Muerte en la noche de San Juan

Una mañana de domingo los vecinos del barrio Centro de Villa Elisa denunciaron a la Policía el hallazgo de un cuerpo al costado de un camino apenas transitado a unas cuadras de la plaza Von Poleski. El informe forense indicó que el fallecido había recibido 27 puñaladas. ¿Quién era y por qué semejante ensañamiento?

 

Por Paulo César López

Ese día había una fiesta de San Juan en el Poli. Foto: Paulo López

Corrían mediados del año 2006 y hacía apenas un tiempo que Remigio había llegado a la ciudad de Villa Elisa desde Areguá. Dicen que andaba en la clandestinidad a raíz de que estaba involucrado en el asesinato del hijo de un policía. También recuerdan de él que tenía nueve entradas a la cárcel, la mayoría por casos de hurto agravado.

 

Indagando superficialmente sobre su prontuario, se encuentra un reporte periodístico del 22 de octubre de 2004 en el que se lee que Remigio, quien entonces tenía 27 años, cayó junto con otros dos hombres luego de intentar asaltar a una pasajera de la Línea 30 en pleno microcentro de Asunción. Los voceros policiales informaron entonces que los tres contaban con antecedentes penales por distintos delitos.

 

Por este y otros hechos se fue construyendo la fama atemorizante de un delincuente decidido a jalar el gatillo, fuese o no necesario. El primer calificativo que evocaba era el de “peligroso”. Remigio era de estatura media, de tez morocha, bien curtida por el sol, de cabello oscuro y abundante cortado al estilo taza. Ese día vestía sus tradicionales jeans, remera, una campera de cuero negra y una llanta deportiva. Sus conversaciones, refieren quienes lo conocieron, giraban siempre en torno a riñas y frecuentemente se jactaba de los rastros de machetazos que tenía en distintas partes del cuerpo. Tenía el mote de “Mala energía” y actuaba como si fuera inmortal.

 

Aquella noche de sábado había una fiesta de San Juan en el “poli”, un establecimiento deportivo ubicado en el límite entre los barrios Centro y Mbocayaty de Villa Elisa. En horas nocturnas era un punto de encuentro para la fumata, las pastas, la coca y el alcohol. No obstante, para aquella fiesta se anunciaba la presencia de Quemil Yambay, por lo que todo el vecindario se dio por convocado en el lugar para presenciar la actuación del popular humorista.

 

Allí estaban en corro, entre otros, Eduardo, Luis y Ricardo, que empezaban una nueva noche fría en el barrio sin sospechar aún el trágico desenlace que marcaría de un momento al otro sus vidas para siempre. En esa ronda también estaban Tamara y Berenice, unas chicas desconocidas a las que encontraron por el camino y que de mero intentar invitaron a la fiesta y que inesperadamente aceptaron. Aunque presumían de rockeros, no podían evitar dejarse llevar por el ritmo pegajoso de la cumbia villera flexionando las rodillas siguiendo el ritmo de la cumbia y cada tanto alzaban los brazos y cantaban eufóricos cuando alguna letra interpelaba. “El que quiere una tuca fumanchar / que levante las manos”. El vaso de vino con coca corría de boca en boca así como los cuartitos de clona. Entre el porro y tanto jugo loco los pasos falseaban cada vez más. De pronto se pusieron a recorrer todo el local pidiendo monedas. Luego surgió la merca. A levantar bien a fondo y a seguir la fiesta como si nada.

 

La patrullera de la 13 pasaba y pasaba. La paranoia empezó a asomar, por lo que Luis decidió guardar su 38 en una esquina oscura donde las malezas cubrían casi todo el alambrado. Llevaba un arma consigo, aunque su oficio no era el de asaltante. El revólver fue apenas una ganga irresistible que surgió durante un rescate en Republicano y que no pudo desaprovechar. Era una Smith & Wesson niquelada con una empuñadura con detalles de madera. Además de hacerle sentir confiado, el arma era un poderoso elemento disuasivo ante las abundantes amenazas que acechan la vida de loco. Dispararla en plena noche hacia la nada era un pasatiempo que ha menudo se tomaban y que a los tres les hacía sentir poderosos.

 

La música sonaba estridente a través de los viejos altavoces desplegados en el improvisado escenario armado para el show. El ansia de la concurrencia crecía y todos esperaban que al fin aparezca el artista de la noche para hacer su número y dar un momento de distracción y risas en medio de la monótona rutina del barrio, donde no abundaban los espectáculos en vivo.

 

De súbito irrumpió Emilio, quien, con una ira apenas contenida, contó que en el paredón contiguo hacia el tape po’i Remigio le apretó con un cuchillo y le quitó todo el dinero que tenía, provocándole además una raspada que le causaba un cierto escozor. Quedaron en que arreglarían las cuentas después de la fiesta.

