Exactamente una semana después

«El sábado ya me fui a recibir el premio, pero hoy recién puedo publicar porque aparentemente los algoritmos lo que son generación de cristal y no macana. En fin, primer premio en el concurso de cuentos de Coomecipar. Avy’a. El que quiera leer, me chifla al inbox y le paso, sin drama», posteó Sergio Alvarenga en su cuenta de Facebook. Como es amigo de la casa, eso hicimos y aquí está el cuento ganador de la XXIII Edición del prestigioso concurso de cuentos de la Coomecipar que homenajea al Dr. Jorge Ritter.

Ambientado en la pandemia de Coronavirus, su cautivante narrativa sumerge al lector en una situación que pasaron decenas de miles de personas y que aún hoy, aunque cueste explicar, otras tantas se niegan a ver en toda su dimensión.

Aquí el texto ganador.

Por Sergio Alvarenga

Rita caminaba por la avenida Venezuela con una pequeña botella de acero inoxidable en el bolsillo de la campera. La llenaba en una estación de servicios apenas salía del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias (Ineram). Sobre España seguía bebiendo parsimoniosamente, hasta la parada del 18. Al llegar a Ñemby, los ojos ya le pesaban de sueño y sopor, y apenas si podía reposar la cabeza en la almohada, si no se dormía antes en un sillón de la sala.

Empezó con este ritual exactamente una semana después de que intubaron a su hija Soraya: pasaba tres días en el refugio del Estado para parientes (una carpa a la intemperie al lado del baño) o en el estacionamiento (donde gente solidaria le ofrecía su carpa “privada”). Al tercer día, por recomendación de parientes y personal médico, peregrinaba lentamente a Ñemby. Nunca le gustó la caña, pero era todavía menos amiga de las pastillas y necesitaba dormir. Al día siguiente, bien temprano, se bañaba y volvía a su guardia en el Ineram.

***

En la familia cumplieron a rajatabla los protocolos sanitarios. Sabían que don Santiago estaba en la población de riesgo: con 70 años, sufría de enfermedad pulmonar obstructiva crónica por su tiempo de fumador, si bien abandonó el tabaco hacía mucho. Y doña Rita, fuerte como un roble, ya iba por las seis décadas. Pero había que alimentarse, y con Soraya como único sostén económico, su trabajo de locutora era ineludible. Al comienzo ella se debatió entre su miedo a contagiarse y su obligación de poner el pan en la mesa, pero en estos casos siempre gana la necesidad. Por eso, cuando en la radio le dijeron que podía hacer el programa desde su hogar un día y desde la cabina central el otro, le pareció un acuerdo razonable. Así que allá fue. Pero no temía solo por sus padres: ella arrastraba un asma infantil que no se curó del todo en la adolescencia y seguía atacándola de vez en cuando por las noches.

A la paranoia de los primeros meses le siguió una relativa calma y un cuidado rutinario, puesto que los casos detectados eran aislados y no de su entorno cercano. Hacía su programa por videollamada desde su hogar un día, y al siguiente iba a la radio. Se lavaba las manos y desinfectaba su ropa y zapatos con cuidado obsesivo, al llegar al trabajo y al entrar a su casa.

Todo marchaba bien, hasta que el locutor que se desempeñaba antes que ella dio parte de enfermo luego de experimentar síntomas sospechosos. Se lo aisló inmediatamente y las medidas fueron tomadas. Pero si él desarrollaba síntomas en ese momento, eso significaba que ya era portador y transmisor desde mucho antes; que estuvo hablando al mismo micrófono y regando micropartículas de saliva al exacto lugar al que ella acercaba los labios para seguir su vocación, vocación que ahora se le antojaba una silenciosa bomba de tiempo colocada por aciagos dioses por razones inapelables. Que la cabina se desinfectaba antes y después de cada programa no le sirvió de sosiego.

Foto: Ministerio de Salud Pública y Bienestar Social.

