El poder, la sexualidad (1) y los profundos cambios

Con la caza de brujas en Europa (2), el Sacro Imperio Romano logró extender el modelo de expresión de la sexualidad judeocristiana asociando, principalmente, la sexualidad femenina con cosas del diablo. Para el efecto, ubicó la idea de que estas mujeres, ancianas y pobres en su gran mayoría, pactaban con el demonio, el cual les organizaba asambleas multitudinarias donde practicaban todo tipo de sexo. La Inquisición inventó la historia de la escoba voladora, con poderes mágicos proveídos por el diablo, para explicar cómo se desplazaban de lugares tan remotos a las asambleas multitudinarias.  Las mujeres confesaban ser brujas en sesiones de tortura y delataban a otras supuestas practicantes del culto. El demonio, que hasta ese momento era un actor menor de la historia bíblica, aparece en el molde que actualmente se lo conoce: la encarnación de todo mal. Al establecerse que el sexo es cosa del diablo y que debe guardarse estrictamente para un hombre y para la procreación, toma perfil la conducta sexual que deben asumir las mujeres.

En su versión española, el Sacro Imperio Romano llegó a América una vez aceitado el método de la acusación para renegar creencias y confesar presuntos delitos. En su tarea conquistadora, el poder no encuentra mejor lugar que Paraguay para abastecerse de alimentos. Aprovechando la práctica del cuñadazgo, muy común entre los guaraníes, la unión de los españoles con las mujeres indias les aseguraba alimentación suficiente. “Esperando introducir a los españoles en un sistema de reciprocidad, basado en una alianza de parentescos que convertía a los parientes políticos en aliados, los guaraníes aceptaron lo que algunos historiadores llaman el “Pacto Hispano-Guaraní”, nos cuenta José Amarilla, sociólogo y comunicador social (3). “Puede decirse que hacia 1785 el proceso del mestizaje se hallaba terminado en el Paraguay”, nos cuenta Natalicio González en “Proceso y formación de la cultura paraguaya”. Esta sentencia se basaba en crónicas de la época como esta, de Félix Azara: “Los conquistadores llevaron pocas o ninguna mujer al Paraguay y, uniéndose con las indias, resultaron una multitud de mestizos a quien la Corte declaró entonces españoles (sic)”.

 

Con los mètodos de la inquisición, se amoldó la sexualidad en estas partes del continente. Grabado de Ulrico Smith.

Con los mètodos de la inquisición, se amoldó la sexualidad en estas partes del continente. Grabado de Ulrico Smith.

En el cruzamiento, el poder colonizador impuso la monogamia a las mujeres, reforzando la idea de que el sexo era un pecado si no se lo realizaba bajo las estrictas normas de la relación conyugal y, en contrapartida, jerarquizó la promiscuidad de los hombres. “Los españoles tienen hasta sesenta mujeres y practican el vicio, no liviana y secretamente, sino que lo pregonan en sus casas y lo publican en las calles y las plazas”, se quejaba en 1545, un poco después de la fundación de Asunción, el padre Francisco González Paniagua. Esta multitud de hijos mestizos irrumpió ya en las primeras décadas de la fundación del fuerte de Asunción. Fulgencio R. Moreno, en  “El Paraguay Colonial y las Provincias Meridionales”, nos cuenta que ya “en 1570 ascendían a más de 3.000 los mestizos de 15 años arriba…”. Otro dato más parece indicarnos cómo los mestizos, declarados españoles, asumen la misión de sus padres al convertirse también ellos en “conquistadores”. “Este enjambre levantisco y desenfrenado era objeto de constantes acusaciones, pero constituía asimismo la única fuerza capaz de llevar adelante la conquista, la expansión colonial”, infiere Moreno.

En las venas del mestizo caló la experiencia de sus padres de convertir a las mujeres en sus siervas. A la madre la sintieron como la serviha del padre, del padre poderoso, del padre que luego los utilizaría en el Ejército para fundar otros pueblos para la Corona española. Con el tiempo, reproduce la idea de que la mujer es su serviha (la que me sirve) y extiende esta creencia a esposas, concubinas, madres y hermanas. La mujer guapa, uno de los valores más fuertes de las familias paraguayas, especialmente rurales, nace en esos tiempos. La madre se encarga de que la mujer sea guapa en las cuestiones del hogar para poder contraer uniones de hecho o derecho con los hombres.

