La creíble y fantástica historia de Alberto de Luque y su carrera artística

Por Osvaldo Zayas

Primera Parte, de Buenos Aires a Hamburgo

Era una de esas soporíferas tardes en la redacción del diario. Ya nos habían quitado la máquina de café, los acondicionadores de aire funcionaban a medias y sus ductos traían las plumas y los piojos de las palomas que habían tomado por asalto la planta alta del edificio del Grupo Nación. Nunca faltaban visitantes que atormentaban las tardes de periodistas cansados de escuchar a través del tubo del teléfono: “pase a cancelar su deuda”, cuando trataban de hacer entrevistas. Uno de ellos era el profesor Zacarías, hábil cazador de espacios matutinos en los periódicos paraguayos, experto en las artes de la publicación gratuita. No recuerdo haberlo visto esa tarde pero sí en todas las fechas conmemorativas imaginables.

Al punto. En medio de ese espacio semi fantástico, donde las llegadas de las y los trabajadores de prensa se parecían más a las repetidas entradas de aquel mal programa “La peluquería de Don Mateo”, que al arribo de los heraldos de la información necesaria. Fue allí que un día llegó Alberto de Luque. Un elegante y sobrio caballero de ademanes parsimoniosos. De reojo lo vi pasar. Ingresó a la pecera de mi entonces jefa. Pucha, voy a tener que atenderle, pensé, mientras redactaba una breve nota que invitaba a un concierto de Death Metal en beneficio del Hogar de Niños y Niñas “Gotita de Amor”.

Osvaldo, el señor Alberto de Luque dará su último concierto y celebrará 50 años de carrera artística, atendele por favor, ordenó la jefa. Con mucho gusto, respondí. Tomé una silla y se la acerqué. Siéntese don Alberto. Cuénteme, dije y puse mi mejor cara. Aquel alto hombre de peinado perfecto y sonrisa cordial me estrecho la mano, se sentó e inició una serie de relatos que hoy todavía flotan en mi mente como grandes cortos audiovisuales que nunca vi.

Vitalino Rodríguez Báez, bautizado Alberto de Luque luego de que el dramaturgo, actor y director de teatro, Ernesto Báez le dijera: mirá mi hijo, si querés ser artista lo primero que tenés que hacer es dejar de llamarte Vitalino. Llegó a Hamburgo gracias a su amigo Arsenio Erico, quien le consiguió los pasajes para ir a Europa, el sueño que por ese entonces tenía Vitalino.

Días aciagos perseguían la carrera musical de un joven Alberto de Luque en Buenos Aires. Unos pocos pero buenos clientes requerían sus servicios musicales cada tanto. Los domingos la comunidad de paraguayos en Buenos Aires se juntaba a comer asado y tomar caña. Amigo suyo y participante infaltable en las peñas era Arsenio Erico, semidios de Avellaneda y leyenda mundial.

De Luque tenía entre su clientela a un empresario hotelero de origen judío. Lo contrataba para amenizar reuniones en un lujoso penthouse en el último piso de un edificio en Buenos Aires. Una noche, cuando la fiesta había terminado se encontraban en una conversación casual. Alberto mencionó sin querer algo que le había dicho Erico. El empresario lo paró de un sopetón y preguntó mientras se le erizaba la piel: ¿Arsenio Erico? ¿Vos le conocés a Arsenio Erico? Repitió. El músico lo miró extrañado y pronunció un sí displicente. ¡Esperá! Me habías dicho que lo que más querés es trabajar en Europa, si hacés que Arsenio Erico venga acá y se siente a hablar y tomar conmigo, como lo estás haciendo vos ahora, te pago tu ida a Europa. Rodríguez Báez respondió con una sola palabra y extendió su mano derecha: hecho.

“¡Arsenio, Arsenio, chamigo, aikotevê nderehe!”, le dijo apresurado Alberto de Luque al Saltarín Rojo. “He, ¿mba’eiko oiko?”,  preguntó con el mismo desgano con el que Vitalino había confirmado su amistad unos días antes. Don Fulano es fanático de Independiente y me dijo que sos su ídolo máximo, que lo único que quiere es conocerte antes de morir. Me dijo que si te lo presento pagará mi viaje a Europa. Ehomina chenvide, Arsenio, ¿ikatutapa? El exfutbolista le respondió con una sonrisa, asintió y bebió un sorbo de caña.

Alberto subió al ascensor acompañado por su amigo como si se dirigiese a una cita definitoria con el destino. Las puertas del elevador se abrieron. Futbolista y músico se hallaron frente a un hombre que abría los ojos que se le llenaban de lágrimas como quien ve una aparición fantasmagórico-religiosa. El encuentro con Erico fue apoteósico. El artista permaneció sentado mientras veía cómo, adorado y adorador conversaban sobre las hazañas del “Ángel que jugó para los diablos”.

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