«Ñande Ipi Cuéra», The(saurus) de la lengua poética

Meditaciones en torno a cuestiones lingüísticas en la edición de 2019 de Ñande Ipi Cuéra, publicada por la editora Los Bugres, en coedición con Okára Japu.

Por Christian Kent

Ante la pregunta sobre el porqué no se ha adaptado el texto a la grafía actualizada del guaraní en la edición de 2019 de Ñande Ipi Cuéra (ver bibliografía), me propuse hacer algunas reflexiones. La persona que me lo ha preguntado resulta ser una guaranióloga, como se conoce comúnmente a las estudiosas de esta lengua. Y su argumento más insistente fue el de la legibilidad: adaptar el poema al uso de las reglas vigentes lo volvería más accesible a la lectura.

La interrogante se dirige de manera obligada hacia la cuestión de la legibilidad. Si acaso, en el contexto de un poema, debe el lenguaje estar sujeto a una condición de claridad o de comprensibilidad. Si en virtud de tal claridad, es lícito comprometer la forma original en que fue escrito. En este caso en particular, actualizarlo a los usos corrientes de la lengua escrita.

Como vemos, el problema de la escritura en guaraní no acaba en la conocida pugna entre el purismo idiomático y los defensores de una lengua paraguaya que se edifica sobre la hibridación, el jopara o yopará. La reedición de Ñande Ypy Kuéra en el guaraní original de 1922, abre camino para considerar el problema desde un enfoque diacrónico; es decir, a partir de la historia de la lengua: su origen, su desarrollo, sus mutaciones.

El guaraní, como idioma hablado, es miles de años más antiguo que el castellano, que inició con otras lenguas románicas –el occitano, el italiano, el inglés, etc.- recién a mediados de la Edad Media. Como lengua escrita, es apenas más reciente. En un texto de 1922 encontramos una forma radicalmente distinta de la vigente, a tal punto que la lectura es tan forzosa como sería, para un hispanoparlante de este tiempo, leer los versos del Cantar del Mío Cid en el español de la época (1141, aprox.): De los sos oios tan fuerte mientre lorando, / Tornaua la cabeça e estaua los catando: / Vio puertas abiertas e vços sin cannados, / Alcandaras uazias sin pielles e sin mantos, / E sin falcones e sin adtores mudados.

Si el problema se redujera simplemente a una razón de legibilidad, sería simple de resolver: adaptarlo y punto. Pero, quienes amamos la poesía nos damos cuenta que en tal decisión también se pierde algo. Basta con pensar en aquellas ediciones que han osado “modernizar”, entre otros, a Manrique, a Calderón o a Shakespeare, para entender acerca de la privación que hablamos. Por un lado una constatación histórica, arqueológica, de la lengua misma. Más grave aún, se compromete el goce estético: la propiedad aurática, el halo benjaminiano, pero sobre todo la música y el dibujo de la letra.

En el guaraní, debemos aclarar, no se pone en juego tanto la musicalidad –lo fonético propiamente- en estas decisiones, pues debemos recordar que esta lengua ha sido primero, y por miles de años, oral, para solamente luego, a partir del “Bocabulario y Thesaurus…” de Montoya, adoptar una forma escrita. Sus mutaciones en los últimos quinientos años, no han sido tan drásticas como en el castellano, que en comparación es una “niñata”, como dirían los españoles. Por el contrario, la grafía ha sido en extremo cambiante y ha dependido menos de los usos corrientes que del buró académico, pues la lengua de los papeles ha sido siempre la europea antes que la nativa.

Habría que considerar, pues, en la decisión de esta nueva edición de Ñande Ypy Kuéra, que antes hubo dos posibles caminos. La obediente sumisión a la normativa del guaraní vigente, muchas veces desentendida de las intuiciones y las imaginaciones del uso concreto, o el camino de una lengua deliberadamente desfasada y, por tanto, poética. ¿Por qué desfasada y poética? Porque la palabra recupera su potencia poética en tanto que se distancia de su instrumentalidad (ser clara, decir algo, dar a entender); en tanto que se voltea hacia sí misma y reflexiona sobre sus propias posibilidades. La palabra es poética en la medida en que se vuelve sonora, y, quizás, en esa misma sonoridad, oscura, sibilina, profética.

Es conveniente, al parecer mío, para este libro en particular, conservar tales opacidades. Antes fue menospreciado por sus atrevimientos en el ámbito de la fabulación; cierta corriente antropológica no vio bien que el universo simbólico guaraní se entremezcle con nociones cristianas o incluso grecolatinas en la receta de una cosmogonía. Pero es literatura, y esas objeciones son impropias para un texto literario, pues sus verdades no requieren ser comparadas ni comprobadas en ningún marco tradicional: sus verdades son tales en el momento en que se enuncian. Todo es posible: que los guaraníes provengan de los Atlantes, que Para-guá, tendido en una piedra en medio del diluvio, aviste una ciudad gótica, o que Manorá y Las Parcas sean un mismo símbolo (permutable) de la muerte.

Ahora el libro será menoscabado por haber reaparecido intacto, con el mismo guaraní de 1922. Será repudiado por algunos como ilegible. ¿Por qué no lo han actualizado? Y entonces conservará su naturaleza monstruosa y esquiva; su eterna condición de libro cuestionable y cuestionado. Pero, además, nos obligará a preguntarnos si es válido adaptar un poema a las necesidades idiomáticas de cada época, o si hemos de comprender que los poemas se enuncian en un ahora que no corresponde a ningún tiempo; es decir, que son enunciados en la eternidad. Vale reformular: la escritura de Ñande Ypy Kuéra no corresponde al guaraní antiguo, sino a una lengua singular, única, que emerge en las estrofas del poema.

Es interesante observar cómo las decisiones editoriales pueden afectar el sentido de una obra. Y también, cómo la materia lingüística constituye activamente su significado (forma=contenido). La pregunta es inevitable: ¿Qué hubiese ocurrido si el texto se adaptaba? Claramente, el universo del poema no cambiaría; sus 8.000 versos conservarían intactos a los personajes, sus dramas y escenarios. Hemos dicho también que la sonoridad del poema sería la misma, en tanto que los cambios son estrictamente ortográficos. Entonces, cabe cuestionarse si una disposición meramente ortográfica –no semántica, no fonética- podría o no afectar al poema en sus contenidos. Si acaso hace alguna diferencia escribir Ypy Kuéra (antepasados) o Ĭpĭ Cuéra ; o bien, la manera antigua de nasalizar, por falta del acento (˜) en las estilográficas : E.g. Tupang, en vez de Tupã.

Sostengo que, cualesquiera sean las preferencias del lector, el poema no será el mismo. Digamos, por ser gentiles, que será la misma flor, pero con aroma distinto. Puede ser el olor cálido que guardan las cosas viejas: última permanencia de un mundo que ya no está. Puede ser el olor de lo singular: de aquello que solo es igual a sí mismo. Puede ser el aroma oscuro, amargo, de lo que se nos escapa y, por lo mismo, nos incomoda.

Bibliografía

  1. Colmán, Narciso R., Nuestros Antepasados / Ñande Ipi Cuéra, Editora Los Bugres, Asunción, Paraguay, 2019.
  2. Montoya, Antonio Ruíz, Tesoro de la Lengua Guaraní, Madrid, España, 1639.
  3. Manuscrito original de Per Abat, digitalizado por m.arquivo.pt

 

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