A más de encargarse de que las hijas sean guapas, las madres deben preservar la conducta moral de las hijas, convirtiéndose en las escrutadoras principales de la sexualidad y de todas las actitudes que de la expresión sexual deriven.  La madre amamanta, protege la vida, da de comer, vela el sueño y la enfermedad, recoge los frutos de las tierra, escruta y establece en la rutina los rigores de la conducta sexual aplicable en nuestra sociedad.

El Dios que escruta, vigila y castiga utiliza a la mujer como ejecutora y administradora y al hombre como rector final: el que define si se están haciendo bien las cosas, el que sugiere por las noches, entre sábanas, o por las mañanas, en el mate, que “tu hija usa una pollera muy corta” o indaga “por qué se pinta tanto para salir”. El cuadro moral está establecido en el hecho de que la sexualidad en las mujeres fuera de la relación conyugal es cosa del demonio. Como en Europa durante la caza de brujas, el diablo se mete en el sexo profundo de la mujer. En su seno anida cual monstruo pecador y, como tal, un monstruo al que la mujer debe dominar. Si el mecanismo de control fracasa, la mujer es la primera responsable de lo que le acontezca, incluidos el acoso y la violación. En esta imposición de la moral judeocristiana se puede entender la raíz profunda de algunas frases en guaraní como aña rako (concha del diablo) y su derivación añarako peguare (cosa maldita, frase común  que expresa sorpresa desagradable, susto, pérdida de control, azares malditos), expresiones todas estas que asocian el diablo con el sexo femenino.

En la manifestación de nuestra sexualidad es probable que el azaroso cruzamiento haya creado cierta particularidad entre un modelo con alto desarrollo de la propiedad privada –incluidas las personas– y otra de relaciones comunitarias y territoriales. En el antiguo mundo guaraní el territorio pertenecía a una comunidad y la defensa se organizaba en defensa del territorio comunitario. A los líderes se les confería el poder por sus aptitudes físicas y por sus destrezas de representar la naturaleza, el gran dios de los pueblos ancestrales, y no por la acumulación de bienes. La delegación de poder era cancelada sin ruidos ni confrontaciones cuando los líderes comunitarios se desviaban del camino establecido por el grupo. Nadie tenía más y, por lo tanto, era muy difícil sujetar a algún poder en particular el pensamiento y el destino de la gente. En su íntima esencia el poder comunitario nace de un consenso profundo. Las relaciones comunitarias y territoriales son una característica bastante extendida en las culturas indígenas. Este modelo, distinto al de la propiedad privada, define el mundo de representación, el sistema de relaciones y la sexualidad. Una aproximación antropológica desde la mirada europea se puede encontrar en los apuntes del francés Pierre Clastres (1934-1977) durante sus recorridos por los ríos internos de América del Sur (4).

Para un pueblo que desconocía la opresión en su cotidianeidad, aquella manifestación del poder del varón representado en el señor conquistador fraguó nuestras generaciones futuras. El rol de proveedor natural en época de escasez, maternidad y crianza de los primeros meses (función básica del macho mamífero) se invistió de una autoridad moral a la que la mujer debía subordinarse.

Si bien no es materia de este ensayo, convendría, sin embargo, dejar flotando la posibilidad de que esta experiencia haya sido la matriz de otras particularidades observadas con frecuencia en nuestra cultura mestiza como la “Ley del ñembotavy” (basada fundamentalmente en el antiguo modo de hacer el vacío frente a un poder que ya no representa) y el tindy, agacharse en actitud culposa frente a la autoridad que interpela. Esta actitud se manifesta con frecuencia en las mujeres al ser “retadas” por la madre y el padre por “delitos sexuales”, como el embarazo no deseado o el embarazo sin padre responsable…

