“Es tan grande la violencia simbólica que ha logrado impregnar los cuerpos”

Entrevista a José Manuel Silvero acerca de su libro Suciedad, Cuerpo y Civilización. 

José Manuel Silvero. Foto: Víctor Azcona Helman.

José Manuel Silvero. Foto: Víctor Azcona Helman.

El filósofo José Manuel Silvero Arévalos acaba de publicar un trabajo llamado Suciedad, Cuerpo y Civilización. En este diálogo vía Skype, nos explica algunas de las situaciones discutidas en su libro, como los mecanismos de control desarrollados a partir del higienismo, que identifica como el mal a combatir lo “sucio”, “malo”, “peligroso” y “violento”.

Asimismo, señala que el grado de violencia simbólica es tan grande que ha logrado impregnar los cuerpos que bajar la cabeza se ha convertido en una señal de supervivencia. Ante esto, desde una posición crítica al normalismo, aboga por un tipo de pensamiento que rompa con lo “bien pensante” y, si es necesario, nos enfrente a la “mierda”.

–¿Cuál es el tema de tu trabajo?

–Carece de un axioma principal. Prefiero hablar de un “horizonte”, algo así como vas caminando y te encontrás con varias situaciones, paisajes alternativos y problemas que no los tenías asumidos.  Según vas cruzando te das cuenta de que tu andar está determinado por historias del pasado que, sin embargo, se proyectan hacia un futuro inmediato. Paraguay es una “entelequia” que vive y sobrevive. Ha sido un lugar donde se experimentaron –y se sigue– todas las formas posibles injusticias. Por ejemplo, el higienismo como tal, recala en el Paraguay no solo como legitimación de una empresa bélica, sino además provee de legitimidad a la pedagogía normalista de la posguerra, que por cierto mucho mal le ha causado y le sigue causando a este hermoso país.

Trabajé en este libro hurgando algunas cosas del pasado con el afán de ver algo del futuro. Lo que hay más allá se configurará en función directa a todo aquello que no hemos podido superar. El problema de nuestra democracia es que el pasado está muy presente en nuestro futuro. Y en ese sentido hablo de horizonte, de un caminar hacia adelante, pero con los pies muy pesados por todo lo que se vivió y aún está impregnado en el ambiente. La moral higienista más la regimentación y control de los cuerpos siguen reinando con hidalguía y comodidad.

–¿Cómo nació este trabajo?

–El libro es producto de una serie de frustraciones. De ninguna manera podría catalogarse como una inquietud filosófica producto de una “abstracción pura”. Como miembro de una generación poststronista caí en la cuenta de que las desigualdades siguen iguales, incluso en algunos lugares del país como en la época de la posguerra del 70.

Puede que sea exagerado cuando digo esto, pero en temas de gestión de excretas y sistemas cloacales, poco o nada hemos avanzado en todo este tiempo.  Teodosio González hablaba de una “ciudad sin cloacas” allá por 1930. Su “Infortunios del Paraguay” seguirá vigente hasta que terminen las obras de alcantarillado que se están iniciando y que seguro llevarán un buen tiempo.

–¿Lo decís como una provocación?

–No es una provocación indicar nuestros imponderables. Hay lugares en el interior de Paraguay donde mirás y es una mezcla de esa Edad Media en su versión más paupérrima. La falta de infraestructura es una evidencia tan grande que no hace falta ni discutir. Conozco a familias que deben ir a la casa del vecino a buscar agua y de paso se hacen un “selfie” al traer en un balde el líquido vital.  Es más, en algunos lugares aún se caga en los yuyales y de la basura y su gestión ni hablar. Los niños siguen teniendo parásitos, puede que ya no tanto cuando la todopoderosa Fundación Rockefeller vino a combatir el py sevo´i y fracasó en dos ocasiones… Ojalá fuera una simple provocación lo que expreso, pero el libro recoge una serie de indignidades que molestan.

–En el texto reproducís una cita de Marta Nussbaum que habla sobre el deseo de separarnos de nuestra condición animal y que para ello que no nos limitamos a las heces, las cucarachas y los animales viscosos. Esa supuesta separación entre lo humano y lo vilmente animal. ¿Qué sería todo lo que la suciedad, desde esta forma de verla, querría separar?

