La memoria es un río que fluye

“La conciencia no es más, que otras personas dentro de uno”.

Luigi Pirandello.

Por Federico Tatter*

Pensando en simultaneidades

La memoria, un río que fluye entre disputas y territorios simbólicos, entre genocidios y negaciones, entre luchas por nuestra identidad, autodeterminación, diversidad, por el derecho mismo a espacios de lucha permanentes, y en pandemia potenciados, entre pasado no resuelto y presente acuciante. Nos reconocemos memoriando en demandas individuales y colectivas por verdad y justicia, de ayer y de hoy imbricadas.

Y hoy los escenarios se amplían, pues a los afectados del terrorismo de estado del siglo XX, se suman nuevas luchas simbólicas, acerca de los genocidios en la América originaria y colonizada, contra las desigualdades neoliberal y pandémica, por la visibilización de la diversidad, contra la violencia de género. Todo a velocidad de las redes, sin intermediación. En directo, en simultáneo. Y las demandas del hoy, incorporan la memoria de nuestro pasado reciente.

Esta compulsa de las memorias, se presenta como una tarea siempre inconclusa, tras un horizonte infinito, que se aleja a medida que avanzamos. Hablamos de esta nuestra memoria del pasado reciente latinoamericano común frente a atroces delitos de lesa humanidad perpetrados en nombre de la seguridad de un estado impuesto, de un progreso y una democracia para otras latitudes, pero que hoy se incorpora a otras inconformidades, otras inequidades que sacuden a los estados.

Aún cuando tengamos irresueltas atrocidades no reconocidas en su integridad, o a regañadientes por transiciones inestables de probeta, por sistemas pseudo democráticos, y con estados que aún guardan secretos en sus sótanos, a la espera del retorno autoritario. En Brasil del 2021, hay reivindicación de estado a torturadores de la guerra fría. En Paraguay, gobiernan los hijos de jerarcas del fascismo autóctono y tropical. Convivimos en semi democracias poliédricas, con caras amigables junto a caras opacas e inamistosas, escondidas en la seguridad, la inteligencia, sistema judicial, y en los sótanos públicos.

Mientras, hablamos de la memoria como un derecho fundamental de los pueblos que deben ser garantizados por el estado reformado y garante (en realidad el mismo es negado, o sea asumido sólo en forma parcial y sesgada, descontextuado de su potencial transformador, en conveniencia de la política de turno, que es el status quo de ayer). Nada es más difícil e intolerable para un estado rígido y renuente, que asumir su responsabilidad ante acciones atroces e inexplicables, y condenarse a sí mismo, a recordarlo siempre, como única garantía conocida de no repetición.

En este orden, el derecho a la memoria nos costará abordarlo en forma aislada, y muy por el contrario, podremos asomarnos en forma simultánea, transversal e indivisible junto a la verdad y la justicia de mano del movimiento ciudadano. Junto a la búsqueda de respuestas comunitarias y públicas aceptables frente a las consecuencias irreparables de graves violaciones de lesa humanidad perpetrados en un pasado reciente inconcluso, irresuelto, inadmisible. Pero con nuevas demandas del hoy que se acumulan.

Un Pasado reciente, irreparable por cierto, que encuentra en la acción de memorialización permanente, un imperfecto pero real reaseguro de no repetición, así como un llamado de atención permanente frente a un presente inestable con posibles reales retrocesos, producto de la desigualdad sistémica, ayer sostenidas por el terror, hoy amenazadas por campañas de odio.

Lo vemos en todo el territorio. En la Argentina antivacunas, terraplanista, que reverencia el terrorismo de estado con bolsas mortuorias de simbólicos futuros desaparecidos. Mientras en Colombia, los asesinatos de liderazgos sociales, se cuentan por hora. Mientras en Manaos, el aire falta, y los óbitos por se cuentan por minuto. En Paraguay conservador por décadas, hoy ríos de marchas exigen fin de un régimen con raíces en el terror. Cómo memoriar, en este escenario, sino es de la mano de las urgencias actuales, a pesar del estado.

Queremos saber, también testimoniar

En este tránsito de la reparación y reconstrucción de identidades, el derecho a saber, lo hallamos íntimamente relacionado al derecho a testimoniar y ser escuchado, por la fuerza integradora que posee el testimonio, la palabra herida, la historia de vida, que es evidencia y bálsamo frente al horror. Existe una histórica exigencia al estado y a la sociedad, por parte de los colectivos de derechos humanos, de afectados o familiares de afectados, a un acercamiento de la mayor porción de verdad posible, desde los múltiples sótanos del estado y sus archivos secretos, para con ellos, acceder a la vez, a la mayor justicia aceptable y posible en tiempo razonable. Aquí, el derecho a saber junto al de testimoniar adquieren una enorme fortaleza interpelante que empuja a transformaciones y por más derechos. Los guiones, despojados de este inquietante desafío, perece o se esteriliza como un ritual vacío, burocrático y cooptado.