Sin memoria precisa en su historia de lo que significaba la opresión en la cotidianeidad, nuestros ancestros guaraníes contaban con muy pocos recursos para oponerse a la imposición de los valores del colonizador. Parecido desamparo se apoderó del pueblo al destruirse el estado nación mestizo (1864-1870). Ya no pudo restituir su antigua unidad, quedando el Estado al azar de los cuartelazos y las facciones creadas luego de la guerra y sujeto a la banca y el comercio afincados en Buenos Aires

 

La competencia

La sexualidad de la mujer está en constante observación, vigilancia y castigo que la sociedad encarga principalmente a la madre, ubicando al hombre como rector. Entre las mujeres se desarrolla una complicidad necesaria para las tareas propias de la sexualidad, pero, en aparente contradicción, también se desarrolla un alto grado de vigilancia y delación. He ahí que la mujer se transforma en la mayor escrutadora y condenadora de las actitudes “reprochables” de la conducta sexual femenina.

La delación de pares, la expresión del sentimiento a través de sollozos y el llanto son formas negadas al varón. El varón debe encontrar un método eficaz para salvar “su hombría” por lo que desarrolla su capacidad escrutadora y vigilante entre hombres, en el asadito de trabajo o en el “tercer tiempo” del partido de fútbol. Si no encuentra ese método, y se devela el carácter delator estimulado, el mote de kuña’i: nenita, mujercita, lo persigue. También si expresara algún estado de “debilidad” a través del sollozo o el llanto. El varón debe observar estrictamente los indicadores del modelo establecido.  Desviarse un milímetro podría ponerlo en un cuadro de observación riguroso en que la sospecha de homosexualidad dispara el morbo de la gente. En la familia del observado, el morbo será sepultado por el miedo terrorífico a la sola posibilidad de asumir la sospecha.

En fin, el poder colonial metió en esta nación mestiza su estructura de creencias valiéndose también de operaciones en la lengua ancestral para identificar, entre otras cosas, al sexo femenino con el diablo (recuérdese acá el mito bíblico de la creación del mundo) y de esta manera entramparlo en el territorio del pecado. El hombre se diseña con la idea del conquistador en territorio fuera de la casa: un espacio completamente delegado a la mujer, que debe mantenerlo en armonía y abnegada dedicación. El varón es varón en tanto lo es fuera de su casa y no se mete en cosas de mujeres: limpiar, planchar, cambiar los pañales, velar el sueño de las criaturas, deambular por hospitales, todas estas cuestiones de mujeres,  “maricones” o Lorito óga. La mujer es tal en cuanto hace lo que debe hacerse en el hogar y evita cuestiones de hombre tales como sellar tratos, acordar precios, representar en el espacio público los intereses de la familia y de la comunidad.

El modelo descrito sobrevive a la Guerra Grande con particularidades extraordinarias: se recrea la idea del hombre “arriero” y de la mujer abnegada al servicio del patriarca y de los hijos. El arriero, esa persona que trajina con bestias de carga muchas distancias, se instituye en un molde de varón paraguayo. En una nación destruida, se revaloriza su capacidad de procreador, convirtiéndose el hombre arriero en un ideal estimulado por toda la sociedad. Si bien esta acepción parece fundar su particularidad, el carácter del arriero contempla una serie de otras cualidades. En su investigación de tesis para la Universidad de Valencia, el lingüista Domingo Aguilera encuentra doce usos para esta frase tan común: “arriero pórtepe”. Algunas de esas acepciones son “sin protocolo”, “en confianza”, “sin demasiados cuidados”, “entre hombres”.

Nuestro pueblo sobrevive sin más expectativas que procrear y proteger la vida con humilde trabajo en las capueras, aunque en núcleos de intelectuales se expresa una profunda necesidad de comprender las raíces de esa nación mestiza destruida, de tanto delirio y de tanta muerte. Vale la pena leer y aun imaginar el lirismo de Manuel Domínguez, nacido en el vientre de la Guerra Grande, en 1868, al pintar a “aquellos hombres blancos (los conquistadores), cruzando las aguas grandes, venían del imperio ignoto, del confín lejano, del lado de la aurora, de donde todas las mañanas se levanta ‘ara-cy’, fuente de la luz, el sol”. Y en otro párrafo describe: “Los pobres indios, apiñados en las alturas, quedaron atónitos, fijando sus pupilas en los bergantines que volaban impelidos por el viento, no sabiendo la tribu asustada si entristecerse, si alegrarse por su estirpe, ante aquellas irrupciones de hombres blancos con armaduras de fierro, tonantes como Tupang, dios del trueno…(5)”

 

Otras guerras

 

La guerra del Chaco recreó la imagen del "guerrero", tan utilizada luego por la dictadura stronista.