–La identidad exaltada al extremo es siempre peligrosa. Cuando se empieza a potenciar las cualidades de un “nosotros excelso” en confrontación con los “otros repugnantes” se da rienda suelta a una especie de violencia justificada. La historia ha recogido de manera muy triste matanzas terribles (biológicas y biográficas) en nombre de una supuesta supremacía no solamente racial, sino también simbólica y cultural.  La muerte biológica es rápida, pero la biográfica es terrible, pues te va anulando vitalmente cada día. Un morir más cada día, de a poco. Cuando miro la historia de mi país veo que hay un “nosotros” y un “ellos”; veo a los aborígenes en su inmenso calvario muriendo cada día un poco más. Entonces, en consonancia con la idea de Martha Nussbaum, uno puede preguntarse: ¿qué es un aborigen para un paraguayo? Probablemente la respuesta sea: “un animal sucio”, “un ordinario horrendo”, “un tosco repugnante y repugnado”, “un indigno”…

Entonces, al ser así, se puede entender la manera en que experimentan esa “muerte biográfica”. Desde el análisis del discurso higienista se puede ver cómo el desprecio es legitimado y las prácticas discriminatorias replicadas. El discurso higienista siempre emana del centro y fluye hacia la periferia en busca de los “repugnados”.

 –¿Por qué es importante para Paraguay hoy tu texto?

–El texto observa, vislumbra e indica una realidad muy compleja, que sin embargo todos la miran de reojo… Nada más.

–Suciedad y control social: ¿cuál es la complejidad de esta asociación en la sociedad paraguaya contemporánea?

–Esta cuestión está muy enmarañada en la sociedad paraguaya. Los discursos legitimadores que viabilizan el control social –a manera de un panóptico– están construidos desde una educación “soñada”, “excelsa”, “adecuada” y que es gestionada por una clase bien específica. Y esa educación, en primer lugar, vigila e introyecta en los cuerpos el miedo a la suciedad –material y simbólica–.  Al trasvasar los cuerpos de los degradados de ideas paranoicas, los “impecables” se ven en la obligación moral de “marginar” o “purificar” a los “sucios”. Por eso nos cuesta como sociedad construir un espacio de coincidencia.

Si la “colectividad” es vista únicamente como aquella que emerge en las páginas centrales de cualquier periódico de la Asunción en su sección “sociales”, difícilmente se consiga un pacto social mínimo…

–El concepto de aporofobia (asco a los pobres) ¿Lo vinculás a esto?

Tapa del libro "Suciedad, Cuerpo y Civilización". Foto:  Víctor Azcona Helman.

Tapa del libro Suciedad, Cuerpo y Civilización. Foto: Víctor Azcona Helman.

–Claro, en la tapa del libro hay un pie sumamente inquietante. El libro comienza denunciando la imposibilidad de muchísimos seres humanos del planeta y de todo el país de acceder a un simple calzado.

De hecho, tan grande es la desgracia que debió ser exorcizada asociándola al sacrificio y el espíritu valiente y combativo del guerrero. En el libro se analiza esa idea desde el símbolo que da vida al colorado pynandi.

Asimismo, el pie descalzo está muy asociado al parasitismo. Como soy parte de una generación que se hizo adulta dentro de un sistema democrático, cuya forma constitucional es el Estado social de derecho, me veo impelido a analizar y cuestionar los hilos invisibles que tejen ese discurso fóbico hacia los pobres.

En el libro hay una figura emblemática: Pychaichi, el niño cuyos pies están muy lastimados por los parásitos. Pychaichi es una imagen terrible, la cara más espantosa de la pobreza y del asco de la élite hacia ella. Nada más al iniciarse el siglo XX, en los salones elegantes de la Asunción se sucedían delicadísimos bailes donde los niños con trajes confeccionados en Buenos Aires lucían sus mejores galas. A pocos metros de esos salones, otros niños morían de hambre y de anquilostomiasis. Mostrar esta paradoja no es una “metáfora filosófica” para intentar denunciar un pasado injusto no reivindicado en el presente. Es una denuncia de un pasado muy presente. Al hacerlo con fuerza en este libro creo que estoy haciendo política, pues denuncio el fracaso de un Estado, de una fórmula constitucional que no se está encontrando a sí misma.

–¿Qué relación analizás existe entre moral e higiene en Paraguay?

