La pobre marihuana

El calmante de aquel cansancio colectivo sería un portentoso cigarro de cannabis. 

Fuente: www.forothc.com

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Fue en uno de los meses de 1997. En el edificio ubicado sobre las calles 15 de Agosto y Herrera. En una Asunción de avenidas ya entonces fatigadas por el humo negro y las ruedas del transporte chatarra.  Más preciso aún: fue un viernes bien entrada la noche, en la sala de aquel departamento ocupado por periodistas ingenuamente estresados  detrás de la primicia.  El calmante de aquel cansancio colectivo sería un portentoso cigarro de marihuana.

El primero en llegar fue el colega –un uruguayo- que promovió el delito. No le fue muy difícil convencernos a delinquir. Entonces éramos unos descomunales bebedores de alcohol. Y amenazábamos acabar con todo el cigarrillo de Asunción.  Aquella hierba nos parecía menos inofensiva que un té de tilo.

Mientras observaba desde el balcón cómo los impolutos machos asuncenos negociaban precio con los travestis a cambio de sus favores, mi colega me explicaba con la calma de un yogui los efectos saludables de la marihuana. Yo lo escuchaba distraído, entretenido por el mercadeo sexual de abajo, e intentando aplacar mi ansiedad con un Marlboro tras otro, después de no haber traído una noticia que fue tapa de todos los diarios, menos en donde yo trabajaba.

Eramos seis, sentados en un sofá de mimbre con almohadones floreados, en medio de un desorden completo de soltero. Cuando el colega apareció con el cannabis picado envuelto en una hoja de la misma hierba convertidos en pulcro cigarro, todos admiramos la destreza con que lo armó. Aquí había habilidad, le dijo uno, así que no debía perder tiempo y dedicarse a producir en cantidad industrial para el mercado  local. El yogui devenido equivocadamente en periodista aconsejó no tomar “la mierda” del alcohol con la marihuana. “Por supuesto” le dijo uno de los invitados mientras volcaba sobre la boca un vaso lleno de Pilsen. Hechas las observaciones de rigor, pasamos a perseguir el objetivo de consumir hasta el último picado de aquel cigarro interminable.

La primera ronda de calado no surtió efecto.  El gordo aconsejó ingerir un té de boldo y dejar  el cannabis a las vacas. El yogui no se impacientó y arguyó el nulo impacto a un problema técnico: no habíamos inhalado correctamente el humo. Hizo una demostración pedagógica y siguió la segunda ronda de calado. Segundos después, los rostros tensos e impacientes comenzaron a mostrar  la típica sonrisa de idiota de los ángeles. El gordo comenzó a soltar risotadas en cámara lenta y se olvidó por unas  horas de la Pilsen. El colega que estaba a mi lado exclamó que la lucidez de Platón había bajado a su cabeza. El de al lado –el más renombrado de todos- comentó que era como estar acostado en una hamaca frente al mar. Y el promotor de la fumata que, allá en el otro extremo, disfrutaba de haber encaminado el estrés de unos infelices a la paz.

La nota que desentonó en aquel concierto de bobalicones felices fue mía. Mis extraviados contertulios se habían convertido en calmos bebés que finalmente habían atrapado los morados pezones de sus madres luego de colosales berrinches. Yo braceaba en la nada, en un espacio infinito sin tiempo. Aquella  sala de seis metros cuadrados se había convertido para mí en una galaxia. Asustado, acudí al guru. “Que te paasa, estas looco, disfrutaa…”, me dijo despreocupadamente. El gordo me soltó un “ajepa nde výro nde tipo, tereho eke…” y siguió con su risa en cámara lenta. Miré a mi alrededor por si hubiera otro astronauta desahuciado: todos eran sedados pescadores en medio del océano. Vi que  el cigarro humeante recorría por tercera vez las manos relajadas de mis colegas. Cuando me llegó, agradecí como un sonámbulo y lo deje pasar. Tomé la sugerencia del gordo y me fui a la cama. Cuando ya entraba en el sueño, escuché, como un eco lejano, el comienzo de la prédica del yogui, las burlas contra mí, y el consejo del más afamado de los cinco de bajar a recorrer las calles y los bares asuncenos. “La noche está deliciosa”, describió.

El día siguiente tuve que buscar una explicación a mi verguenza. Aritméticamente, no podía echarle la culpa a la marihuana: todos los de aquella noche amanecieron con el plácido y sereno sabor de haber consumado un sublime sexo con la virgen maría; yo, en cambio, había visto una película de ciencia ficción desde un desolado rincón del universo. Terminé echándole la culpa al largo discurso anti drogas de mi madre, a mi eterna cobardía y a una asuncena que por esos días había des-ilucionado mi anatómico y mi corazón. Y seguí  fumando en cantidad industrial los Marlboro y los Luky Strike,  sofocados por todos los vinos y las cervezas que alcanzaran mis manos y aceitadas por todas las comidas chatarras de Asunción. Todo para correr esa eterna carrera moderna de aliviar la soledad y la ansiedad.

Casi 18 años después de aquel episodio en Herrera y 15 de Agosto,  mi cuerpo me avisó –hace cuatro años atrás- con un pico de presión alta. No tuve más remedio que obedecerle. Dejé el cigarrillo. Soy un bebedor social, lo estrictamente necesario para que mis amigos y amigas no me abandonen.  Y cocino en casa sin sal ni grasa ni aceite. En síntesis, muté en un aburrido que se consuela escribiendo disparates como estas líneas. Tan aburrido que ni siquiera fumo marihuana.

Respecto de  aquel grupo al que la marihuana trajo la serena sonrisa de los idiotas, sigo viendo a cada uno de ellos. Optaron por abandonar el alcohol y el cigarrillo. Pero  siguen valiéndose del tetrahidrocannabinoides -la sustancia sicoactiva de la marihuana- para resucitar el sexo con sus esposas y sus antiguas amantes, y para conciliar el sueño y el buen humor luego de una jornada  estresante. Menos el gordo, que agarró con gusto la marihuana y continuó con idéntico fervor con todas las cervezas y las comidas del mundo cargadas de toxina. Hace pocas semanas nos encontramos. Lo felicite por haber adelgazado drásticamente, lo cual revelaba una voluntad de acero, le dije. Mba’e voluntad pio –me respondió-,  tengo diabetes. Pero, fiel a sus principios, me dijo que quería vivir lo justo, hasta donde de su cuerpo. Me hizo prometer que dejara sobre su tumba una bandeja de asado de tapa cuadril recién sacado de la parrilla.

Lo que ahora me pregunto, en medio de este debate que gira alrededor de la producción y consumo de marihuana en Paraguay, es porqué la sociedad y el Estado permiten el alcohol, el cigarrillo y las hamburguesas rebosantes de tóxicos, y no el cannabis, la pobre marihuana. ¿Porqué no?  Aunque sea para sumar un estimulante más que nos ayude a soportar el vértigo de la vida de estos tiempos

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