Homenaje del Senado… mientras se aguarda a Cartes

Maybell Lebron, al igual que Alcibiades González Delvalle en 2013, aguarda que el presidente Horacio Cartes cumpla con la ley y le entregue el Premio Nacional de Literatura 2015. Mientras tanto, el Senado le hace un breve y digno homenaje.
Crónica de Sebastian Ocampos.
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A Maybell Lebron le comunicaron la buena nueva de que ganó el Premio Nacional de Literatura 2015 el miércoles 28 de octubre. En un país de injusticia omnipresente, esta noticia fue una bocanada de justicia poética. Cuando la llamaron del Senado, le dijeron que, como especifica la ley, el presidente de la República le entregaría el premio en la primera quincena de noviembre en el Palacio de López. Debido a la mala experiencia sufrida por Alcibiades González Delvalle, Premio Nacional de Literatura 2013, a quien Cartes le entregó el premio tres días antes de que finalizara ese año, deduje que este expresidiario ―que acaba de mentir al mundo entero sobre las políticas ambientalistas que supuestamente ejecuta su gobierno, cuando la realidad demuestra una deforestación criminal cada vez mayor de los bosques paraguayos― volvería a incumplir la ley. El martes 1 de diciembre, el Senado comunica a Maybell que se le entregará el premio ―al menos eso es lo que ella entiende cuando recibe la llamada y la convocan― el jueves 3 de diciembre a las 9:30 AM en el Congreso.

Hoy fuimos a acompañarla. Estar en el Congreso paraguayo es encontrarse en un lugar donde manipulan la res publica todos los días, casi siempre en beneficio de la oligarquía nacional y las transnacionales. En la recepción no sabían nada de la actividad oficial sobre el Premio Nacional de Literatura. Me enviaron a la Comisión de Cultura. Ahí tampoco sabían nada. Un funcionario trajeado que escuchó mis consultas tuvo la buena voluntad de acercarse: «Señor, en el tercer piso, en la plenaria, es el homenaje.» Subo. Otro funcionario ve que estoy perdido y me indica la oficina en la que se encuentra Maybell. En cuanto nos saludamos me pone al tanto: Carlos Filizzola, cuando la saludó esta mañana, le explicó que mandaron incluir el homenaje en el Senado previo a la entrega oficial del premio porque en general a este premio no se le da importancia: lo entregan como si fuera una cuestión burocrática más; en diez minutos termina todo. Se trata del gran premio a la literatura en el Paraguay, isla rebosada de ganado vacuno, soja y marihuana en el que incluso los responsables de los pequeños concursos de cuentos organizan una ceremonia digna para reconocer a los autores ganadores.

Durante la espera, observamos la rutina del Senado: los senadores son muy impuntuales, los funcionarios, muuuchos funcionarios, están en constante movimiento; otros, al parecer los encargados de la seguridad, se mantienen de pie en unas baldosas o pegados a las puertas. Encuentro a un excompañero de facultad. Me cuenta que las cosas siempre son como las vemos ahora. Le pregunto qué responderían los senadores si me acerco a cada uno para preguntarles si leyeron el libro premiado. Riendo, contesta que el 99 % diría no sabe no responde y el 1 % me chulearía con una respuesta ambigua. Julio César Velázquez va y viene en el pasillo, sin entrar en ningún momento en la Sala de Sesiones. Es más, durante un par de minutos grita desde un costado de la sala: «¡Carlos (Filizzola)!: levantá pué la sesión. No hay quórum.» Varios senadores se encuentran en el pasillo. La sesión se levanta. Pregunto al excompañero si eso es normal. Sí, pero hoy no hay temas problemáticos; seguramente quieren suspender porque está en Asunción la esposa de Leopoldo López, y sí o sí alguien va a sacar eso para empezar la discusión sobre Venezuela. Mientras tanto, Velázquez se ubica a pocos metros de nosotros, y los periodistas lo rodean con micrófonos, grabadoras, celulares, cámaras, luces. Le preguntan qué opina sobre el pedido de su expulsión de la ANR por ser el responsable de la derrota colorada en el departamento Central durante las últimas elecciones municipales. Él, sin dudar, echa la culpa a otros miembros de su partido. Ese espectáculo políticomediático termina en minutos porque un senador solicita que la sesión se reanude. Hay quórum. Por fin, los senadores que cobran G 33.000.000 por mes, más las bonificaciones casi del mismo monto, a veces incluso más, se apresuran en ocupar sus asientos para ponerse a trabajar, o lo que sea que hacen ahí. Por supuesto, no están presentes los cuarenta y cinco miembros de la llamada cámara alta.

