Los narcisos de la era digital

Mi vecina tardó dos días en producir la foto que le satisfizo para ponerla en su perfil de facebook: estiró el brazo y desde poco más de medio metro disparó el flash de su móvil, justo en el momento en que el viento del desvencijado ventilador de mesa ondeaba su cabello y sus pestañas negrísimos. Mi hijo de 18 años también  dedicó unas horas de su vida a hacerse el selfie que retrataría su mejor imagen para colocarla como perfil en la misma red: mientras cruzaba los brazos sobre el pecho y miraba 60 grados al costado al estilo de los periodistas estrellas de televisión, yo disparé su Samsung para capturar ese momento eterno.

No pretendo que me den chocolate por narrar estos dos hechos, tan normales en estos tiempos como ir al baño a defecar. Pero si nosotros los mortales que vivimos desaforadamente la era digital no ocupamos nuestro tiempo en pensar sobre algo tan común, y por ello baladí, como hacerse el selfie cotidiano, un filósofo atento a su época como Byung Chul Han sí se toma su tiempo y su distancia necesarios para reflexionar sobre el asunto.

Chul Han es desde hace unos años el filósofo del momento en Alemania, cuna de filósofos monumentales en la historia de Occidente.  Nació y vivió en Corea del Sur. Hace 20 años migró a Alemania. Vive en Berlín. Sus pocos libros breves son profundos,  agudos y actuales a un mismo tiempo.  Su estilo aforístico y estimulante ayuda a que se vendan como pan caliente en los países de la vieja Europa. Han hace suya la frase Toda filosofía buena debe ser la de su tiempo para revelar y denunciar, con su filosa pluma, la estupidez, la esclavitud y el sufrimiento del hombre y la mujer de hoy, el de la era de internet, el del capitalismo tardío, como él lo define.

Durante los siglos andados por el Capitalismo, éste fue destruyendo el sentido de comunidad del ser humano; fue desmembrando la vida en común haciéndola añicos  para convertirla en un enjambre de individualidades. Individualidades que, a su vez, cocinados en estos tiempos digitales, se han convertido en enfermos del Ego, en narcisos, en la medida que el Gran Bicho fue destruyendo al Otro. Desaparecido este, al ser humano no le queda más que amarse mórbidamente a sí mismo. Sin amor hacia el Otro, Eros es sentenciado a muerte y el Narciso vive su soledad. Ahora es presa fácil de la explotación capitalista, que lo convierte en un “emprendedor de sí mismo”, en un obsesivo perseguidor del éxito, en un ilusorio poseedor de libertad. Así, el Capitalismo lo cansa hasta el extremo, dejándolo sin energías. Aquí viene la depresión del Narciso. Es lo que Chul Han explica en La agonía del eros, uno de sus libros.

Han afirma que internet y sus redes sociales están poblados de estos narcisos sedientos de mirarse en sus aguas transparentes; un enjambre de personas que se aman con desmesurada y exclusivamente. Este compulsivo amor es la materia prima que aprovecha Facebook o Instagram o Washap, ofreciendo a los hambrientos habitantes de sus sitios shopines de exhibición personal, escaparates privados de estrellas de rock and roll . “La época de Facebook y del Photoshop hace del rostro humano una faz (cara) que se disuelve por entero en su valor de exposición (…) Es la forma de mercancía del rostro humano”, dice Chul Han en su libro La sociedad de la transparencia. Y agrega, en este mismo libro: “…En la sociedad expuesta, cada sujeto en su propio objeto de publicidad. Todo se mide en su valor de exposición. La sociedad expuesta es una sociedad pornográfica. Todo está vuelto hacia afuera, descubierto, despojado, desvestido y expuesto…”.

Han recuerda las letras de Walter Benjamin sobre la belleza. Esta está en el encubrimiento, en el misterio de lo que se encubre, en la piel que deja ver el tajo de un vestido, en la imagen que provoca lo oculto. De aquí parte para afirmar que el exceso de la exposición de los rostros en las redes sociales es obsceno. “…Es obscena la hipervisibilidad, a la que falta toda negatividad  de lo oculto, lo inaccesible y lo misterioso. También son obscenos los torrentes lisos de la hipercomunicación”, dice en su libro La sociedad de la transparencia.

El filósofo coreano subraya que una ideología se ha puesto en marcha para justificar el ilusorio transitar del enjambre de narcisos de la era digital: la transparencia. Hoy lo que importa es la exposición en sí misma. Es, en otras palabras, la transparencia total de la intimidad. El que no se muestra, es sospechoso. Así se obliga a la hipervisibilidad, a la hiperexposición, para convertir todo en mercancía vendible, y para controlar todo. “La sociedad de la transparencia, poblada de espectadores,  consumidores y exhibicionistas, es la base de una democracia del espectador y de la vigilancia”, afirma Chul Han.

El punto de mira filosófico de Chul Han abre un tajo a la mirada celebrativa, u-tópica, de internet. Es una mirada dis-tópica, negativa, de la red, que nos permite mirarnos críticamente para no ser presas tan fáciles de nosotros mismos y del nuevo panóptico de poder que ya se instaló en el mundo virtual.

 

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