–El libro recoge un montón de discursos moralizantes. Cierta práctica lombrosiana se ha ensañado con los  más “toscos”. Por ejemplo, el tan mentado normalismo pedagógico no ha sido más que una herramienta para regimentar cuerpos y con un claro fin ortopédico intentó sacar a la calle ciudadanos dóciles, obedientes, sumisos y con una alto sentido de moralidad. En el libro hay un capítulo sobre higiene del matrimonio. Leerlo hoy causa risa, pero en su momento fue muy serio. Las conferencias se hacían en la Facultad de Medicina de la UNA.

Entonces, al ser así, podemos entender las razones de muchos de nuestros silencios. Nos disciplinarnos para reaccionar contra los “sucios rateritos”, pero callamos como una tumba ante unos “aseados vaciadores de bancos” o “contrabandistas de alta alcurnia”.

Vemos todos los días en los noticieros el resultado de una moral a medida. Cada vez que la información se recorta y los de la periferia ganan las pantallas, ese otro “mundo excelso” cree salvarse de su deshonestidad a fuerza de insistir en la peligrosidad de la gente “sucia y degenerada”.

 –¿Cómo fue la elección de Cecilio Báez, Natalicio González y Rafael Barrett como autores paraguayos para pensar lo corporal en Paraguay?

 –Fue una selección rápida, pero pensada. En el año 2011 participé como profesor invitado en un seminario en el [Centro Cultural Juan de] Salazar sobre pensamiento paraguayo. Para esa ocasión me tomé el tiempo debido y estudié en serio a estos pensadores y me di cuenta que en los tres autores podía analizar el cuerpo desde varias ópticas. La cabeza es muy importante para Cecilio Báez (positivismo liberal), el pie para Natalicio González (nacionalismo telúrico) y para Rafael Barrett es primordial el estómago (vitalismo).

Pero el Doctor [José Gaspar Rodríguez de] Francia también está presente a la hora de realizar ese análisis. Probablemente fue el primer gobernante que con su “simple mirada” marcaba el territorio entre “unos” y “otros”. En el libro se quiere explicar los antecedentes de la vergüenza del paraguayo. La vergüenza a la pobreza, a la suciedad, a la precariedad, etc. Indagué las razones y fui encontrando que uno es pobre y lo es en todas sus consecuencias. En esto, además de lo material, también la cuestión simbólica se escurre.

Por eso se debe sentir vergüenza ante los otros. Por hablar un “idioma de pobres”, por escuchar purahéi jahe´o.

Es tan grande la violencia simbólica que ha logrado impregnar los cuerpos de manera tan eficiente que bajar la cabeza en este país es sinónimo de supervivencia. Y eso tiene una historia, el cuerpo tiene memoria.

–Te cuento una experiencia. Hace unos 3 o 4 años, estaba en un camino al lado de Cateura (vertedero municipal de basura de Asunción) y veo un pasacalle que hacía de muralla de una casa hecha muy precariamente; el pasacalle (firmado por CIRD-USAID) decía: “Fácil: sin criadero no hay mosquito; sin mosquito no hay dengue”. Y me pareció tan brutal ese “fácil”: ¿Qué sabía quien diseñó esa campaña de qué es “fácil” para la población bañadense? ¿Desde qué lugar se pensó esto?

–En el libro, en la página 183, se puede observar la imagen de un cartel del año 1920. El mismo era parte de una estrategia de la Dirección Nacional de Higiene y Asistencia Pública, instancia dependiente del Ministerio del Interior…

El cartel decía:  “¿Cree Vd. estar sano? No lo afirme Vd. antes de analizar sus excrementos. Puede Vd. estar contaminado y a punto de sufrir las terribles consecuencias de la ankilostomiaisis. Es un deber de Vd. Curarse (…)”.

El formalismo en el trato es sumamente inquietante. Un español muy “pulcro” para “gente muy sucia”. Y aquí uno puede observar con toda crudeza la desconexión entre una realidad patente y un discurso exótico.

La gran paradoja en este punto es que el burócrata cree que con discursos se puede cambiar la realidad. Asimismo, los que gestionan la realidad creen que pueden cambiar el discurso del burócrata mostrándole la realidad. Ni lo uno ni lo otro. El cambio acontece cuando hay un involucramiento y una especie de symploke (entramado complejo de las partes).