Creo entendemos mejor las preguntas que Ana Frank se hacía en 1940, con respuestas del 2021. Podemos acercarnos a la lucha simbólica sobre general Baquedano, en Chile, sobre el general Alfredo Stroessner, en Paraguay, a partir de sentir las demandas sobre las desigualdades pandémicas del hoy inmediato.

Así, como componente ineludible, nos encontramos con el legítimo derecho de los colectivos, a ser escuchados y comprendidos incluso en su complejidad histórica y coyuntural, con absoluto respeto como acto de reparación contínua, dada la irreparabilidad de los hechos acopiados desde los archivos, como por los relatos testimoniados, que dan coherencia y sentido las evidencias. Es la gran oportunidad de integrar garantías para una cultura democrática y de paz, con pleno disfrute de los derechos humanos desde una perpectiva de memoria activa, que respete el pasado reciente e interpele a los actores y desafíos del presente.

Y para ello, imperioso que el estado democrático, esté más que atento a la vez que garantiza verdad y justicia, preserve sitios de memoria, genere espacios de memorialización, así como centros de investigación de gestión social abiertas a las sensibilidades y desafíos del inmediato presente, y esté preparado con flexibilidad. Y vemos, que no siempre los estados sueltan la rienda. Al riesgo de la museificación, se puede sumar, la manipulación de los guiones. Sólo la interpelación del estricto presente es buena medida para las necesarias resignificaciones y señalizaciones en el imaginario simbólico cambiante.

Mientras militamos, interpretamos e interpelamos

La lucha permanente por la verdad, la justicia y la memoria, como derechos fundamentales indivisibles, son a la vez un escenario de enfoques multidisciplinarios que interpelan, tensionan, se entrecruzan y complementan, en su análisis, con diversas disciplinas y saberes, como la historia, el derecho, la antropología, la cultura, la sociología, la ciencia política.

Y también, en sus diferentes ámbitos de acción, que impactan en la militancia diaria (porque los derechos humanos se militan, se conquistan, se defienden), en la denuncia frente a los retrocesos o complejidades del presente, en la exigencia de acceso a la justicia ante desafíos del pasado y el presente, memoria y actualidad sin tapujos, pasando por la investigación de campo y académica, hasta llegar a los gabinetes de diseño de las políticas públicas basadas en estos derechos. Políticas que finalmente más que líneas directrices inmutables, se verían mejor como espacios permanentes y elásticos para incorporar sensibilidades y demandas diversas nuevas siempre, por más atrevidas que parezcan. La lucha es por los símbolos con los cuales estamos dispuestos a identificarnos.

Así, Memoria, verdad y justicia, por separado casi no se entienden. Fuera de las luchas y desafíos del presente, tampoco. Es un casi imposible por su intrínseca interacción temporal y enfoque multidisciplinario. En todo caso, sólo es válido su estudio por separado, para un momento analítico dentro de un cubículo o claustro, para un momento de investigación histórica, o para el conocimiento y diseño de políticas públicas de reparación específicas y permanentes.

Pero su gestión y aplicación prácticas, creo pueden concretarse con algo de éxito, en escenarios donde confluyan todos los relatos, todos los testimonios, todos los saberes, todas las sensibilidades, y todas las voluntarias construcciones sociales aceptables, aunque a veces sean incompletas aunque acopiables, archivables, susceptibles de interactuar con un presente cambiante, que con apoyo de la memoria, no puede ser más que de disfrute pleno de todos los derechos humanos, sin retaceos, sin minimizaciones, sin subalternaciones. Sin miedos a las complejidades.

Somos colectivos sensibles

Esta lucha por el acceso a derechos fundamentales de verdad, justicia, memoria, reparación y sus niveles, al parecer es una confluencia de escenarios y relatos históricos, por un lado el diverso impacto de los colectivos humanos afectados en búsqueda de influencia sobre las sociedades y los estados, por el otro, la conquista y acceso a derechos no reconocidos, e incluso de nuevos actores con nuevas demandas a cada paso.

En senda paralela, está el contradictorio tránsito de los estados y organismos supraestatales regionales o globales, que van desde la negación absoluta del autoritarismo máximo, la minimización, la subalternación de las eternas transiciones circulares, hasta llegar, al reconocimiento pleno y su transformación como nuevo estado de derecho con inclusión de estos poderosos arietes de transformación como la verdad, la justicia y la memoria, como fundamentos. Aún cuando éstos sean utópicos irrealizables e incluyan como meta el propósito de enmienda, de reparar, con garantías constitucionales de no olvido adecuables a cada estadío histórico.

Asunción en pandemia, 18 de marzo de 2021.

* Ponencia en en debate sobre memoria y lucha social en México y América Latina que se desarrolla de manera virtual hasta el 21/10 del corriente año.

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