Memorias de un combatiente de Playa Girón

Entrevista al escritor y crítico cubano Eduardo Heras León, combatiente de la batalla de Playa Girón.

Por Paulo César López

El escritor cubano Eduardo Heras León durante el desarrollo del seminario sobre técnicas narrativas.

El escritor cubano Eduardo Heras León, durante el desarrollo del seminario sobre técnicas narrativas.

Bajo apresuradamente las escaleras de la residencia El costillar de Rocinante y cruzo el ancho bulevar de la Avenida de los Presidentes entre 21 y 23. Es la cuadra dedicada al monumento en homenaje al presidente Salvador Allende. Atravieso el portón del instituto, el patio y finalmente me acomodo en un pupitre cercano a la puerta del salón.

Con un hablar corrido y pausado a la vez, el escritor cubano Eduardo Heras León explica que, insatisfecho con las cronologías, decidió abordar el estudio de la literatura desde las técnicas narrativas. Y precisamente a eso se avocó durante las jornadas que estuvieron a su cargo en el taller de narrativa del Instituto Internacional de Periodismo José Martí de La Habana, Cuba.

Durante las tres sesiones ofreció una completa panorámica de los cambios que experimentaron los contadores de historias desde los precursores del género como Homero hasta Joyce, Faulkner, Rulfo, Vargas Llosa, entre otros grandes narradores.

En este diálogo con “El chino” –como el mismo autor nos confiesa que le llaman– no podemos dejar de evocar las preguntas fundacionales del oficio: ¿por qué escribimos ficciones, para qué contamos, qué es la literatura?

Como combatiente de la batalla de Playa Girón, cuando en 1961 fue derrotada la invasión promovida por EE.UU., su obra está marcada por ese acontecimiento cuya magnitud, según nos cuenta, no había sospechado cuando le tocó vivirlo a los 19 años. Bajo el concluyente título de La guerra tuvo seis nombres (1968) presenta sus memorias de la batalla. “Yo solo digo lo que ocurrió”, asegura. Su compromiso con la verdad y la crudeza al mostrarla le valieron incluso sanciones como ser destinado a una fábrica, experiencia que recoge en Acero (1977).

No obstante, al ser consultado sobre si alguna vez sintió que su papel de escritor colisionara con su rol de militante, señala que no establece ninguna oposición entre ambas actividades y que al tiempo que se considera un revolucionario que escribe se define también como un escritor revolucionario.

–¿Por qué escribimos ficciones?

–Mucha gente dice que porque no estamos de acuerdo con el mundo que nos rodea y que tenemos que arreglar esa relación con el mundo. Y por eso escribimos ficciones, para explicar la vida no como es, sino como debiera ser.

–Si la literatura opera con la inversión de los planos de la realidad y el periodismo pretende describirla, cómo se complementan y se contraponen estas dos disciplinas.

Cuadra donde se erige el monumento a Salvador Allende sobre la Avenida de los Presidentes.

Cuadra donde se erige el monumento a Salvador Allende sobre la Avenida de los Presidentes.

–La realidad ficticia está en general basada en la realidad real con elementos que le añade uno como escritor. Claro, también trabajamos con planos fantásticos de la realidad y el periodismo generalmente con planos reales. Yo me inclino por lo que opinan García Márquez y Eduardo Galeano de que literatura y periodismo es lo mismo. No hay una gran diferencia entre uno y otro. Para mí periodismo y literatura son parte de lo mismo.

–¿La literatura es mero entretenimiento, testimonio de época o una técnica de conocimiento como cualquier otra disciplina?

–Es todo eso y más. La literatura es una manera más de ver la vida, una manera en que me comunico con los demás. El escritor escribe para los demás, no para uno. Y escribe para ayudar sobre todo a crear  nuevos horizontes en la vida, a enriquecer un poco la vida de todos los días, la vida cotidiana. Es una manera de vivir. Yo no podría vivir sin la literatura.

–En su obra resaltan los títulos dedicados al relato de su participación en la batalla de Playa Girón.