–Durante el colegio muy intuitivamente leyendo manuales de lectura (y cuando comencé a ir al Ministerio de Salud ya como médico al entrar al Ministerio de Salud) me llamaba la atención la importancia que se le daba a lo sucio, sobre todo  porque pensaba que en eso había algo más que se jugaba en el redundante centralismo de las letrinas…

–Lo que pasa es que la historia de la medicina en Latinoamérica está muy comprometida con la Fundación Rockefeller, y ella es higienista por antonomasia. Y la OPS  [Organización Panamericana de la Salud] nació a instancias de la Fundación.

Un médico que en su momento fue responsable de un proyecto en el Bañado Sur, me ilustró las consecuencias del higienismo y me comentó un acontecimiento que por cierto se repite a diario. Te repito brevemente. Cuando llegaba una mujer humilde (sucia, desaliñada) a punto de parir, con los dolores propios de la dilatación, el profesional que lo recibía, dependiendo de qué discurso manejaba, tranquilamente podía decir: “¡Estabas cogiendo y ahí no chillabas!”….

¿Qué ocurriría si ese mismo profesional tratase de esa manera a una parturienta en un sanatorio privado?

En la historia de la medicina, el paternalismo médico ha sido una constante. El paciente (antónimo de actante)  es un “disminuido moral”. El consentimiento informado es un triunfo cristalizado en el marco de una sociedad liberal (EE.UU) que exigía a sus profesionales a tratar a sus “clientes” de la mejor manera posible y brindándoles la debida información.

El médico que se ha formado en una “facultad higienista” es casi siempre un maltratador de “gente sucia”. Además, no puede aliarse con una herramienta “sucia” como es el guaraní; entonces, muy poca comunicación entabla con la periferia…

 –Durante el gobierno de Fernando Lugo, ¿observaste algún cambio en las políticas en salud en relación a este trabajo tuyo?

–En muchos lugares por primera vez “vieron a un médico”. Y es que el solo hecho de que un médico hable con la gente ya produce una especie de “efecto placebo”. La posibilidad de contar con médicos y enfermeras en lugares menos favorecidos es un mandato de un Estado social de derecho. Hubo un intento de asumir la realidad, pero se truncó. Asumir la realidad tiene su costo, sobre todo si no se le presta la debida atención.

–¿Qué vinculación tienen específicamente la locura y tu libro en Paraguay?

–El libro desarrolla en varios pasajes la idea de “encierro”. Desde la experiencia utópica de los  jesuitas hasta el caso del petiso orejudo, la posibilidad de marcar el territorio a los cuerpos es una realidad innegable.

En la periferia de Asunción se instaló el “Asilo de Mendigos y Huérfanos”, luego fue cambiando de nombre y de administradores. Desde las damas de beneficencia pasando por el Ministerio del Interior hasta la Facultad de Medicina y hoy día el MSPBS.

En la periferia se le ubicaba a los “inmundos”, es decir, a aquellos que debían quedar fuera de este mundo. Se creyó que al sujetar, controlar y vigilar los cuerpos se estaba limpiando el entorno. La “locura” está muy a la “basura” por eso la idea de la periferia, del ocultamiento y la vergüenza. Y es que, según cómo gestionemos lo que nos da miedo, las sociedades pueden ser más abiertas o cerradas. Por supuesto que el “loco” va a ser “peligroso” en una sociedad que les encierra porque justamente hay toda una preparación, una serie de elementos, de símbolos, predispuestos para que el “malo-peligroso-violento” sea el otro.

–¿Cuál es la dimensión histórica y presente de la Guerra de la Triple Alianza en esto?

–La guerra está muy presente en el libro. No hay que olvidar que la promesa –a manera de profecía– de los aliados se basaba en la “instauración de la civilización”.

Limpiar el Paraguay significaba traer de la mano de la “alianza civilizatoria” los beneficios de la libertad y la racionalidad positivista.

Según los vecinos, dadores de civilización, Paraguay necesitaba ser “decente”, la secular opresión había “cretinizado” a este pueblo. Entonces, el Paraguay debía superar su encierro y superar la “barbarie” impregnada en los cuerpos. La guerra contra el Paraguay fue una operación de “ablución”….

–De qué manera explica tu libro la cita que hacés de Jesús Ibáñez Alonso que habla que el pensamiento es una actividad de vagos y maleantes y que hay que provocar malos pensamientos en los bienpensantes.

–Es mi deseo que tengamos “vagos” y “maleantes” a la hora de pensar. Somos gente “muy limpia”, “decente”, “bien-pensante”. Urge contar con el valor necesario para enfrentarnos a la “mierda” con todo lo que ella implica…

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