Narrador Toba-enenlhet cuenta la historia de su pueblo

El narrador del pueblo Toba-enenlhet Matako Flores  reseña los primeros contactos de su pueblo con la sociedad nacional y otros episodios como la guerra del Chaco, la explotación de los indígenas en la taninera de Puerto Casado y la llegada de los menonitas.

El antropólogo alemán Hannes Kalish y el narrador enlhet Matako Flores.

El antropólogo alemán Hannes Kalisch y el narrador enlhet Matako Flores.

En la narración de Matako, la historia se mezcla con personajes fabulosos que simbolizan esos acontecimientos externos incontrolables. Asimismo, hechos trágicos conviven con historias satíricas y burlonas que muestran esa extraordinaria potencialidad de subvertir el poder a través de la risa.

Imbuidas de una profunda simbología, las crónicas desafían y ponen en entredicho la racionalidad de la historia. Matako rememora episodios atroces y borrados de los registros, pues la historia de su pueblo está fuera de la historia. Causa especial estremecimiento el relato de cuando Matako trabajaba en la taninera de Carlos Casado. Rememora que el propietario ordenó rociar con gasolina a unos toba que padecían viruela y posteriormente procedieron a prenderles fuego. El nativo refiere que la enfermedad fue llevada por los “blancos”, amplia categoría que incluye a los “morochos” paraguayos.

Con respecto a los primeros contactos, nos encontramos con relatos plenos de humor que reflejan el espíritu por definición carnavalizante de la narrativa indígena. Fue cuando los enlhet aún no conocían el guaraní. Cuando llegaron los paraguayos, la gente se puso contenta. Entre ellos, uno había llegado durante el ritual de iniciación de una muchacha y en señal de alianza la casaron con el visitante. En una ocasión, este fue descubierto mientras dormía con la boca abierta, y pudieron ver que era viejo y no tenía dientes. Luego se dieron cuenta de que hablaba con un guaraní con muchos errores, por lo que supieron que en realidad se trataba de un toba que fingía ser paraguayo.

La contienda

Posteriormente recordó la Guerra del Chaco, cuando los bolivianos intentaron llevar ese territorio para ellos, pero no pudieron porque los toba eran más fuertes y no les hacían caso, afirma. Los soldados tenían que moverse en la lluvia, el frío, los bichos y el hambre. Eran flacos, sin carne en los brazos y la cara, que apenas podían hacer gestos para pedir agua. Los toba podían luchar contra los fusiles. Veían cuando estallaba y podían esquivar la bala. No había caminos, solo los caminos de los toba. Los soldados invasores dormían en cualquier lado, sucios y con hambre. Ante el horror de la guerra,  Matako reflexiona e insta a luchar porque estos trágicos episodios no se repitan. “Si los jóvenes pelean, va a haber muchos lamentos”, advierte.

La vieja de la bolsa

Después de la guerra apareció la viruela. Dijeron que era porque se había derramado mucha sangre, pero fue un mal traído por los blancos. Entre los toba se extendió una mortal epidemia. Carlos Casado ordenó que se los juntara en un galpón, se les rociara con gasolina y se les prendiera fuego a los toba que habían contraído la viruela. En Casado se enfermaron todos los toba y no había quienes trabajen para la estancia.

Pero había un chamán que sabía tratar las enfermedades. Vio que la viruela era una vieja con una bolsa. El anciano hizo que la tierra se abriera y allí cayó la mujer. De esta manera la enfermedad terminó.

Para todos

Todos podemos vivir en esta tierra, reflexiona Matako. Foto: Museo de Filadelfia.

Los enlhet aún buscan un lugar donde vivir. Foto: Museo de Filadelfia.

Todos podemos vivir sobre esta tierra, que tiene raíces como el fruto de un zapallo, compara el narrador. A lo que se debe temer es al viento fuerte que puede mover la tierra, pero hay ancianos que saben cómo hacer para que esto no ocurra.

