García Márquez en la literatura latinoamericana

El escritor colombiano fue el miembro más afamado, más visible, del cuerpo literario autónomo producido en los últimos 75 años en Latinoamérica. 

De izquierda a derecha: García Márquez, Jorge Edwards, Mario Vargas llosa y José Donoso. Fuente: www.emol.com

De izquierda a derecha: García Márquez, Jorge Edwards, Mario Vargas Llosa y José Donoso. Fuente: www.emol.com

Por Arístides Ortiz

El escritor Carlos Fuentes había llegado con un paquete de libros bajo el brazo al apartamento donde  vivía su compadre, en ciudad de México, allá por julio de 1961.  Del montón, saco uno flaco y se lo dio: “»¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda!», lo conminó, entre broma y serio. Era la novela Pedro Páramo. Esa noche, y las dos siguientes, García Márquez había leído desaforadamente aquel librillo de poco más de 100 páginas. Muchos años después terminaría reconociendo: «La obra de Juan Rulfo me dio, por fin, el camino que buscaba para continuar mis libros». Seis años después de aquel episodio, se comenzaba a hojear el libro Cien años de soledad.

Como había ocurrido con la mayoría de sus colegas escritores contemporáneos de América Latina, Gabriel García Márquez había sido devorado de tal manera por aquella novela sin estructura ni tiempo, de una fuerza poética tan arrolladora, que de ahí en más se refería a Rulfo casi como a un dios literario, ese escritor mexicano oscuro, parco y hermético como su misma obra.

Va el relato de esta anécdota al solo efecto de contextualizar que la apoteosis ofrecida en estos días al cuerpo sin vida del genial colombiano está siendo velada por mudos e invisibles Dioses; espíritus inmortales –algunos aún vivos- que moldearon ese cuerpo literario latinoamericano devenido, sin duda, en el primer territorio simbólico autónomo de estos lugares del mundo.

No puedo precisar en qué momento del pasado empezó a cobrar vida ese cuerpo vital. Tal vez 75 u 80 años. Aunque sé cometeré injusticia al olvidar muchos otros, sí recuerdo algunos nombres portentosos: Alejo Carpentier, Miguel Angel Asturias, Octavio Paz, José María Arguedas, Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti, José Donoso, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Augusto Roa Bastos, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares, Mario Benedetti, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Eduardo Galeano.  Para ser certeros, la cosa no es de nombres. Es de una historia expresada en un potente movimiento literario, artístico, que va mucho más allá de la fama, del ego comprensible de las individualidades.

Solo en este contexto puede comprenderse cómo pudo haber aparecido una pluma tan prodigiosa, que ha llevado a su máxima expresión la realidad de América latina transmutada en magia, en una capa de arte que se superpone a la realidad misma pero que no está separada de ella. Tal el caso de García Márquez. Solo así es entendible cómo pudo haber hecho una invención como Cien años de soledad.

Esta compresión explica que los miembros de aquel cuerpo de dioses fueron lectores insaciables de literaturas de aquí y de todos los lugares de este mundo. El símbolo de esta insaciabilidad  (castigada con la ceguera) ha sido Borges, con su idea del lector superior al escritor y con su erudicción descomunal. Pero el mágico argentino fue  –tal como Gabo- solo una referencia del cuerpo, cuyos miembros, todos, llegaron a un grado cercano a la enfermedad en la lectura. El secreto, sin embargo, de esta lectura cósmica es la estrategia –planificada o instintiva, o las dos cosas- que desarrollaron los miembros de la pléyade: aprendieron la estructura y la técnica de otras literaturas para narrar las historias reales de este preciso lugar del mundo llamado Comala, Macondo, Isla del Diablo o Santa María. Y si imitaron al comienzo de sus narraciones, pronto tomaron nota de ello, para luego entregarse, sin resistencia, a la mitología rural y urbana, a la religiosidad popular, a las creencias cósmicas y sincréticas, a los particulares y diversos platos língüísticos, a las culturas mestizas de este exacto lugar del mundo. Aprendieron que la palabra se dice, se escribe, desde un lugar, no desde ningún lugar, por más que la invención derivada de ella sea reflejo de todos los lugares, eso que llaman universal.

Otra estrategia de aquellos dioses muertos y vivos fue la de fagocitarse entre ellos: la anécdota de García Márquez con Rulfo es solo la punta de un ovillo de canibalismo brutal por el  que bebían sangre literaria común. Así, ese viejo brujo, ese fino embaucador literario llamado Borges se había leído todos los libros escritos por sus contemporáneos latinoamericanos. Lo mismo Onetti. Lo mismo Paz. Lo mismo Neruda. La misma estrategia emplearon todos: comer la literatura del otro para ubicarse en el universo, para excitar sus genios, para recibir la sangre que circula por el cuerpo. Para evitar la estupidez de ser otros que impide ser auténtico.

Dicho esta historia, descrito este movimiento, es justo ubicar la genialidad de García Márquez dentro de él, y seguir con la apoteosis duelo-celebrativo del miembro tal vez mas afamado, más visible del corpus literario latinoamericano.

 

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