La Ficción de Harari

Por Arístides Ortiz Duarte

De la montaña de información e interpretación que ofrecen los dos libros estrellas del historiador israelí  Noah Yuval Harari (Sapiens: breve historia de la humanidad, y Homo Deus: breve historia del mañana),  el que más me interesa es el concepto de Ficción, por su acepción y enfoque novedosos.  

Uno desde el presente hacia 6 millones de años atrás, el otro desde el presente hacia un futuro sin fecha, ambos textos proponen, en varias de sus páginas y con sencillez periodística, que si Dios existiera, sería un insensato y desmesurado fabulador, para decepción de los matemáticos, los biólogos y los físicos.

La Ficción  de la que habla Harari es la invención de una creencia que termina siendo creída  por millones y millones de seres humanos, vivan estos en un país, en uno o varios continentes o en todo el planeta. Un gran relato que moviliza, que dirige ciegamente a esos millones de cuerpos en sus vidas concretas, reales y rutinarias. Una narración que les da el guión para el amor, el asesinato, la creación, el poder, el odio o la riqueza, pese a no pertenecer al mundo de lo real-natural.

Uno de los ejemplos más consistentes de esta Ficción son las religiones del mundo. Veamos el caso del texto sagrado que Jorge Luis Borges definió como “la poesía que tiene más de 2000 mil años de vigencia”: la biblia cristiana. Un libro, un sistema de ideas, de parábolas, de crónicas, de moralidades, de metáforas y de figuras escrito en el decurso de varios siglos; páginas que “revelan” la existencia de un Dios, de su hijo Jesús que también es Dios y de la vida en el paraíso o el infierno después de la muerte. Un libro, una Ficción, que llevó a sus creyentes a guerras santas, a amores sublimes, a poderes crueles y despóticos, a la construcción de imponentes castillos, a quemar “brujas”, a morales de vida claras y pragmáticas. Igual que el Corán, otro libro que condujo y conduce a sus creyentes a inmolarse para alcanzar el harem celestial al lado de Alá, al desprecio por la mujer, a construcciones de naciones enteras (como las árabes) o a prácticas sabias para la vida.  Ambos libros, ambas religiones, hablan fundamentalmente de cosas, personajes, situaciones y promesas no reales, in-tangibles, in-existentes  desde el punto de vista de la naturaleza, las ciencias y el agnosticismo; relatos in-ventados, narrados por unos cuantos sapiens de los que luego se apropian existencialmente  millones de otros Homo sapiens.

El ejemplo mayor de Ficción que Harari propone es la del dinero. En sí mismos, el dólar, el yuan o el guaraní son papeles sin valor alguno; objetos inertes, ásperos y teñidos de algún color con los que, en términos reales, no se podrían permutar-comprar un coche Ferrari, un rascacielos, las piernas de Lionel Messi o un banquete en un restaurant gourmet de Nueva York. Objetos muertos que en sí mismos  no pueden construir poder o comprar armas. Y sin embargo, hoy ese papel teñido mueve los intereses de casi todos los habitantes del planeta, provoca guerras entre países, financia conocimiento, construye metrópolis, motiva asesinatos entre familias por herencias o asaltos mortales en las calles de todo el mundo. ¿Importa al creyente musulmán que el dólar es fabricado por EE.UU. (un enemigo de Alá) cuando lo acepta a cambio de la venta de miles de barriles de petróleo?, ¿Importa al maestro budista que el dinero es una ilusión cuando debe organizar y financiar un encuentro de colegas budistas de los cinco continentes pagando sus pasajes aéreos? Parece que no. Porque sobre ese objeto llamado dinero ha sido construido un sistema de valor y confianza mutua que involucra a casi todos los sapiens; una creencia compartida, finalmente, cuyo símbolo es aceptado por todos y que eleva al rango de Gran Ficción al dinero y a su progenitor: el capitalismo.

¿Creerá el chimpancé que si es bueno y compasivo con otro chimpancé, después de muerto irá a un paraíso de bananas y verá al Dios Chimpancé? ¿O el delfín en un papel llamado dinero para comprar peces de otro delfín en las aguas del Océano Atlántico? Son preguntas que se hace  Harari en uno de sus libros. La respuesta es obvia. Y la explicación está en que, de todas las creaturas de la tierra,  el único bicho terrícola con capacidad de abstracción y pensamiento simbólico, mágico, es Homo sapiens, gracias a lo que nuestro autor denomina “La revolución cognitiva”, que comenzó a vivirla hace aproximadamente 70 mil años.  Este sentimiento y pensamiento simbólicos, que nos otorga la cualidad de narrador fantástico, es la única (la única) diferencia que tenemos los seres humanos con los demás bichos del planeta, dice Harari. Léase entonces que, muy probablemente, no somos el sentido del Universo ni somos más importantes que un mosquito.

Esta misma relatoría colectiva y mágica es la que también nos permite ejercer poder sobre los demás seres vivientes, ya que la Ficción puede organizar en forma compleja a millones de seres humanos y movilizarlos en común hacia objetivos compartidos, sea para construir una ciudad, crear un estado-nación, inventar la bomba de hidrógeno, o asesinar a especies enteras de otros seres vivos. Ninguna otra especie animal puede actuar y movilizarse a escala multitudinaria con un propósito común gracias a una fábula.

Hay dos observaciones más, muy importantes, sobre la Ficción propuesta por Harari.

Si 10 sapiens creen en los extraterrestres del planeta Kriptón y sus súper-poderes y dicen ser sus representantes directos en la tierra, los demás sapiens se reirán de ellos y su creencia acabará como una fantasía de unos cuantos sicóticos. Si tres mil millones de seres humanos creen en los extraterrestres de Kriptón y creen que aquellos 10 son sus representantes genuinos, se habrá creado una Ficción, será completamente real y será peligroso blasfemar contra los representantes de los kriptonitas. De esto se puede inferir dos cosas: un individuo sapiens es como un pelo del cabello que puede extraerse y que luego volverá a crecer, es in-significante; sí es significante, es real y tiene valor lo que dicten los colectivos humanos. La individualidad es un extravío en la historia de Homo sapiens, una expresión  esquizofrénica de los ególatras. La segunda es que a Homo sapiens, como especie, no le importa la verdad ontológica ni científica, sino esa creencia -tal vez la más estrafalaria ante la razón y el intelecto- que le ayude a sobrevivir en el Universo. Tal como han corroborado la sicología profunda y la neurociencia en sus investigaciones: que al cerebro de sapiens no le importa buscar la verdad; le obsesiona que no se apague su breve llama de vida; o que este mismo cerebro inventa recuerdos de hechos que nunca le ocurrieron, y que borra recuerdos realmente ocurridos, todas patrañas para seguir viviendo.

La otra observación es ésta: la cualidad divina de las Narraciones Mágicas (Ficciones) es que no existen; son invenciones simbólicas que, paradójicamente, surgen de la realidad pura y dura, a la que luego vuelven para transformarla radicalmente, tal como lo hicieron y lo hacen el capitalismo y el cristianismo, o el estado-nación, el  liberalismo, el comunismo y el humanismo.

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