Lecturas: Fragmento de «Diario de un Albañil» de Mario Castells

Diario de un albañil, libro testimonial y a la vez ficcionado ha salido por “Caballo Negro” recientemente y aquí el autor nos cedió gentilmente un anticipo.

Mario Castells actualmente tiene en prensa también dos libros, la novela Kambara’anga, que será editado por la editorial paraguaya “Arandurã” y Peteï ypa’u che retépe / Una isla en mi cuerpo, traducción del libro álbum de la escritora Ethel Batista y la ilustradora La Filippi.

Hacia fines del año pasado, a su vez,  obtuvo la beca José Martí de investigación, otorgada por la Biblioteca Nacional Argentina con su tema: “Carlos Martínez Gamba, la lengua guaraní del exilio”. Co-dirigió el sello editorial independiente “La Pulga Renga” y más recientemente el sello independiente “Cachorro de luna”.

Por Mario Castells

Mi tío Roque fue lo que se dice un caballero, un hombre con un “esprit de finesse” desacostumbrado entre los perros. Y mucho más si consideramos que fue un albañil, obrero forjado en el trabajo duro y desregularizado, siempre al borde de la lumpenización. Esa distinción de mi tío se debía a que era el más parecido del clan Riveros, mi familia por rama materna, a su madre, mi abuela. Es conocido que la delicadeza era un bien preciado entre los Cabrera, familia de antiguo abolengo patricio. Mi abuela, de hecho, y a pesar de la degradación de la pobreza a la que sometieron a su familia la hecatombe de la Guerra Grande y las requisas de las revueltas liberales, mantuvo en su carácter y formas de sociabilización ese bien preciado como un sello de su prosapia.

Mas, para mala suerte de mi tío, que como dije era muy distinto en eso a sus hermanos, el medio en el que se tuvo que mover hizo que tratara con gente de distintas layas y en algún sentido negociara con la ruindad de ese ámbito el resguardo de su propia integridad. Integridad no solo física sino también moral. De resultas, su código arriero porte (como el del gaucho, modelo del machismo paraguayo) sumó a ese sistema de valores heredado el de otras pautas de precaución y agresión. Su sabiduría a la hora de la diversión (que es la que más nos peligra, solía decir), resguardó sus límites mediante la fuerza.

Así es que emigró a la Argentina, lo más normal al fin de cuentas pues Asunción, con no ser un gran mercado de trabajo, quedaba además mucho más lejos para nuestra gente que Buenos Aires. Siguiendo la hoja de ruta de todas las cosechas de la República Argentina, Roque fue peón golondrina por el norte y el sur de la provincia de Buenos Aires, hasta que se asentó en las afueras de Rosario. Desde aquí alternó su vida de joven soltero entre las chicas y muchachos de la colectividad paraguaya y los de su comarca natal, entre Cerrito, Laureles y Villalbín. En una función karape, en Ñeembucumí, jurisdicción de Laureles, encontró a la que sería su esposa. Su fracaso matrimonial templó el rigor de un discurso autocrítico, una filosofía medio pelo, primero algo solemne y disparatada pero que, puliéndose con los años siguientes, fue convirtiéndolo en la de un atinado moralista. Lejos de La Rochefoucauld o Emile Ciorán, la retórica del filósofo laureleño no hizo callos en el escepticismo, fue nostálgica y vitalista.

Eso también tiene un rasgo extraño en sí mismo. Debido a razones de salud, un médico le instó por aquellos años a que bebiera menos o que dejara de tomar bebida blanca, Cambió la ginebra, que tanto le gustaba y que todas las mañanas tomaba de camino al trabajo, por la cerveza. Pero no aflojó la cantidad. Roquiño sí que sabía tomar. Hombre de construir rutinas, llegaba al trabajo a las 7 de la mañana y sufría la abstinencia durante hora, hora y media, hasta que abría el kiosco.

“Andate, Periquín, a traerme una cervecita helada” le decía a su ayudante cuando abrían. Perico Domínguez iba con su bolsito y traía las cervezas que tomaban juntos (nunca a medias, la sed de Roque no se dejaba equiparar). Mi tío se bajaba del andamio y le daba un beso de tiro largo, hasta la cuajada. Recuerdo que una vez, haciendo contrapiso y carpeta en un galpón, su hermano Lorenzo, que justo trabajaba con nosotros, se bajó del andamio y fue a entrarle un trago a la birra y encontró la botella con apenas un culito espumoso. “A la puta, chera’a, esta sí que tiene caída” le dijo.

Roque tomaba cinco cervezas, más o menos, en el horario de trabajo y otras dos o tres a la salida. Nunca, sin embargo, parecía ebrio. Su normalidad era de alcohol y creo que cuando le faltaba el trago le temblaba la mano. Pero en verdad nunca lo vi borracho, siquiera mareado. Y trabajaba con precisión de tornero. Fue el mejor albañil que conocí. Pero sin moralina, dejaba de ser obrero cuando salía del trabajo. Siempre justipreciaba los momentos de la vida. Me consta que Roquiño disfrutó la vida en sus últimos años tanto como recordaba haberlo hecho durante su soltería.