El secretario y el presidente del Senado, Carlos Filizzola, leen un documento extenso de las cuestiones previas a los puntos del día. A casi todo responden con un «Se toma toma» o «Pasa a la comisión» tal o cual. Los demás senadores, sentados o de pie, no prestan atención: hablan, elevan la voz, comen (los mozos van y vienen con agua, café, mbeju, ensalada de frutas, etc.), miran sus celulares o computadoras, discuten, sonríen, observan, ríen, Blanca Lila Mignarro se queja del calor, Víctor Bogado busca ocultar su calvicie avanzada con el poco cabello que le queda, Oviedo Matto llega y camina hacia su asiento como si chupara panza y le costara respirar… Los invitados de Maybell aguardamos sentados en el fondo, con las cámaras en mano; ella, en una silla frente al atril, que se encuentra a la derecha de la mesa de la presidencia.

Tras una larga espera, unos problemas técnicos con los micrófonos y unas explicaciones sobre el corte de electricidad que hubo esa mañana (que obligó a usar el generador del edificio), el presidente pasa al primer punto del orden del día: homenaje a la escritora Maybell Lebron, ganadora del Premio Nacional de Literatura 2015 con su libro Poemas. Carlos Filizzola solicita a la presidente de la Comisión de Cultura, Blanca Ovelar, que diga unas palabras. Ella va al atril y, en la primera parte de su alocución, lee unas líneas de la introducción del libro premiado:
«Miro hacia atrás y es tan largo el camino que se esfuma en la distancia. Camino imposible de desandar para las piernas o la imaginación. Han pasado 90 años desde el llanto que alertó al mundo de mi presencia.»

La senadora, antes de finalizar, agrega la verdad de que el país está en deuda con Maybell Lebron porque, si bien es una de nuestras grandes escritoras, aún es poco conocida, menos leída. Luego cede la palabra a la homenajeada, quien se pone de pie y recoge el micrófono. Por primera vez en la mañana todos los senadores guardan silencio y prestan atención. Habla una poeta. Emocionada, solo agradece el reconocimiento a alguien que en ese momento representa a las personas que se dedican a enaltecer la palabra, la belleza. Carlos Filizzola, al parecer genuinamente conmovido por Maybell, se ubica a su lado e invita a los senadores y los demás presentes a saludarla. Entonces, de acuerdo al editor Cayetano Quattrocchi, sucede lo que nunca había sucedido: todos los senadores se ponen de pie y, en fila, felicitan a la escritora, algunos con abrazos y discursos medidos. El homenaje se vuelve digno, a pesar del lugar donde estamos.

La ceremonia culmina con la última felicitación y la despedida del presidente del Senado a la escritora. Maybell se retira aún emocionada con la placa de la resolución del homenaje guardada en una caja forrada con gamuza negra. Ningún periodista se interesa en que ella sea la Premio Nacional de Literatura. No hay micrófonos, grabadoras, celulares, cámaras, luces. Solo un funcionario fotógrafo se acerca a tomar las últimas fotos a la poeta rodeada de sus amigos y discípulos, quienes sonreímos felices con ella.

Ahora solo falta que el presidente de la República, Horacio Cartes ―muy ocupado últimamente con reuniones con la esposa del político venezolano preso anunciado propagandísticamente al mundo como preso político―, incluya en su agenda la cuestión legal y burocrática de la entrega del premio a la escritora, antes de que termine el año.

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