–Yo fui combatiente en Playa Girón con 19 años. Esa circunstancia me cambió la vida. Yo siempre digo que mi vida se divide en dos mitades: antes de Playa Girón y después de Playa Girón. Si me preguntas por qué,  te digo que porque le vi la cara a la muerte, me pisó muy cerca. Como decía Hemingway: un acontecimiento como la guerra  es capaz de hacer madurar a un hombre antes de tiempo. Pasaron muchos años antes de que yo pudiera escribir. Esas vivencias se fueron asentando y cuando las evoqué en el año 68 solté seis cuentos que conformaron luego el libro La guerra tuvo seis nombres dedicado a Playa Girón. Yo escribo lo que vivo y ese fue un acontecimiento vital para mi vida. Me marcó para siempre.

Ese libro recoge creo que con bastante certeza y justicia lo que pasó allí. Trato de hablar la verdad, de lo que sucedió. Trato de hablar del miedo y del valor. Porque si hubo mucho valor y mucho coraje, hubo también miedo. Es el ser humano en toda su extensión. Todas las emociones y los sentimientos del ser humano se reflejan y se intensifican en un acontecimiento como es la guerra. Y no se trata de edulcorar nada.

Así es como hay que reflejar acontecimientos históricos, sin ocultar absolutamente nada. Buscar la verdad, que es en última instancia el objetivo de la literatura.

–En este doble rol de intelectual y militante, sintió que alguna vez estos papeles entraran en colisión y que se tuvo que decidir por uno de ellos.

"Playa Girón me marcó para siempre", relata Heras León.

«Playa Girón me marcó para siempre», relata Heras León.

–No decidirme. Yo siempre he sido el mismo. Yo siempre he sido un revolucionario que escribe. Sin embargo, a lo largo de mi vida he tenido encontronazos, generalmente con la burocracia o determinadas zonas del poder cultural que tenían una actitud dogmática, muy cerrada. Por ejemplo, a partir del año 71 hasta el 76 hubo un periodo aquí que hoy conocemos con el nombre de Quinquenio Gris, donde había una política cultural muy extremista y eso nos costó castigos. Yo estuve varios años trabajando en una fábrica precisamente por defender mis ideas, que son las ideas de la revolución. La vida me ha dado la razón. Yo nunca he tenido vacilaciones. Yo siempre he sido un revolucionario y voy a seguir siéndolo.

–Cuando se trata de “escritores políticos” es difícil evitar la discusión entre el compromiso y el esteticismo. Pero en uno de sus relatos, “Un cuento por encargo”, usted no ve exclusión entre ambos.

–Me alegra que me haya recordado ese cuento. Ese es un cuento que se lo dediqué a Tony Guerrero, uno de los cinco héroes. Siempre se ha dicho o que la literatura por encargo no es verdadera literatura porque quedaría muy esquemática, no tendría la riqueza que tendría la literatura hecha sencillamente por la vocación del autor.  En ese cuento yo quería expresar esa dicotomía entre Sartre y Camus de la literatura comprometida y la que supuestamente no lo es. Yo nunca me he planteado esa dicotomía porque yo escribo lo que yo vivo. Y si contar lo que yo vivo forma parte del compromiso con la sociedad, con la historia y con la misma revolución, para mí esa literatura es bienvenida. O sea, nunca me he planteado si voy a hacer una literatura comprometida  u otra que no tenga nada que ver con el compromiso. Yo sencillamente escribo y allá va. Me parece que es un testimonio y tengo suficientes experiencias en la vida para seguir escribiendo.

Resumiendo, ¿usted se consideraría más un escritor revolucionario o un revolucionario que escribe?

–Siempre he dicho que soy un revolucionario que escribe. Creo que me siento así. Pero independientemente de eso, no podría dejar de escribir. O sea que soy un escritor también. Esa dicotomía para mí no existe. Ser un escritor no indica dejar de ser un revolucionario y ser un revolucionario no indica dejar de ser escritor.

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