Jo, jo, jo

En mi niñez, la Navidad era, entre otras cosas, la posibilidad de contar con un pantaloncito y una camisita nuevos, recorrer pesebres de mis tías, embriagarme con clericó y dormir más tarde que de costumbre. Peinado correctamente por mi madre, o mi hermana mayor Olga, ese día sucumbían las amenazas del látigo ante “el nacimiento del Niño Dios”.

Luna, estrellas y las estrellitas de mis hermanas alumbraban los caminos boscosos de Yataity, luego de un día de mucho calor.

Con nuestras honditas, los nenes ensayábamos tapiar las paredes con las bombitas. Tiempo después llegarían el 3×3 y el cebollón para desgracia de ña Feliciana, que de tanto mareo y ardor en el bajo vientre causados por el arí no tenía tiempo de despojarse de la mecha a tiempo.

Mi hermana Damacia, con cuatro hijos jóvenes ahora, era la encargada del pesebre, mientras las demás se esmeraban en preparar la sopa paraguaya, carne vacuna, de gallina casera al tatakua y ensalada rusa, bajo la dirección de mamá. Antes de activar vorazmente la mandíbula, un silencio letal y una respiración fatigosa se imponían naturalmente. Era hora del discurso prolongado y predecible de mi padre en un tiempo en que la radio y la televisión no eran todavía los animadores del espíritu navideño.

De canas polvorientas, papá Félix todavía ocupaba la cabecera de la mesa, una posesión-posición que iría cediendo en los próximos años por establecer convenios permanentes con la caña blanca y por olvidar en sus cláusulas su función ancestral de proveedor.

El pesebre era una casita de ka’avove’i llena de guirnaldas.

Sandías y melones contenían la arena y el pasto por donde unos animalitos de cerámica rendían culto a un niño gordito, blanco, de pelo encrespado.

En la noche del 24, mi madre, que para entonces ya estaba tomando, además de la administración, la dirección general de la familia, se deslizaba por la casa como una manta de seda encantadora.

Dos años, Diego, hijo de Guillermo y Antonia, unos alemanes de los tantos que corrieron de las guerras europeas, se vistió de rojo. Con una panza de espuma, una barba de algodón y un saco de juguetes al hombro recorría dos o tres ranchos con regalos para los chicos.

Decía jo, jo, jo…

Aunque no entendíamos esta inesperada y extraña expresión, quedábamos muy satisfechos.

Diego murió de cirrosis. Antonia sobrevivió dos años a Guillermo, que partió a los 94, en el mismo año en que pensaba construir otro granero.

Ya en los ochenta, la granja de los “gringos”, de acerolas, nísperos, guayabas, maíz, poroto, mandiocas, gallinas y cerdos, se convirtió en lotes suburbanos, al igual que los campos, barrancos y bosques de todo Yataity. La zanja que dividía el poblado la llenaron con basuras de la ciudad. El arroyo de Posta Ybycuá, donde nos relajábamos por las siestas el imperio del calor, se apagó al igual que los pozos de agua, cerrados estos con residuos caseros. Llegaron las facturas de agua, luz, el empedrado, la radio, la televisión, Papá Noel y Coca Cola. Los pora, alma de los bosques y reyes de la oscuridad, murieron de depresión al ver tantos nuevos mitos urbanos. Mi abuelita Alejandra, que sabiamente había pronosticado la extinción de los pora a la llegada de la electricidad, murió sin cédula de identidad. No le preocupaba determinar en qué año nació y su imagen de yvypóra no la pudo registrar Polaroid.

Dos semanas atrás, a sus 86 años mi padre Félix ingresó por primera vez a un hospital por una neumonía. Su desconcierto inicial al ver a tantos ancianos como él en Urgencias de IPS se convirtió más tarde en pánico y su corazón no pudo soportar el asalto de sondas y maquinarias.

Zenit, que me tiene de la nuca, nació este año, con registro público y cédula en un mes. Silvana, la madre, tiene de ella más fotos digitales que un álbum de turista japonés. Fue la primera Navidad con la familia de su madre. Lo sabrá años después por las fotos. Si nuestra hijita logra con el tiempo sobreponerse a la histeria digital y a los nuevos mitos del mercado “global”, podría comprender el mundo de sus raíces. Y entonces tal vez me escriba una carta como esta. Yo le contestaré: «te quiero».

Diciembre 2007.

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