Herodes, “cambiá tu maldito rumbo”

Es Jesús que está en todos, en mujeres y hombres. Está en todos los excluidos, en los campesinos sin tierra, en los cuidacoches, en los mendigos, en los pescadores, en las prostitutas. Es un Jesús irredento, profundamente contradictorio. Ora se humilla, ora se envalentona, ora lanza al futuro la flecha consagrada de los pobres: la esperanza.

Es un Jesús que se embriaga, un Jesús que danza al poder a la espera de alguna migaja, es un Jesús que padece entre los agrotóxicos, en la enajenación urbana, en la miseria y en la fuerza bruta también consagrada por la necesidad de cuestionar el poder constituido. Es un Jesús también valiente que pelea por la tierra, por el agua y la vida.

El poder constituido aparece sobre todo, imponente, inapelable. En ese marco, las antiguas discusiones sobre Jesús, el calvario, Judas, Barrabás, Magdalena.

El imperio romano a veces se trasmuta en el imperio norteamericano “que interviene solo porque busca ayudar a los países más pobres”.

Es un Jesús que cuestiona a un parlamento que solo legisla para los ricos, envilecido, abyecto al imperio y servil a sus propios intereses. A un presidente casi autista al que le piden: “Herodes, cambiá tu maldito rumbo” y describe una justicia obsecuente con el poderoso y perverso e incisivo con el miserable.

Pero Jesús también es un pueblo que finalmente elige para sí la cruz, como en la historia bíblica. Es finalmente una cruz compartida: la de los pobres, de los humildes, de los miserables. De los que necesitan la luz de la esperanza, la victoria de la razón por encima del egoísmo patológico de acumular todo, poseerlo todo: agua, tierra, bienes.

El cierre, en la cumbre del Parque Carlos A. López, Sajonia, hermoso y grandilocuente escenario natural, es fuego, artificio, porque Jesús no muere en la resignación si no que renace en la revolución. “Kirito, revolución, Kirito, revolución”, evocan los actores, al cierre de una obra itinerante de casi dos horas.

Es finalmente una farsa general que utiliza todas las paradas bíblicas de la Semana Santa: la entrada de Jesús a Jerusalén, la traición, la última cena, el calvario, la cruz y la resurrección.

Moncho Azuaga rompe el idilio romántico con el pueblo con la aplicación gramsciana de hegemonía, ubica un teatro de evidente creación colectiva con sesgo pedagógico de Paulo Freire y restituye el tejido dramático popular de Julio Correa. El resto es fuerza interpretativa. En esta parte destacan algunos personajes por algo muy evidente: su oficio en escena.

Un impecable vestuario de Rolando Rasmussen.  Un elenco de 30 actores, a los que se sumaron chicos del Bañado Sur durante la presentación del pasado martes. «Hasta la próxima Semana Santa», dijo Moncho.

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