La guerra del Chaco recreó la imagen del «guerrero», tan utilizada luego por la dictadura stronista como protohombre.

El pueblo, sin Estado, sin más mundo que el mundo de sus huesos y su tierra, la lluvia y la luna, su San Cayetano en el bolsillo y su San Antonio en el corazón, se encuentra en 1932 con otra guerra, la Guerra del Chaco, una de las primeras establecidas en el mapa contemporáneo con olor a petróleo. Miles de jóvenes y personas mayores dejan su vida rural para unirse a la idea de la defensa del Chaco. Abandonan el arado, los bueyes y se suman al peregrinaje armado por las áridas tierras del Chaco, tan distintas a los caminos boscosos de arroyos cristalinos y floresta impresionante de la Región Oriental. El pueblo se hace ejército y de las ruinas de la Guerra Grande renace la idea de nación con facetas heroicas, recreándose el varón arriero con el del guerrero. La nación mestiza, así como en la Guerra Grande, se siente identificada con el Ejército, la institución que señala el modelo contemporáneo del varón paraguayo y, en consecuencia, el rol socialmente aceptable para la mujer.

Al terminar la Guerra del Chaco, buena parte de los hombres se resiste a retornar al mundo rural para contemplar serenamente las fases de la luna, aguardar la lluvia de las estaciones y el sol de las cosechas. El acontecimiento bélico les embriaga de epopeyas que necesitan rememorar en las tabernas y almacenes improvisados para el truco, el bojo y el aguardiente, con facón en la faja y caña blanca, en disposición de hombres, de buscar o no rehuir pendencias. Las muertes por pendencias de tabernas se suceden sorda y naturalmente, al igual que las muertes por conflictos pasionales. La política, el decir de lo público, se retoma con pasión facciosa y se cultivan los pastos para la Guerra Civil del 47.

En este periodo entran en crisis los estados liberales que siguieron a la Guerra Grande. Eran estados mínimos, cuya cobertura institucional no pasaba más allá de los núcleos urbanos, denominados “pueblos” por los campesinos. El crecimiento demográfico desde la Guerra Grande empezó a presionar en la exclusiva matriz rural de la economía, levantándose las primeras banderas de la lucha por la tierra. En este periodo, Carlos Pastore describe el drama de la tierra en “La Lucha por la Tierra en el Paraguay”, editado en 1949, por la Editorial Antequera, en Montevideo.

Al abortarse el movimiento febrerista (febrero de 1936-octubre de 1937), liderado por el coronel Rafael Franco, que establecía un programa de reformas sociales, queda el camino despejado para el nacionalismo crudo. Natalicio González, uno de los varios presidentes efímeros durante el período 1947-1954, ensaya una suerte de razón ontológica en el ser del hombre paraguayo, destacando sus capacidades “extraordinarias” para la guerra y para cualquier sacrificio y retoma la idea de la “raza y alma guaraní”. El papel adjudicado a la mujer en esta empresa de reconstruir la identidad nacional es el de “compañera” del hombre, su sombra, reposo y sostén. Se fortalece la imagen del caudillo militar y se mantiene, sin discusión alguna, la idea de la sexualidad de la mujer canalizada a través de la procreación y subordinada a un solo hombre. Cualquier desviación de ese designio de la naturaleza y de ese entramado de la sociedad patriarcal judeocristiana es brutalmente condenada, justificándose la muerte de las mujeres por “adulterio” incluso en el derecho positivo, cuyo código penal le eximía al hombre de culpa y pena si mata en “flagrancia”.

