La poesía en un mundo desgarrado

La poesía ¿es un divertimento, una efusión sentimental, un testimonio, una denuncia, un acto de protesta, un discurso mágico, mítico, ideológico, filosófico? ¿Sirve la poesía para algo? ¿Qué entendemos por poesía? ¿De qué poesía estamos hablando?

El poeta peruano César Vallejo. Foto: Gentileza.

El poeta peruano César Vallejo. Foto: Gentileza.

Es posible que, en algún momento, algunos se hayan hecho preguntas semejantes. Pero no hay, probablemente, una respuesta unívoca o absoluta a estas interrogantes.

En un extremo sitúo lo que llamo divertimento. Soslayo a propósito el término juego, la actividad lúdica, que una respetable corriente teórica considera consustancial al arte, a la poesía. Hablo más bien de esa poesía de entretenimiento, que tiene larga tradición, pues a lo largo de la historia se ha dado con frecuencia el hecho poético como actividad sometida y servicial: recuérdese al poeta cortesano, a Horacio o Virgilio, al juglar-saltimbanqui que en plazas y atrios entretenía al pueblo en la baja Edad Media o al trovador que vivía de las dádivas de su señor y rendía sus versos al pie de las damas feudales. La figura del versificador adulón, que canta loas al poder y al poderoso, es bien conocida entre nosotros. Esa clase de poesía todavía tiene practicantes en nuestras circunstancias.

En el otro extremo, la poesía comprometida, que no tiene buena prensa y es mal vista en los círculos de cultura distantes de las miserias del arroyo, como decían los modernistas de antaño. Cierto es que muchos malos versos se han perpetrado en nombre de las causas populares y ello ha desfavorecido ante la crítica erudita a este tipo de poesía. Volveremos sobre el punto.

Otras dimensiones han llamado la atención de los estudiosos del hecho poético. Por ejemplo, podemos recordar al chamán nativo que convoca a los espíritus con palabras de poderosa resonancia, los Ñe’ê porã, las palabras hermosas… El indígena guaraní, en efecto, asume sin esfuerzo la dimensión poética en el Ñe’ê porã, la palabra hermosa, porque en su pensamiento mítico raigal el lenguaje humano hace parte de la divinidad creadora: “El verdadero Padre Ñamandú, el primero, / de una porción de su propia divinidad, / de la sabiduría contenida en su propia divinidad, / y en virtud de su sabiduría creadora / hizo que se engendrasen llamas y tenue neblina. / Habiéndose erguido / de la sabiduría contenida en su propia divinidad, / y en virtud de su sabiduría creadora, / creó nuestro Padre el fundamento del lenguaje humano / e hizo que formara parte de su propia divinidad”.

En el pensamiento mítico raigal el lenguaje humano hace parte de la divinidad creadora. Foto: León Cadogan.

En el pensamiento mítico raigal el lenguaje humano hace parte de la divinidad creadora. Foto: León Cadogan.

La resonancia metafísica, ontológica, de los grandes mitos cosmogónicos de la humanidad se proyectan sobre toda la historia de la poesía. No olvidemos a Parménides de Elea y Heráclito de Efeso, a Lucrecio en su De rerum natura, a Dante, a T. S. Eliot… Esa poesía, aunque infrecuente hoy, también está viva.

¿Y cómo no reivindicar la efusión amorosa –no la efusión sentimentaloide– que a través de todos los tiempos da esplendor a grandes textos poéticos en todo el mundo?

Pero quiero volver a ese extremo que incomoda a las “sociedades” literarias de la buena gente burguesa y a su servidumbre intelectual.

Esta poesía contestataria, por momentos panfletaria, tiene raíces muy antiguas. ¿No eran grandes poetas rebeldes los profetas del Antiguo Testamento? Y en nuestra época, ¿quién puede negar la pertinencia, intensidad y altura de los poemas revolucionarios de César Vallejo, Pablo Neruda, Hérib Campos Cervera, Augusto Roa Bastos, Carmen Soler y tantos otros que se han reconocido en el destino libertario de nuestros pueblos? ¿No golpea aún nuestros corazones esa gran voz española y universal que fue León Felipe, una voz desgarrada por el horror fascista que arrasó España a fines de la década del 30? : “Toda la luz de la tierra / la verá un día el hombre / por la ventana de una lágrima… / Españoles, / españoles del éxodo y del llanto: / levantad la cabeza / y no me miréis con ceño, / porque yo no soy el que canta la destrucción / sino la esperanza”.

Algunos años después, tras el desastre de la guerra civil de 1947, Augusto Roa Bastos expresaba similar esperanza para su tierra: Hundida hasta la frente con su carga / de escombros y de vivos corazones, / mira pasar el tiempo en una larga / sucesión de esperanzas y muñones, / hasta que rompa su prisión amarga / el puño popular de sus varones.”

Ira, dolor y esperanza son las marcas de sangre de esta poesía viva, que subsume la ternura, la pasión amorosa y el ansia de totalidad del espíritu humano; poesía de incandescencia existencial y social, que encarna la condición humana en su entera verdad, en el esplendor y plenitud del arte.

Hace muchos años –para terminar hablando en términos personales–, en una especie de poética, hice una apelación al silencio como morada de la poesía: “Ya que no eres puro, castiga tu lengua, calla; / limpia tu corazón de alimañas; límpialo de palabras. Vuelve al Silencio. / Pero guárdate de la mudez, de la muerte de la Palabra. / El Silencio no es la mudez, es la Casa de la Palabra. / El Poema es el Camino de la Palabra. (…) / Limpia el Camino, castiga tu corazón, no te envanezcas de la Belleza. Merece la Poesía.”

He guardado silencio durante largo tiempo y pocas veces he merecido la poesía. Pero la historia, la historia viva que sufrimos, me ha enseñado que el poeta es también un hombre entre los hombres, un hombre lacerado como tantos que siguen padeciendo opresión y explotación, tortura y muerte, un testigo inerme frente a la voluntad genocida que arrasó Vietnam, que segó millones de vidas y destruyó en Irak los tesoros sumerios –patrimonio de la humanidad–, que asesinó a millares de chilenos, argentinos, uruguayos y paraguayos durante la guerra sucia que ordenó el imperialismo, que amenaza hoy a Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador y a todos los pueblos que recuperan su soberanía y se levantan contra la bestia voraz. Entonces, en esta hora y en este mundo desgarrado, tengo que decir:

Parte el silencio en dos

―basta un hachazo―,

engulle una porción,

y basta. Lo demás,

para las hienas ―no acabes

con empacho

y mudo;

que el silencio-mudo sea,

finalmente,

el túmulo de las hienas.

Puede que, entonces,

eches a volar y el canto

sea tuyo y el de todos,

hombres, por fin, enteros.

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