Roque cantaba; le gustaba poner dúo. Todas las tardes, salía al exterior de su casa, un pequeño espacio que tiene entre la vereda y la puerta, a tomar su última cerveza del día. Si me acercaba mandaba comprar otras dos más y ponía, si no estaban su hija y nietas, un par de cedés de polca. “Oga’i morotimi avy’aitemi hague” (Oh, casita blanca en la que tanto me hallé) cantaba, emulando a Martín Escalante, segunda voz del dúo de la simpatía. Una tarde antes de que me fuera a trabajar a Buenos Aires, hacia mediados de 2006, me dio una larga charla sobre la vida. El tipo estaba triste, aunque miento al utilizar este mote. Tenía techaga’u, saudade, más bien. Aquella tarde, con la herida abierta a flor de labios, brillándole en los ojos color miel, me dijo: “yo no sé por qué, Marito, vine a vivir a la Argentina… Hay decisiones que uno, cuando es joven, no piensa demasiado. Se deja llevar por el movimiento de la vida y cuando se da cuenta ya está lejos y no puede dar vuelta atrás… A mí lo que me gustaba, sobrino, era ver los campos verdes de septiembre, el maíz alzando sus penachos en la chacra del rosado nuevo, ahí por el Piraguasu costa, el sol de primavera y las blancas playas de la laguna Sirena. Soy un buen albañil dicen de mí. Pero, ¿vos sabés que no? Yo soy un campesino, no hay caso… del Pikyry al Piraguasú, caminando por la loma o a caballo por el cenizal, yo soy de los esteros”.

Mi forma de homenajear a ese gran tipo fue entregarle el parlamento final de Emigdio Rivarola, el protagonista de mi novela El mosto y la queresa, en el discurso del narrador. Como dije, yo no estuve cuando él murió, trabajaba en el bar “El Nuevo Cortijo” de calle Santiago del Estero esquina Rivadavia, en Capital Federal. Unos días después de que le brotara un extraño forúnculo y de que empezara a supurar como la herida de Filoctetes, Roque no fue al trabajo. Condujo su Ford hasta el hospital y quedó internado. Le diagnosticaron un cáncer linfático. Luego de la operación, estando en sala de cuidados medios, le dio un infarto y murió. No hace mucho tiempo, refaccionando una casa en la que había trabajado él, laburando entre varios pibes que habíamos sido sus ayudantes, uno, Javito, dándole a la pared con maza y cortafierro, picó un pedazo de mampostería de la que saltó como joya escondida una chapita de Quilmes. Fue como si nos revelara su presencia, que estaba entre nosotros, esperando un trago. A todos se nos llenaron los ojos de lágrimas…

Sobre el autor

Mario Castells es escritor, traductor y editor argentino (Rosario 1975) hijo de padres paraguayos.

Forma parte del Grupo de Estudios Sociales sobre Paraguay (GESP-IEALC-UBA). Publicó Rafael Barrett, el humanismo libertario en el Paraguay de la era liberal, [ensayo histórico] (en colaboración con Carlos Castells), Rosario: CEALC-UNR, 2010; el poemario Fiscal de Sangre, (heterónimo Juan Ignacio Cabrera), Colectivo Editorial “La Pulga Renga”, Rosario, 2011; El mosto y la queresa, novela ganadora del Premio Provincial de Nouvelle “Ciudad de Rosario”, “Editorial Municipal de Rosario” (emr), 2012; la crónica Trópico de Villa Diego, Colección Naranja, “Editorial Municipal de Rosario” (emr), 2014, Lenguajes, poesía en idiomas indígenas americanos (con Liliana Ancalao, Juan Chico y Lecko Zamora), “Festival de Poesía de Córdoba”, 2015.

La editorial “Caballo Negro” editó en 2017 su última nouvelle, Aparatchikis.

 

En 2018, la editorial paraguaya “Arandurã” sacó su colección de relatos Bala pombero.

Ese mismo año se editó también la plaquette Poemas de alma feroz / Ñe’ë pochy ñe’ëty (poemario bilingüe) como parte de un Proyecto de Cátedra de la Carrera de Diseño Grafico de FADU-UBA. En 2020 prologó El sonámbulo, nouvelle de Augusto Roa Bastos, editado por primera vez en Argentina por editorial “Caballo Negro”.

Fue incluido en Antología de cuentos contemporáneos de Paraguay y Uruguay, Algo hay, selección de Javier Viveros, “Tiempo Ediciones & Contenidos”. También fue antologado en el volumen de poetas en lenguas originarias De la tierra florenciente. Poesía de Abya Yala, “A contrapelo”, 2019. Poemas suyos, escritos en guaraní,  traducidos al castellano por él mismo y al inglés por Arturo Desimone se publicaron en la revista de poesía norteamericana ANOMALY. Features Supplement to the Online Journal of Literature and Art.

 

 

 

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