La gran alteración del mundo campesino provocada por las dos guerras (la del Chaco y la Guerra Civil) genera un desorden particular en el rol del hombre en las familias paraguayas. Arropados de espíritu epopéyico, los jóvenes se “sublevan” contra el apacible orden del mundo rural, generándose gran inestabilidad. Esta rebeldía sería ajustada durante la militarización de la sociedad paraguaya en el régimen de Alfredo Stroessner (1954-1989), periodo en el que se recrea el antiguo prototipo de hombre y mujer que en la actualidad está en crisis y provoca conflictos de envergadura.

De la guerra civil emerge en soledad el Partido Colorado. Miles de familias de tradición “liberal” y de otras agrupaciones son desplazadas allende el río Paraguay y el Pilcomayo, constituyéndose en una gigantesca mano de obra del pujante modelo granero del país vecino en aquel entonces. Este fenómeno explica, entre otros asuntos, porqué las primeras guerrillas contra la dictadura se organizaron desde los pueblos fronterizos de Argentina.

El Paraguay contemporáneo nace con el germen de la exclusión y del destierro, características básicas del orden social impuesto por la dictadura stronista. El régimen define un orden social sobre la base del miedo, del miedo a lo otro, a lo diverso,  acusado de “subversivo” para “la paz y la tranquilidad” y “la democracia sin comunismo”. Carmen Soler (1924-1985),  maestra rural ella, poeta del infortunio ella, lo escribe así en su poema Bandos: “Se prohíbe al hambre comer/ a la boca hablar/al oído oír/a la sed beber/al fuego calentar/al miedo correr/al frío tiritar/a la alegría reír/al amor querer/al poeta cantar/al herido gemir/a la primavera florecer/a la pólvora explotar.

Después, los fusilaron por no cumplir”.

 

El cuartel como fábrica de hombres

 

Unos 17 mi jóvenes al año se hacían "hombres" en las cuarteles del Ejército durante la dictadura stronista.

Unos 17 mi jóvenes al año se hacían «hombres» en las cuarteles del Ejército durante la dictadura stronista.

A los jóvenes se los mete en el servicio militar obligatorio. Allí deben aguantar diversas arbitrariedades para templar el “espíritu del macho paraguayo”. Desde los años 70, al consolidarse una economía que le permitía al régimen extender el Estado paraguayo en algunos sectores, el Ejército absorbe unos 17.000 jóvenes al año que acuden a los cuarteles para hacerse hombres y prepararse para “defender la patria”. La baja militar se convierte así en el documento más importante para el hombre y las anécdotas en los cuarteles avivan tertulias en todos los rincones del país. El Ejército fomenta un varón vaciado de afectividad pero que “ama la patria, la familia y reconoce la autoridad de la Iglesia”, según los postulados establecidos en las libretas de baja. Este ajuste con moldes marciales se extiende también a las escuelas, a las que se debe acudir con el pelo corto para diferenciarse de las nenas. El macho debe y puede ser duro, también bruto, para no asemejarse en nada a “un maricón” o a una “nenita”. Esta militarización de la sociedad paraguaya es acompañada por la Iglesia a través de las capellanías militares, un esquema por el cual los curas ascendían al igual que los oficiales de carrera.

Al término del cuartel, el joven convertido en hombre adquiere todos los derechos de adulto: salir de la casa cuando quiera y retornar cuando  lo estime; tomar bebidas alcohólicas y exigir servicio a la madre, a las hermanas y luego a las concubinas. Con los papeles de hombre en la mano, también puede exigir parte de la tierra del padre para reinventar la familia nuclear en un mundo aún clánico (6).

En el mundo rural hegemónico, el cuartel aparece como gran aparato de ajuste y control. Para los pocos jóvenes de las aldeas urbanas, lugar de estudiantes, se perfila un centro de instrucción militar más adecuado para el status de los hijos de la clase dirigente: el Cimefor.