 

“Bendición” de San Juan

 

Remigio hizo una pequeña pelota con los billetes para acomodarlos en su bolsillo, encendió un cigarrillo y se puso a observar atentamente todo a su alrededor recostado por la pared esperando el momento oportuno para toquear algo más. Cuando se aprestaba a picar la yerba para un faso, pudo ver cuando Luis fue a dejar algo hacia el yuyal. Esperó un momento y se aseguró de que nadie lo estaba mirando, caminó rápidamente hacia el lugar y se encontró con la sorpresa de que era nada más y nada menos que un fulgurante revólver calibre 38, grande y potente. Dos golpes rápidos y ya había salvado la noche.

 

-Bendición de San Juan –pensó. Luego se retiró raudamente del lugar en dirección al bajo. Sin embargo, Ricardo, quien lo había estado vigilando mientras recogía el arma, lo siguió silenciosamente sin decir nada a los demás.

 

De repente se acercó a la ronda un hombre, pequeño y viejo, y le dijo a Luis:

 

-Remigio ogueraha amo ñanandýgui pe nde reñongatuva’ekue.

 

Luis y Eduardo se miraron y automáticamente giraron la cabeza en todas direcciones buscando alguna señal que indique por dónde se había ido Remigio. El rápido golpe de mirada no reveló nada en aquella noche de invierno en la que una brisa levemente fresca creaba el ambiente propicio para el mbeju, el pastel mandi’o y otros manjares de esta época del año.

 

Por las dudas fueron a examinar nuevamente el lugar, pero solo pudieron corroborar que el arma ya no estaba.

 

-Jaha ógape jagueru kyse ha upéi jaha jaheka chupe –propuso Eduardo, a lo que Luis asintió inmediatamente. Ambos salieron eufóricos y enojados. Estaban resueltos a recuperar el arma, más aún sabiendo que solo tenía dos balas y que a veces solía fallar.

 

Eduardo despertó a toda su familia con el tremendo alboroto que armó mientras hurgaba entre los enseres de la cocina buscando el cuchillo ideal para enfrentar a un temido bandolero que ya no tenía nada que perder, excepto la vida misma. Salió con un cuchillo de asador en la cintura y otro más pequeño en la mano para dárselo a Luis. La pesadez de los hipnóticos con alcohol se disipaban y la sangre empezaba a hervir.

 

Pensaron que la primera movida que haría Remigio era sacarle el jugo al arma: asaltar a alguien o empeñarla. La forma más rápida y segura de llegar sin ser advertido a la plaza central de la ciudad, donde podría encontrar más fácilmente una víctima o alguien a quien empeñarle o venderle el arma, es un camino intransitable para los vehículos por la erosión del suelo causada por los raudales, al costado mismo de la actual Ciudad Mujer, que en aquella época era un baldío que hacía las veces de vertedero.

 

Repentinamente, en medio de la pálida luz del día que despuntaba, advirtieron que Remigio y Ricardo estaban forcejeando. En un momento dado, Remigio logró sacudirse, tomó cierta distancia, sacó el arma y apuntó en varias direcciones sin poder enfocar bien su objetivo, ya que le costaba mantenerse de pie. Sus perseguidores se tiraron a un costado del camino buscando ocultarse entre los yuyales e instantes después la boca del fuego del cañón emitió un fuerte estruendo, pero la bala no dio en nadie.

 

Entonces se dispuso a ajustar la puntería, directo hacia Eduardo, pero el golpe del martillo se quedó corto sin alcanzar con suficiente fuerza el tambor para expulsar el proyectil. Cuando se predisponía a jalar de nuevo del gatillo, Eduardo saltó de su escondite y hundió la hoja de la Tramontina hasta el mango directo en la yugular de Remigio. Este emitió un grito apenas audible y cayó al suelo moviéndose apenas y con las dos manos se presionaba el cuello intentando inútilmente parar la hemorragia.

 

Cuando cayeron en la cuenta de lo que habían hecho, se asustaron y asumieron que estaban en un gran aprieto. Sin embargo, antes que desistir, el temor a una más que segura represalia se impuso, por lo que los tres, cada uno a su turno, le asestaron otras tantas puñaladas al cuerpo ya inerte entre el pecho, las costillas y el abdomen.

 

-Kóa oikovérõ oúta ñandejuka. Jajuka porã manteva’erã, exclamó Eduardo, quien estaba temblando y apenas podía pronunciar las palabras. Estaba pálido y a punto de desmayarse.

 

-Sí, kóa jaasegurava’erã o si no hendýta ñane ndive, apoyó Luis.