Volvió a su casa comiéndose las uñas y les habló a sus padres desde la ventana para que se encerraran en la pieza. Entró a desinfectar todo con énfasis frenético, la mandíbula tiesa y una lógica que quería, estérilmente, acallar: podía bañar su casa, su patio y hasta a sus papás en lavandina, pero si ella tenía el virus presintomático, ellos muy probablemente también.

Notificó a la línea de ayuda del Ministerio de Salud, desde la cual le dijeron que se aislara y acudiera al hospital solo si desarrollaba síntomas. Y no tardaron en llegar. Por la noche sudaba de fiebre y culpa en su cama, mientras sus pulmones se contraían con un dolor que ponía en segundo plano toda preocupación sobre si era asma o no lo que amenazaba con extinguirla.

Doña Rita no se permitió a sí misma entrar en pánico en ningún momento. Después de que Soraya amaneciera casi sin respirar y con la fiebre apenas por debajo de los 41 °C, preparó un pequeño bolso con comida y un par de mudas, cepillo, jabón, etcétera, y notificó a su marido e hija que irían al hospital como sea. Don Santiago se enroscó en torno a una negación algo testaruda:

—Tengo fiebre, sí, pero también puede ser gripe estacional. A muchos les agarra así. Llevale a Soraya nomás, no pasa nada— le dijo. Rita lo conocía. Santi era un tipo de los de antes, criado a “lo macho”. Pero por dentro nunca se secó. Ella guardaba celosamente los poemas de amor que él le había escrito; y sabía que él tenía un álbum de fotos en blanco y negro de momentos que pasaron juntos. Era un hombre muy humano y la inflexión de gélido terror en su voz pudo haber pasado desapercibida para otras personas, pero no para ella.

—Sin excusas, gordo. No seas infantil— le dijo con cierto tono de reprimenda.

Él rezongó, pero accedió. Rita abrió su cajita de emergencia y retiró unos billetes para el taxi hasta el Ineram. En los pasillos, ella se desvivía por sus enfermos. Si bien el medicamento contra la hipertensión de Santiago había que conseguirlo de la farmacia, y el Remdesivir a veces estaba en falta, el hospital cubrió satisfactoriamente bien el resto de los implementos. Las máquinas de alto flujo de oxígeno funcionaban y abastecían a los pacientes hasta ese momento, y los médicos mantenían a Santi y Soraya fuera de la intubación.

La única noticia que no quería recibir llegó un lunes de mañana, después de que Soraya presentara baja saturación de oxígeno la noche del domingo: había que conectarla a un respirador artificial. Con pánico leyó sobre las secuelas que dejaba el llegar hasta esas instancias y el porcentaje que lograba salir. Don Santiago, por su parte, estaba en aislamiento, sin respirador. A pesar de los pronósticos, su cuadro no era tan grave como para conectarlo. Fueron tres días de incertidumbre. Rita incluso se informó sobre cada teoría conspiratoria existente y se sintió tentada a creer en algunas, pero tuvo la suficiente entereza como para centrarse en lo que sabía y confiar en los doctores.

Al cuarto día, con Soraya conectada, los médicos le comentaron el estado de Santiago: se mantuvo estable, la enfermedad estaba a punto de cumplir su ciclo, pero las secuelas eran serias; el oxígeno de alto flujo solo sirve un tiempo; era necesario ponerlo en respiración artificial, aunque las chances de que sus pulmones aguantaran estaban dentro de la decena porcentual. A Santiago lo intubaron el jueves a la tarde. Como su nivel de saturación no era aún suficiente, tuvieron que pronarlo, lo que logró que se estabilizara. Para el domingo sus riñones comenzaron a fallar. Los antibióticos, antihipertensivos y demás medicamentos hicieron que desarrollara insuficiencia renal.