Aprovechando la sustitución de las importaciones por producción local promovida en Brasil y Argentina, acorde con las recetas cepalinas, la dictadura stronista consolida una clase económica a través del contrabando de todo tipo de mercaderías, encargando al Ejército el control en las fronteras. Buena parte de los productos metidos con un bajo arancel de importación -o directamente de contrabando- se los reubica en Brasil y en la Argentina. El mando militar, que “cuida las fronteras”, se asocia con la posibilidad de acumular bienes raudamente, corrompiéndose todo espíritu “ético, de sacrificio y de amor a la patria”. A los soldados, que deben hacerse hombres, se los utiliza también en las estancias de sus jefes, en la construcción de sus casas, de los parientes, de los amigos, de los socios. Este modelo se reafirma en la consolidación de un partido (el Partido Colorado) por el cual se accede a los cargos y los demás negocios con el Estado. Se instala así un tipo de hombre asociado con el abuso de poder, con discreciones para fundar estancias, construir mansiones, comprar camionetas lujosas y disponer de “varias mujeres”. La prepotencia se hace carne en una nueva clase social que emerge en este modelo de acumulación ligado generalmente a los negocios con el Estado. Se amplía la desigualdad social y se caricaturiza el antiguo ideal de hombre, mezclándolo con la prepotencia y el poder del dinero fácil. También se establece de una manera enfermiza la aversión a cualquier molde de hombre que no fuera el arriero pórtepe de corte marcial. Nuevamente aparece la expresión de la sexualidad como la gran diseñadora del prototipo humano para legitimar las nuevas formas de acumulación de bienes. Otras formas de expresión como el sexo entre hombres (de las mujeres se tiene muy poco registro en todo este periodo) se encuentran con un régimen que las embreta en la oscuridad no solo del pecado judeocristiano ya que, al igual que el comunismo, la homosexualidad es penalizada durante el régimen de Stroessner por razones muy explicables: el comunismo era el único partido de clase que podía disputarle al régimen, aunque fuera simbólicamente, el nuevo modelo de acumulación económica y la homosexualidad era lo opuesto al molde de macho duro, muy duro, estética caricaturesca de la vida militar. Así los machos duros, muy duros como Alfredo Stroessner, Lino Oviedo, Andrés Rodríguez se reparten las tierras, las empresas, las licitaciones, las comisiones por tráfico de armas, drogas, autos, entre otros machos duros muy duros.

Al comienzo de la dictadura, la muerte de un locutor de Radio Comuneros, Bernardo Aranda, es utilizada para extender a toda la población la degradación hacia hombres con el gusto de compartir su sexualidad. El régimen aborda la muerte de este señor desde una única perspectiva: “el crimen pasional”. Bajo esa hipótesis prefabricada, persigue a 108 personas “sospechosas” de homosexualidad en la búsqueda del presunto culpable de la muerte de Aranda. Ese operativo policial de 1959 contra gentes “sospechosas” de homosexualidad fija en la mentalidad del pueblo un número que será utilizado para la degradación: 108. Este registro de terrorismo de Estado funda un método de investigación en el cual el “móvil pasional” es la primera y casi única hipótesis cuando de muerte de una persona “sospechada” de homosexual se trata. El número 108 se populariza rápidamente en las escuelas, en las canchitas, en los bosques, en los arroyos, en los juegos de balita y el trompo como muletilla para degradar a otra persona, llamándola puto 108. Luego, en los años 70, los operativos tijera terminan por imponer el sello estético al macho paraguayo.

Sobre moldes inquisitoriales, el régimen stronista crea nuevas formas de acumulación de bienes metiendo en la población el miedo, en algunos casos casi terrorífico, a toda otra forma de expresión a la aprobada y estimulada por el propio régimen. Así como penaliza el comunismo, y en nombre de él a cualquier persona o grupo que cuestionara el modelo estimulado, así también penaliza la homosexualidad y degrada aún más la expresión de la sexualidad en general al introducir el despotismo marcial como protohombre.