 

La claridad del nuevo día se hacía cada vez más nítida. A lo lejos se acercaban personas caminando. La mayoría volvía de alguna fiesta, probablemente del extinto balneario Vera Cruz, actualmente convertido en sucursal de una cadena de supermercados.

 

-Qué loco ko personaje, moõpio ou ñanderecha’i –repetía nerviosamente Luis como intentando justificar ante sí mismo lo que habían hecho. Luego se pusieron a discutir sobre qué harían con el cuerpo. Primero pensaron en tirarlo a una zanja para que no amanezca en pleno camino a la vista de todos. Pero bruscamente emergió otro contratiempo, que al final provocaría que todos cayeran a pesar de que el amanecer lluvioso ofrecía sus mejores oficios para ocultar las eventuales pistas que pudieran delatarlos.

 

-Ndéra kóre, ho’a che cédula –exclamó Ricardo.

 

La situación empezaba a salirse de control. Se olvidaron por un momento del cadáver y empezaron a rastrillar con las manos bajo los primeros albores del nuevo día. Los vecinos empezaban a percatarse de que algo fuera de lo corriente estaba ocurriendo, que allí había algo más que la típica escena de jóvenes veinteañeros tratando de llevar a casa a un amigo borracho.

 

-Nde, amboviajáta kóa avei. Kóa ho’áta ha ocantáta ñande rehe –amenazó Luis mientras desenfundaba el arma y miraba de manera desafiante a Ricardo.

 

-No, mba’éichapio ejapóta péa. Tuicha problema jarekomavoihína –insistía Eduardo intentando hacer desistir a su amigo de cometer otro asesinato empeorando una situación que de por sí ya se presentaba complicada.

 

-No, mba’éichapio oitýta la icosa –se ratificaba Luis en su propósito de eliminar a su cómplice para borrar las pistas.

 

-Jaha katu mombyry porã –reiteraba Eduardo hasta que finalmente logró convencerlo de huir del lugar.

 

Ricardo asumía su culpa y no emitía ninguna palabra mientras se discutía su suerte. Decidió marcharse en silencio y fue rápidamente hacia su casa a cambiarse la ropa totalmente ensangrentada que llevaba puesta. Intentó dormir un poco, pero no pudo. Lo mismo Luis. Además del implacable insomnio después de la cocaína, la idea de que habían hecho algo grave no dejaba de rondar y la sombra de que un gran problema se les vino encima acosaba sin cesar. Entonces vacilaban entre quedarse y actuar como si nada hubiera pasado o esconderse.

 

La fuga

 

Eduardo llegó a su casa con la firme determinación de preparar unas pocas cosas y huir lo más rápido posible. Iría junto a su madre, quien vivía en Coronel Oviedo. Ya lo había decidido.

 

-Mba’épio la ejapova’ekue? –le pregunta Leticia, su hermana, cuando este atraviesa la puerta de la casa.

 

-Sarambi eju ko de madrugada ejapo ápe. Napépe oîmbáma la policía hína –le reprendió de nuevo.

 

Una vez listo su pequeño equipaje, Eduardo bajó sigilosamente por el tape po’i y se escabulló a través del patio baldío para ver qué ocurría al otro lado de la cuadra. Entonces observó que Ricardo ya estaba esposado y estaba siendo subido a la patrullera. Su cédula había amanecido caprichosamente enredada entre las ropas del cuerpo tendido boca arriba e impregnado de barro.

 

En la casa de Ricardo, además de rastros de sangre en sus ropas, se encontró el champión del fallecido. De allí todo fue en cadena. El siguiente en caer fue Luis, quien decidió adoptar la estrategia de quedarse y actuar como si nada hubiera ocurrido. Ya la policía iba rumbo a la casa de Eduardo cuando este se encontró casualmente en la calle con Mauricio, quien iba a bordo de su moto.

 

-¿Qué pio pasó anoche? –le inquirió.

 

-No, no sé, yo me tengo que abrir –dijo Eduardo cortando bruscamente la conversación.

 

-Bueno, subite y vamos –se ofreció Mauricio.

 

Al girar la esquina divisaron la patrullera, que ya iba rumbo a la casa de Eduardo para arrestarlo. Se salvó por unos segundos. Los policías ubicaron rápidamente la casa de los tres, a quienes ya los conocían debido a que en varias ocasiones fueron cachados fumando porro en la plaza.

 

Asustado, Mauricio condujo directo hasta la casa de su cuñado, Julio, quien agotaba los últimos gramos de la bolsa que rescataron con Brave. Prepararon dos líneas para los visitantes y entonces Eduardo se puso a relatar los detalles de lo que había ocurrido entre la noche anterior y la madrugada. Todos escuchaban entumecidos.

 

De golpe Julio dejó la silla y se puso a hurgar entre sus cosas. Luego le tendió a Eduardo un par de billetes, que totalizaban unos 40.000 guaraníes, para que se fuera lo más lejos posible de inmediato.

