Fugitivo

«No pagué ese crimen», dijo, y me invadió una extraña sensación.

El venía de Pedro Juan Caballero, viajaba a la Argentina, un compañero ocasional en ese colectivo y hasta hoy no sé por qué terminé escuchando un relato que en un punto dio escalofríos. Solo recuerdo que la charla comenzó con la música.

-¿Te gusta el rock?-, preguntó.

Por supuesto, le dije, mucho.

Allí se despachó con un conocimiento impresionante de los discos de Pink Floyd, habló de largas sesiones de escuchas de Ummagumma, The Piper, las obras más psicodélicas de la banda inglesa, discos que, confieso, escuché completos después de esta charla, con una extraña mezcla de curiosidad y temor.

-Claro que todo eso tiene que ver con los hongos, con los ácidos-, me explicó contando historias asombrosas de cómo se había visto convertido en una bola de fuego caminando al borde de una ruta internacional.

Todos los vehículos que pasaban eran como enormes bolas de fuego y yo estaba allí con la boca abierta. Me contó de viajes astrales, salidas del cuerpo y colores indescriptibles que eran parte de sus paisajes.

-Después caí en la merca, me hice distribuidor y consumidor furioso, de allí ya me transformé en asaltante a mano armada-, siguió relatando.

Es importante prestar atención a la gente que está al lado de uno, pensé. Uno nunca sabe lo que se pierde por estar boludeando con los auriculares.

-Ah, mirá vos-, le dije, sin ponerle juicios a mi tono, como si se tratara de algo normal, sin ponerle condena en realidad, juicios hacemos siempre.

Entonces, como parte de su culpa asumida contó que estaba en una de esas instituciones que recuperan drogadictos. Que había encontrado a Dios y que estaba haciendo de monitor para cuidar a los más jóvenes.

Algo en el tono de su relato me dijo que siempre iba a ser un fugitivo, era su destino, su todo.

Había comenzado en ese asalto que lo dejó en el Panchito López, en ese lugar difícil, indescriptible que era el correccional de menores cuando todos se hacinaban, se perdían definitivamente en el crimen.

Era una escuela, salías necesariamente más criminal, explicó.

Cuando uno está allí se encuentra solo y necesita establecer las conexiones con alguien, con una persona que le devuelva algo, un contacto con la humanidad en ese infierno.

De eso se trató aquel primer saludo con el Colorado, aquel conocido con el que se topó en el penal de menores. Una relación que, apenas comenzó a crecer, le deparó una extraña seguridad y un montón de miradas torcidas que no sabía a qué atribuir.

-Un día me lo expliqué todo de una vez-, contó.

Fue víctima de una emboscada, de una chuza en el costado, de la golpiza más atroz que recibió en su vida.

Vio a la muerte de frente en una sala de enfermería de la que se sale sólo con alguna convicción, la suya fue la de la venganza. «El Colorado era el delator más famoso del Panchito y el hijo de remil puta no me dijo nunca nada».

Se la iba a cobrar, tarde o temprano, en cualquier lugar.

Se lo dijo a todo el mundo, para que se sepa bien. «Además tenía que lavar mi honor, mostrarle a la gente que yo nada tenía que ver con semejante tipo».

Sin embargo el primer encuentro le fue desfavorable. Venía caminando yo por Pedro Juan, tranquilo, con mi novia, aunque siempre con el cuidado, esas cosas que uno hace en las esquinas de mirar para todos lados, en nuestro oficio siempre se mira un poco más-, contó. Lo veo que se acerca en un auto más o menos a media cuadra. Era en una calle a las afueras. Justo a unos 20 metros había una despensa, atardecía, le dije a ella que se quedara ahí, que me esperara y que no saliera por nada del mundo. El Colorado me iba a alcanzar en breve y seguro iba calzado. Caminé como si nada hasta alejarme de la vidriera y comencé a correr hasta la otra esquina, sin mirar atrás, cuando sentí la aceleración del vehículo, el chirriar de las ruedas al doblar la esquina, los primeros disparos. Tuve suerte de encontrar un baldío, ahí nomás, un ratito antes de que hicieran pie en tierra y regaran de balas el lugar. No sé qué fuerza me hizo saltar el muro del fondo y seguir corriendo como loco a través del jardín de ese vecino salir a la calle opuesta y perderme corriendo hacia un bosquecito cercano. Escuché al auto moverse cerca. Salí con el día, me fui al Brasil, estuve por ahí un año.

Un día volví, unos meses después iba en el auto con un secuaz, nos estaba yendo bien, habíamos hecho dos asaltos grandes cerca de la frontera y andábamos rápido al ritmo de la merca, bajábamos con porros y cervezas, era un tobogán del que subíamos con la adrenalina, era un viaje siniestro.

Al doblar la esquina veo que está el Colorado tomando cerveza en el servicentro, apoyado en la moto, el polarizado ayuda a que no nos reconozca. Le pido al socio que pare, cazo la 45, bajo corriendo y le vacío el cargador».

-Desde ese día busqué convertirme-, contó. Encontré en ayudar a chicos que tenían mi edad una razón para seguir adelante, estoy limpio, ellos están limpios, creo que eso está bueno, aunque es jodido el tema de la abstinencia, el de rehacerse en la granja, cavando zanjas, siendo responsable del cultivo, solo es posible si creés en él.

-¿Vos creés?-, me preguntó

Si, le dije a secas.

Se le veía algo nervioso cuando subían gendarmes, como si lo asaltaran urticarias.

-¿Sabés disparar?-, me preguntó.

Tiré un par de veces, le conté. Bastante buena puntería, pero no me gustan las armas.

-En el fondo a todos nos gustan-, me dijo y logró conmoverme de nuevo.

Quedé pensando en ello mientras los bueyes perdidos tomaban la conversación, o cuando reíamos del bodrio de película que avanzaba en las pantallas del bus, así hasta llegar a esa terminal donde sentí que necesitaba fumar.

El viaje siempre sigue, confirmó cuando se bajó en Rosario mirando a ambos lados, extendiendo la mano en un breve saludo.

Lo vi alejarse, perderse en la gente, tiré el pucho y respiré al subir.

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