Leer a Mishima y vivir para contarlo

“Solo la mitad de él estaba aquí. La otra se hallaba en el reino de añil. No existían en consecuencia leyes ni normas que le gobernasen. Él se limitaba a simular que se hallaba sometido a las leyes de este mundo”.

Yukio Mishima, en una de sus poses más emblemáticas. Foto: Pinterest.com.

Yukio Mishima, en una de sus poses más emblemáticas. Foto: Pinterest.com.

Anoche di vuelta a la última página de la “Corrupción  de un ángel” de Yukio Mishima y aún sigo vivo. No es poca cosa. La misma mañana en que Mishima terminó de escribir la novela, se suicidó a la manera tradicional japonesa, el seppuku, aunque tuvo que ser rematado por un compañero.

Antes había hecho representaciones teatrales en las cuales anunció la manera en que iba a morir y en su último libro hay un irónico desprecio a los suicidas fallidos.

El escritor refleja ese tema central de la gran literatura nipona: el trauma colectivo del Japón moderno occidentalizado tras la derrota en la Segunda Guerra. Asimismo, la humillación del reconocimiento público del emperador de que no descendía de los dioses.

Kimitake Hiraoka, su verdadero nombre, era descendiente de un clan de samuráis y sentía nostalgia e incluso deliraba con lograr la restauración de la sociedad japonesa previa a la rendición en la gran contienda.

Los estudiosos de su obra consideran que la culminación de su arte literario se encuentra en el ciclo compuesto por sus cuatro últimas novelas, que bajo el título de “El mar de la fertilidad” constituiría el testamento del autor. Las cuatro novelas del ciclo son: “Nieve de primavera”, “Caballos desbocados”, “El templo del alba” y la “Corrupción de un ángel”, esta última publicada póstumamente.

Sobre Mishima dijo una vez Yasunari Kawabata: “No comprendo cómo me han dado el Premio Nobel existiendo Mishima. Un genio literario como el suyo lo produce la humanidad solo cada dos o tres siglos. Tiene un don casi milagroso para las palabras”.

Toru es un joven de dieciséis años, prototipo de la belleza masculina, que trabaja en una oficina de comunicación divisando la llegada de los barcos en los puertos en la península del Izu. En un pasaje que alimenta las versiones sobre la oculta homosexualidad de Mishima, el autor describe con minucia el semblante del joven, de donde resalta la belleza de sus ojos, el mismo órgano del que se vale para regocijarse en su propia belleza frente al espejo.

El viejo Honda lo conoce y decide adoptarlo tras ver que tiene tres lunares en el brazo y lo cree la tercera reencarnación de Kiyoaki, un noble de las postrimerías de la era del Meiji y que murió por amor.

Toru se cree la reencarnación del mal. Vengarse por nada y hacer el mal es su mayor placer. Valiéndose de la simbología hindú, el autor señala el pasaje por los cinco signos de la caída del ángel, que no es otra cosa que la caída de Japón ante la idolatría a la “modernidad”.

El sentido de la venganza de Toru es muy distinto al de, por ejemplo, Keiko, heroína de “Lo bello y lo triste” de Kawabata. En la obra de este otro “suicidado por la sociedad” la venganza es ardientemente deseada, pero al verla realizada involuntariamente provoca mayor dolor al que lo causa. Keiko desea vengarse del hombre que hizo sufrir a su amada maestra Otoko. Entre escenas de un dulce y delicado lesbianismo esta joya de Kawabata termina en la realización de una venganza más terrible aún para quien la ve ejecutada.

Pero volviendo a Mishima, este no entendía por qué el Japón moderno y estéril no escuchaba su llamado de volver a las tradiciones. En él se concreta la inmolación de un genio literario que pretendía con su muerte dar una lección ejemplificadora, realizar un acto heroico de sacrificio por la belleza.

En definitiva, esta sublime crónica de la degradación humana representa la versión más trágica de una interrogante que asalta a muchos observadores externos sin poder ensayar respuestas: ¿cómo una cultura tan exquisita y milenaria resultó colonizada por la versión más plástica, artificial y fast food de Occidente?

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