 

-Tomá, andate, no sé dónde, pero andate – le espetó.

 

Eduardo subió nuevamente a la moto con Mauricio, quien lo llevó hasta una parada sobre la avenida Von Poleski, donde tomó un micro directo a Calle Última a fin de abordar un bus que lo llevara hasta Coronel Oviedo, su lejano escondite. Pero alguien ya había anticipado sus pasos. Apenas se aprestaba a acomodarse en un asiento de un colectivo de la Ovetense, observó con sorpresa que su padre también se estaba subiendo al mismo bus.

 

-Sentate vamos a hablar –se limitó a decirle don José. Esa mañana lluviosa de domingo el colectivo estaba casi vacío, por lo que durante el trayecto pudo ponerle al tanto de los pormenores del caso. Luego de escucharlo atentamente, don Pepe, como también se lo conocía, le encargó que no le cuente nada a su madre.

 

Llegaron a la terminal y fueron directo a tomar un taxi para abandonar rápidamente la estación de buses. Una vez que llegó a la casa de su madre, esta sintió una sospecha inmediata ante la inesperada visita de su hijo, quien además llegaba en compañía de su padre, el exmarido de ella, lo cual abonaba aún más el mal presagio que tenía. El instinto de una madre no podía fallar.

 

-Mba’épa la oikova’ekue la eju hag̃ua nde túandi ko’a peve –inquirió doña Marta.

 

-Mba’eve, mamá. Ajúnte porque ndavy’ái –mintió inútilmente.

 

Las corazonadas que le indicaban que algo andaba mal se confirmaron unas semanas después cuando el nombre de Eduardo salió en el diario. Era señalado como el único prófugo por el caso del brutal asesinato de un hombre, cuya vida fue segada de 27 puñaladas, y que la Fiscalía lo citaba por segunda vez para prestar declaración indagatoria, declaraba su rebeldía y ordenaba su captura.

 

La entrega 

 

Así anduvo más de cinco meses hasta que cedió a la insistencia de su madre de entregarse para aclarar la situación a fin de que su nombre no quede manchado para siempre y ante la zozobra permanente del riesgo de caer preso en algún retén policial.

 

Así lo hizo y volvió a Villa Elisa para comparecer en el día y hora que señalaba la citación. Declaró ante la Fiscalía y luego fue derivado al calabozo de la Comisaría Trece. Allí estuvo casi un mes. La cena de Navidad de ese año la compartió con los policías hasta que fue trasladado a Tacumbú, donde recibió el 2007.

 

-Che ndaroviái que peê pejapo kóa. Máa ojapo? Ere porã chéve –le sondeó una vez el oficial Gutierres.

 

El que la sacó más barata fue Luis. Su madre, quien estaba al mando de un quiosco y heladería instalados en su propia casa, logró reunir el dinero suficiente para que su hijo sea beneficiado con prisión domiciliaria. Ricardo, quien entonces tenía 17 años, estuvo unos seis meses en Panchito López hasta que, cuando debía ser trasladado a una cárcel de adultos, recibió medidas alternativas. El fiscal pidió prórroga para presentar su requerimiento conclusivo y solicitó medidas alternativas a la prisión para los procesados, un pedido que fue otorgado por el Juzgado.

 

-Peême la pende salváva es que avavéa ndoúi odenuncia –les dijo el agente fiscal encargado del caso al término de la audiencia, momentos antes de que sean subidos a la patrullera para ser llevados a sus casas a cumplir la reclusión domiciliaria mientras esperaban la resolución de la causa.

 

Sin embargo, nunca nadie fue convocado de nuevo para la audiencia preliminar ni mucho menos para un juicio. Al cabo de cierto tiempo, el padre de Eduardo fue a averiguar sobre el estado de la causa, pero le dijeron que ya estaba extinguida, que se olvidara de ello.

Del nicho erigido en memoria de Remigio solo queda la base, apenas visible en el yuyal. Foto: Paulo López.

 

Aunque ya el caso haya fenecido y pocos lo recuerden aún, en esas charlas de invierno en torno al brasero, aderezadas con tragos de Ari con pomelo, no faltan los relatos sobre extrañas visiones que asaltan a los transeúntes que toman por la noche ese oscuro atajo. Hay quienes aseguran que, a la altura misma del derruido nicho erigido en memoria de Remigio, se les apareció la imagen de un hombre que emitía un grito de agonía apenas audible para luego terminar sucumbiendo al sonido suave, pero implacable, del metal atravesando la piel y golpeando los huesos como un martillo.

 

Advertencia: todos los nombres, excepto el del fallecido, son ficticios. En resguardo del anonimato de las fuentes se agregaron detalles fantasiosos a la narración.

 

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