La Caída del Muro, un día inolvidable en Berlín

Por esas cosas extrañas de la vida, yo estuve allí, hace 25 años. Peleando con el alemán, del cual lamentablemente nunca logré descifrar más de un puñado de palabras o frases hechas, a pesar del esfuerzo del profe del Instituto Goethe, que me había dado una beca. Pero aquella beca me sirvió para entrever una cultura rica, para vivir ciertas cosas como lo que ocurrió aquél día. Comparto con ustedes aquella crónica apurada, dictada por teléfono a los compañeros de La Opinión, y unas malas fotos gastadas por los años, que a mí me devuelven aquella sensación intensa de asistir al parto de un tiempo nuevo, lleno de preguntas.
En Berlín, anochecer de un día agitado
La fría mañana del viernes 10 de noviembre despertaron los berlineses del este y del oeste con la increíble noticia de que el tristemente famoso Muro de Berlín se había abierto.
Los adelantados en enterarse habían empezado a fluir hacia el histórico muro frente a la Puerta de Brandenburgo, el gran símbolo de una ciudad cerrada, a partir de la medianoche. Pero esta inesperada noticia vino tejiéndose tal vez en las últimas semanas con la oleada más fuerte de manifestaciones de protesta que ha conocido el gobierno socialista de la República Democrática Alemana. Los analistas políticos no descartaron la posibilidad de que el reciente viaje realizado por el jefe de Estado, Egon Krenz, haya servido para recoger ciertas recomendaciones de parte del premier soviético Gorbachev, en el sentido de iniciar decididamente el “glasnost” que los vientos del este vienen estimulando y que ya se ha venido prometiendo en la Alemania socialista.
El hecho es que en la noche del jueves 9, siendo las 19:30 aproximadamente, en una conferencia de prensa, el secretario del Politburó de la RDA daba a conocer el decreto por el cual se permitirá a partir de ahora el paso de los berlineses del este hacia el lado vedado del muro, que significa el mundo de Occidente, del capitalismo.
Dieciocho años
Pero no es fácil olvidar una larga historia de 18 años, en que murieron miles de personas intentando cruzar el muro. Por eso empezaron a cruzar tímidamente los del este en esa fría mañana de viernes las conocidas aduana de Check Point Charlie y Pringestrasse, sin más trámite que mostrar la cédula de identidad. Ya los estaban esperando nutridos grupos que recibían a los recién llegados con flores y vítores. Son conocidos los pequeños automóviles Frabant y Wertsburg, uno de los signos más señalados por los occidentales como expresión de la falta de desarrollo de los socialistas; estos comenzaron a cruzar la extensa aduana llegando al último tramo ante una verdadera salva de aplausos, y no faltaron las emotivas escenas de reencuentro de familiares que en estos años sólo habían podido visitarse mediante permisos especiales en muy contadas ocasiones. También estos con una flor en la mano, venían buscando rostros no olvidados en esa Berlín ya desconocida.
Pero desde la incredulidad, y una vez que algunos centenares habían cruzado la frontera, la mayoría indecisa del este tomó coraje y se lanzó en masa hacia los puntos de paso. La finalización de las labores del día dio también la excusa para una cantidad que siendo las 2:00 de la madrugada fue estimada en un millón y quinientas mil personas, jóvenes y viejos, familias enteras con sus hijos engrosaron las filas para cruzar esa frontera que siempre vieron como la que los separaba de la libertad, pequeños bebés bien arropados para enfrentar el frío, mirando el gentío desde unos carritos, hacían el contraste con la nutrida guardia que acompañaba el operativo en las aduanas.

 

Alrededor de las 20:00 de esa agitada noche, la parquedad habitual de los alemanes se había roto, el controlador del metro que daba la señal de partida para los trenes ya repletos a esa hora, bromeó desde el parlante diciendo que no se quedaran todos con los comunistas. Y las bromas seguían entre la gente, entre estación y estación. El intercambio era igual con los del este que llegaban en una línea y los del oeste que iban en la otra hacia el muro, para engrosar una manifestación verdaderamente impresionante. El histórico muro que en estos años ya formó parte de la fisonomía de la ciudad, se vistió de gente que derrochó creatividad para mostrar su deprecio a esa valla que por fin se había roto. Desde romper con martillos pedacitos de la pared que eran tirados a la multitud entusiasta, todo fue válido para expresarse.
Alrededor de la medianoche, el popular Zoologischer Garten de Berlín Oeste estaba totalmente congestionado y los medios de transporte se enfrentaban con un terrible problema. A esa altura, la discreta y conservadora gente del este estaba totalmente mezclada con la sofisticada y extravagante del oeste.
Y amaneció una Berlín invadida por unos berlineses que estaban descubriendo un nuevo mundo: el mundo del consumo por ejemplo, el atractivo que se ofreció más rápidamente a las apetencias de esta gente. Millones de latas de Coca Cola compitieron con otros productos que iban surtiendo los modestos bolsos de compras de los del este. Alguno que otro mejor tratado por el socialismo trataba de abrirse paso con un equipo de sonido, mientras otros se unían a las interminables colas formadas frente a los bancos: el gobierno decretó una rápida ley por la cual el ciudadano del este tiene derecho a percibir 100 marcos como gratificación por su visita.
Así fue el primer fin de semana que tuvieron los berlineses con un muro que ahora ya parece historia.
*Publicado originalmente en La Opinión, el 17 de noviembre de 1989.

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