“Lo último que le dije fue que deje de ser infantil”, pensó ella mientras se le acercaba un doctor con el gesto lúgubre, exactamente una semana después de que intubaran a Soraya. En las horas siguientes todo fue automático. Firmó papeles, comunicó a parientes el deceso y se informó sobre el protocolo: no más de cuatro personas presentes y hasta cuatro horas de velatorio. Todo fue tan maquinal que ni siquiera recordaba quiénes fueron a velarlo.

Y es que, a pesar de que se le fue su compañero de vida por más de 35 años, tenía algo que debía atender que no podía esperar: su hija seguía conectada.

Iba a su casa cuando se lo decía el personal del hospital, cada tres días, y volvía compulsivamente a la mañana siguiente. Perdió peso en esas dos semanas, envejeció visiblemente y ni siquiera se preocupó de cambiarse. Olía a perfume de anciana, sudor y caña seca. Pero Soraya lo logró. A pesar de su asma y el tiempo que pasó con el respirador, se recuperó de a poco. Una noche, después de que le retiraran el aparato, pudo hablar con ella frases cortas. Rita volvió a su casa, comió, se bañó y durmió profundamente.

No le había dicho nada a Soraya sobre Santiago cuando habló con ella. Y su hija tampoco se lo preguntó. Todavía estaba somnolienta y débil. Pero cuando llegó esa mañana al hospital, sabía que debía hacerlo. ¿Cómo convencerla de que no fue su culpa, de que una enfermedad no perdona y que pudo haber llegado de cualquier lado? Se prometió a sí misma no llorar. Debía ser fuerte, era lo mejor. Los doctores le permitieron pasar con advertencias: Soraya estaba débil, no podría abrazarla aún, no debía darle emociones fuertes y tenía que salir después de dos minutos, siempre acompañada de una enfermera.

Soraya lloró apenas la vio, no necesitó preguntarle nada y la madre no necesitó decirle nada: lo supo de inmediato, lo leyó en la cara de Rita. La enfermera que la acompañaba intuyó lo que tácitamente sucedió, pero no pronunció palabra. Soraya inclinó la cabeza hacia una ventana, dejó que su madre le acariciara el pelo mientras le secaba las lágrimas y le cantaba una canción de cuna como si no hubieran pasado más de tres décadas desde que la dio a luz.

Días después, ambas mujeres volvieron a casa. La joven quiso comenzar de inmediato el proceso de reordenamiento hogareño, más que necesario, pero su madre le respondió con evasivas. Ni siquiera quiso lavar la ropa, así que ella metió una carga a la lavadora, mientras Rita tomaba una merecida siesta.

Rita oyó el sonido del lavarropas en sueños y tuvo pesadillas raras de tubos de oxígeno que solo pasaban ceniza; de hombres-niño que intentaban saltar charcos que luego se convertían en abismos donde caían en terror pánico. Abrió los ojos, se agitó. Salió a empellones de la pieza y llamó a gritos a su hija, que colgaba la ropa en el patio. Le costaba respirar y se sentía desfallecer. Le suplicó que la llevara al hospital, que la muerte vino a buscarla, que la enfermedad simplemente se tomó su tiempo y ahora la reclamaba. Soraya no lograba entender: la veía asfixiarse, perder el color; la boca le temblaba, sus ojos se llenaban de lágrimas contenidas, sus uñas penetraban en su brazo.

La ayudó a salir al patio a tomar aire mientras agarraba el teléfono para llamar a Emergencias. La sentó en un sillón a que respire de modo a despejarla y se dispuso a hacer la llamada, pero colgó lentamente. Vio a su madre caminar hacia el tendedero, hincarse de rodillas en el pasto y oler la ropa ya limpia de su marido ahora muerto. La lavadora le había despojado de su olor, el último que habría de dejar sobre la Tierra. Una arcada acudió a la garganta de Rita, y el llanto fue una sola contracción de duelo indigesto. El tiempo se había detenido cuando ingresaron al hospital, hasta ese momento, y lo único que quedaba ahora en adelante era un páramo desolado de vida sin él, inacabable, irreal. Soraya comprendió que su periodo de recuperación acabó, pero el de su madre recién empezaba.

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