejo patriarca le había llegado su máxima, la que solía repetir a sus hijos: Bandido não morre de velho .

Los perros de Beira Mar estaban detrás de Aguara. Un día del 2004, un comando de sicarios cariocas rodeó un hotel de San Pablo, Brasil. Un hombre salió de una de las habitaciones con una ametralladora en la mano, repeliendo el ataque. En su huida, mató a unos cuantos y recibió cinco impactos de bala. Ensangrentado, subió a un vehículo y se perdió por las avenidas de la gran ciudad. El día siguiente se recuperaba con su impasibilidad de siempre en un hospital.

El año siguiente, una treintena de sicarios asaltó su residencia en la ciudad brasileña de Ponta Porâ. Para evitar desprolijidades que vuelvan a frustrar el atentado, rociaron la casa con combustible y la llamita de la cabeza de fósforo se convirtió en una inmensa hoguera. En medio del fragoroso crepitar del fuego, que ellos miraban satisfechos, el ronroneo de una camioneta que salió por el portón los desengañó. La superstición invadió a los malandros.

Dicen que esta misma superstición generó temor en el 2006 a dos hombres en la ciudad de Pedro Juan Caballero. Ambos dentro de una camioneta cerraron el paso al vehículo de Aguara en una de las calles céntricas. El informe policial –elaborado con la declaración de la víctima del atentado– reveló que los ocupantes de la camioneta descerrajaron 35 balas de una subametralladora 9 mm y una escopeta calibre 12 sobre el vehículo. El último de los Morel se escurrió como una culebra por el piso del vehículo y salió corriendo por la puerta del acompañante disparando dos pistolas contra sus agresores. Kóa niko isánto apárte, dicen que dijo uno de los frustrados sicarios.

Después de este atentado, los cuchicheos en Bado daban cuentan de la repentina desaparición de Aguara Morel; nadie supo si dormía eternamente en alguna fosa de Zanja Pytâ o si había abandonado la frontera seca para escapar de la loca persecución de Fernandinho. Alguien había testimoniado que lo vio por Asunción, en el populoso Barrio Obrero, a cuadras del estadio de Cerro Porteño, su amado club. Ese alguien contó algo inverosimil: que Aguara se alistó en una de las barra bravas cerristas, la más poderosa, bajo el mando del a un mismo tiempo idolatrado y temido Vicente Páez Chávez, jefe de jefes de las hordas azulgranas. Narró que el cruel sicario se había convertido en una cera, dócil e infantil, en las manos de aquel fánatico líder, cuyo poder cautivante consistía en una mezcla de cualidades; un conocimiento enciclopédico del fútbol paraguayo, un contador de chistes y anecdotas populares con toques de humor incomparables, una actitud dominante, fruto de su shamánico carisma, y un dominio magistral del guaraní, el castellano y el portuguez, hacían que gobernara al frío matador a su gusto, haciéndole cumplir sus órdenes emitidas con voz serena pero implacable. Al punto que el abstemio Aguara bebía y se emborrachaba en las interminables noches de cerveza de los domingos convocadas por Chávez, gane o pierda Cerro; contó que una noche vio a un embobado sicario en una mesa de bar, celebrando a carcajadas los chistes del líder, comprándole docenas y docenas de cervezas para aplacar su sed sin límites. Se había convertido además en su guardia personal, más obediente y disciplinado que un soldado nazi.

Al escurridizo zorro no se lo vio durante cuatro años por la frontera seca. Hasta que, en el 2009, corrieron los rumores de que había vuelto. La prueba fue la seguidilla de cruentos asesinatos de tres de los varios jefes narcos que peleaban por la plaza de Capitán Bado, una disputa encarnizada. Entonces Beira Mar había perdido poder en la frontera, pero había sido sustituido por capos no menos crueles. Tal vez aceptó como destino la citada frase del patriarca Joâo, o quizás creyó que tenía un santo protector. El hecho es que volvió para recuperar el reino del clan.

Sin velorio ni epitafio
En noviembre del 2009, un Aguara Morel descuidado se movía en su vehículo en la localidad de Puenteziño, departamento de Concepción, cercana a la frontera con Brasil. Sorprendido por un retén policial, para evitar peligros innecesarios, optó por entregarse: fue detenido, enseguida liberado, pero procesado por tenencia ilegal de armas.

En el marco de este proceso, el 10 de marzo del 2010 acudió al Palacio de Justicia de Concepción y declaró ante el juez Restituto Benítez. El juez –quien antes había hablado por teléfono con Morel– juzgó, con rostro severo, que el encausado debía donar 10 ventiladores de techo marca Toshiba a cuatro comisarías rurales y a una escuela que se caían a pedazos para librarse de la Justicia. Antes de dar por terminada la audiencia, felicitó –ya con rostro distendido- al encausado por no haber ingerido una sola gota de alcohol, según su declaración. Minutos después, Morel salía del Palacio limpio y libre. Abordó la camioneta que con su custodio personal lo esperaba e intentó ir a su casa, en Pedro Juan Caballero.

Ya en la ruta divisaron que se acercaba a gran velocidad otra camioneta. Morel tomó la escopeta del asiento trasero, gritó la orden de apretar el acelerador y corrieron. Certeros disparos en las ruedas y fueron alcanzados. A partir de aquí, la historia de siempre: los dos perseguidores bajaron e hicieron catarrear sus ametralladoras sobre Morel y su custodio. Fueron bañados con balas. Hora y algo después las fotos de la camioneta acribillada y los dos cadáveres de inexpresivos rostros fueron publicadas en www.capitanbadonews.

Dicen que un despreocupado hijo bastardo mandó comprar un sencillo cajón. Pagó unos cientos de miles de guaraníes al dueño de una funeraria de Pedro Juan para que se encargara del cachivache. Por temor a represalias, no fue velado y nadie asistió a su entierro. La cruz de madera clavada en la tierra sobre el ataúd no tenía nombre ni epitafio.

Comentarios

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1 Comentario
  • Avatar
    cesar gonzalez
    Posted at 17:32h, 04 diciembre Responder

    “Vicente Páez Chávez, jefe de jefes de las hordas azulgranas”. Genial…

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