Buda: el primer físico cuántico

Por Arístides Ortiz

 

Lo había leído en un librillo rojo que compila varios artículos de Albert Einstein sobre diversos temas. En uno de ellos, el viejo decía  que en toda sociedad podía encontrarse otra expresión de la experiencia religiosa.”Se denomina religiosidad cósmica, y no puede comprenderse fácilmente porque no proviene del concepto antropomórfico de Dios”, escribió. Una línea más abajo señaló que “La religiosidad cósmica es más evidente en el Budismo…”.1

Ya convertido en un semidios de la física, el autor de la Teoría de la Relatividad General se había encontrado, en los años 20 del siglo pasado, con una teoría que lo incomodó y que hoy tiene provocadoras similitudes con el Budismo: la física o mecánica cuántica.

Esta física de lo pequeño, de la vida subatómica, contrastaba con la teoría de Einstein del orden, la de las causas y los efectos predecibles que describen la estructura del espacio/tiempo sin mínimos desajustes, con uniformidad. Esa teoría que había dibujado con espantosa exactitud esa telaraña universal a un mismo tiempo plano y curvado por el peso de la materia,  del cual todos estamos colgados, conectados, como arañas.

La física cuántica era, en cambio, un mundo loco, desopilante. Decía que una misma partícula podía estar al mismo tiempo en dos o infinitos lugares del Universo, pero que si esta partícula era observada, medida, estaría en un solo lugar; también que si una partícula tiene una posición A, su trayectoria no necesariamente lo llevará a B, tan solo tendrá probabilidades de llegar a ella. Pero hay más: si modificáramos una partícula que está en una galaxia, otra que está en otra galaxia también se modificaría, por el principio de entrelazamiento, como si compartieran identidad, como si la misma identidad existiera en dos tiempos y espacios paralelos.

Einstein atacó científicamente el indeterminismo de la física cuántica. Investigó y persuadió a los de su tiempo que la física cuántica, cuando menos, era incompleta. Y, casi irritado, lanzó la célebre frase: “Dios no juega a los dados con el Universo”, reafirmando que cada efecto debía tener una causa. A lo que su colega Niels Bohr respondió: “Deja de decirle a dios cómo usar sus dados”.

Pese al prestigio y la inteligencia de Einstein, la pléyade de físicos cuánticos encabezados por Bohr –Werner Heisemberg, Erwin Schödinger, Louis de Bloglie, Max Born- siguió con sus investigaciones sobre microfísica, sin sentirse intimidada por el determinismo de la física clásica, también llamada la física que estudia lo muy grande. Despreocupados, siguieron sumergiéndose en los protones, neutrones y electrones de los átomos que componen toda materia, incluida esa “unidad” de materia que denominamos ser humano.

Casi 100 años después de aquella esgrima intelectual que enfrentó a Einstein con los primeros físicos cuánticos, todos los principios “ilógicos” y azarosos de la mecánica cuántica han si confirmados, aunque aún no explicados. Han sido confirmados con experimentos concretos gracias a los cuales hoy podemos servirnos, por ejemplo, de la informática.

Pero mucho, mucho antes de Bohr y los suyos -2.500 años atrás- hubo un hombre que, según la tradición hindu budista, experimentó con los átomos de su propio cuerpo a través de la técnica de la meditación. Dicen que su nombre era Gotama. Sentado bajo un árbol con las piernas cruzadas, el torso y la cabeza erguidos y los ojos cerrados, meditó durante años observando su respiración y todas las sensaciones de su cuerpo. Cuentan que descubrió dentro de sí ocho elementos subatómicos. Al último, al más pequeño de todos, lo llamó Kalapa. Con esta navegación interna curó su mente de las impurezas, y se iluminó.

Hace tres años atrás, uno de esos amigos diabólicos que todos tenemos comenzó a incitarme a acometer un curso de Vipassana (significa “ver las cosas tal como son”) de 10 días, en completo y absoluto silencio. Es, según la tradición hindu, la técnica que practicó Gotama. Asechado por mis demonios y fantasmas, acepté finalmente su invitación y participé del curso que se realizó en Paraguay 15 días atrás.

Fueron 11 horas de meditación durante cada uno de esos 10 días. Horas y días en los que solamente observé mi respiración y las sensaciones –calor, frío, dolor, placer, entumecimiento, tensión- de mi cuerpo, sin hablar más que conmigo mismo.

Desilusionaré a mis lectores y no afirmaré –lastimosamente- que dejé atrás mi locura y mi estupidez y me iluminé, como Gotama. Tampoco afirmaré que vi mis vidas pasadas y que creo en una próxima. Sí diré que concentrar la atención –la conciencia- en el aire que entra y sale por la nariz al cuerpo, lleva a la mente a vivir, aunque sea por intervalos de minutos, lo único que existe: instantes y momentos del presente; diré que conocí el Universo a través de mi propio cuerpo –un átomo más de lo Vasto-, que comprobé la real conexión con ese tejido plano y curvo por el que todos estamos atados; que tuve la intuición de que, antes que el Yo Unitario, somos una infinidad de partículas subatómicas que se comportan como ondas vibratorias que vagan por el Universo;  y que jugué con la verdad de que somos seres tan finitos, y mortales, como las hormigas, los leones o las cucarachas y que ante lo Vasto, no tenemos más privilegios que ellos. Somos humildes y efímeras sombras  proyectadas por el Universo, condición que tal vez solo nos permita aspirar a la religiosidad cósmica, y no a un Dios ni a la eternidad.

 

1-Albert Einstein. Así lo veo yo. Clásico de bolsillo. Editorial Errepar. 1998. Página 25.

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