También existen otras sociedades que no pueden ser vistas, como los enlhet que viven en el Sur y aquellos que viven arriba en el Norte. Hay problemas de convivencia humana, dijo. Estos habitantes del Norte tienen botas rojas que traen problemas. Estos no pueden ser vistos porque se mueven mucho y tratan de ver todo lo que pasa. Estos seres se llaman Melietkesammap, el mismo nombre que tiene el propio Matako. “Tengo mucho para contar, toda la noche podría”, señala.

Migración

El cronista enlhet recrea las migraciones, entre estas una con destino a Argentina, en que descubrieron una forma más rápida de obtener fuego. Cuenta que se dirigieron al vecino país montados en vacas. Evoca que en aquel tiempo hacían fuego con palitos para fumar y cocinar en las grandes ollas que tenían. En Corrientes vieron cómo un viejo hacía fuego con una estrella y la pagaron con una vaca.

El quebracho

Matako refiere que creció en Palo Santo y luego se fue a Casado a trabajar en distintas tareas. Sobre la época en que esta firma explotaba los quebrachos, contó que debían cargar con bolsas de tanino de cincuenta kilos todos los días, sin recreos de fin de año u otras festividades. Debían llevar el cargamento a las barcazas y detalla que en una ocasión trabajaron 405 días seguidos.

Después de cierto tiempo se acabó el quebracho y los quisieron llevar a la fuerza a Loma Plata para trabajar con los menonitas. Los toba se pelearon con los policías menonitas. Luego los militares los pusieron en un camión y los arrojaron en un monte que no conocían, no había agua pero sí muchas espinas. Murieron cuatro niños. Decían que todos iban a ser asesinados para que no quede ninguno. El responsable fue el general Masuka. Los toba no podían cazar porque no conocían el lugar. Por esto regresaron caminando y 180 de ellos fueron llevados a un destacamento militar.

Esto fue a iniciativa de los menonitas. Pero los toba eran fuertes y sobrevivieron. Empezaron a buscar un lugar donde vivir.

Matako recuerda la irrupción de los menonitas con el fin de destruir su cultura. Foto: Museo de Filadelfia.

Matako recuerda la irrupción de los menonitas con el fin de destruir su cultura. Foto: Museo de Filadelfia.

Los toba tenían vacas que procreaban mucho. Con una vaca en cinco años podían tener quince. Pero en 1942, Casado juntó las vacas de los enlhet e hizo su estancia. Además, dos menonitas, uno de Filadelfia y otro de Loma Plata, compraron cincuenta y cincuenta. Los animales que tienen los menonitas descienden de las vacas que eran de los toba, expresa. Menciona también el ingreso de la misión menonita que irrumpió en la comunidad para destruir su cultura.

Matako dice que su historia es grata de contar, pero al mismo tiempo es pesada. Por esto último, no se atreve a hablar de los sucesos ocurridos en 1947, año de la cruenta guerra civil.

Ahora sus tierras están tomadas por la Secta Moon. Matako aconseja a los jóvenes a cuidar el lugar donde están y a mantenerlo en buen estado.

Odisea

El antropólogo alemán Hannes Kalisch, traductor de Matako, destaca entre las distintas historias el desplazamiento de enero de 1982 de los habitantes de la comunidad de Casanillo, que fue una odisea muy sacrificada.

El investigador advierte sobre el trastorno sufrido por los enlhet con el cambio del nombre de las cosas y de sus propios nombres nativos, que definen su condición en el mundo. Como ejemplo menciona que la sociedad envolvente desconoce a los nativos el derecho esencial de nombrarse, que es el acto que marca el lugar y la función del individuo como parte de un todo. En el caso de nuestro narrador, en su identificación se le impuso el apelativo de Plutarco, pues para esta sociedad Matako no es nombre.

Al ser desnombrada una de sus partes, el conjunto se quiebra. Para las sociedades erigidas en la palabra, el nombrar los seres y las cosas se equipara al mismo alumbramiento. Por ello, para Matako la memoria de su pueblo no es un testimonio muerto, sino un modo de conjurar la historia con palabras para que sus periodos más horrorosos no vuelvan a repetirse.

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