 

La crisis de representación

Asombrado y desorientado, nuestro pueblo amanece de su antiguo mundo rural. Por mucho tiempo, este mundo organizó el tiempo, la comida, las costumbres y los valores de nuestra gente, con un idioma, el guaraní, como el sistema de representación más importante de su cotidianeidad y su historia y con un Estado que se organizó a sus espaldas, vomitando a sus representantes genuinos, expulsándolos, desterrándolos, en un intento de convertir sus valores en esquemas de dominación, de control, contención y represión. Un largo periodo en que nuestra gente se reprodujo a la buena de Dios, sin Estado, o con un mínimo Estado cuya cobertura no avanzaba más allá de las aldeas urbanas que, pequeñas y hogares de los patrones y de los padrinos, se mantuvieron por mucho tiempo como expresión del mundo rural. En nuestro país, ahora, lejos ya de ese mundo, que sufre una embestida extraordinaria con el avance de la agricultura mecanizada y la extensión de las franjas ganaderas, el mundo de representación está en crisis.  Esta nación mestiza, educada por la madre en su lengua antigua, el guaraní, y que vio al padre, el conquistador, muy alejado de las tareas de la casa como una autoridad ausente pero omnipresente (como Dios), ingresa en este periodo a una crisis de envergadura en todos los órdenes. Hoy, el mundo que se mantuvo hasta los 70 con una masa boscosa superior al 60% y la mayor parte del ganado en las unidades familiares, un mundo en que la gente dormía la siesta luego de la ardua tarea de la chacra y las labores del hogar, un mundo que definía el mercado como lugar de concurrencia y de transacción de productos primarios con algunos de manufactura, ese mundo que sufrió el embate de una dictadura que consolidó la base latifundista con políticas de apoyo a la agroexportación, ese mundo, hoy, en el 2000, estalla por todos lados. “En las últimas décadas, entre los antiguos patrones de la ciudad y los campesinos proveedores de verduras y frutas, se ha incubado una masa diversa de gente que prende a todo volumen su purahéi jahe’o, su cachaca o reguetón; se alarga el pelo, se pinta la uña de negro, usa colita y muchas más le dan a la marihuana o le hacen al jugo loco, sin nada que perder, sin nada que ganar” (7).

 

La mujer "mercado", de cómo explora el mercado la sexualidad para estimular el consumo.

La mujer «mercado», de cómo explora el mercado la sexualidad para estimular el consumo.

 

En fin, al meterse una forma de capitalismo en el mundo rural y al llenarse las ciudades de desheredados en busca de trabajo, se instala también el reino del mercado (8), que busca en la sexualidad estimular el consumo, utilizando el cuerpo, preferentemente de la mujer, como objeto de deseo, ilusión y obsesión, y asociando el placer con el poder del dinero. El mercado estimula un perfil de la conducta sexual utilizando valores particulares de los pueblos para generar la mayor renta posible. En nuestro país subsisten con apreciable rentabilidad dos diarios de circulación nacional y siete revistas en torno del morbo sexual y de la estética impuesta por el mercado como la estética aplicable a la mujer y al deseo del hombre. En esta compleja realidad, en la que el mercado estimula la afirmación individual para aumentar el consumo de los productos “individuales”  (autos, computadoras, celulares, batería de cuidados estéticos…), los antiguos modelos de hombre y mujer entran en crisis.

Sobre la base de ancestrales ilusiones y aspiraciones, esta oleada capitalista explora nuestras necesidades y dispara ansiedades, obsesiones, histerias y angustias al presentarnos el mundo como una enorme vidriera donde todo, en apariencia, está al alcance de nuestras manos. Previamente, vulnera nuestro íntimo sentido de seguridad y de bienestar, alterándose en grados increíbles los tiempos en la relación con nuestro cuerpo, los tiempos del amor, de la pasión, del sexo, del relajo, de la contemplación. Acelera la vieja idea desarrollista de manipular permanentemente el tiempo y afianza también nuestros hábitos de posesión, acumulación y los instrumentos de control del “otro”. “Dónde estás”, “qué hacés”, “por qué no venís”, “con quién estás” son frases que inundan por segundos los mensajes de texto en los teléfonos celulares, dejando en el recuerdo invertebrado, vago y ceniciento esos tiempos de las esquelas perfumadas y las cartas manuscritas.

El macho duro, muy duro, establecido como protohombre durante la dictadura stronista, sostenido fundamentalmente en la capacidad no solo de proveer (antigua función), sino de despilfarrar, sufre una fuerte crisis al no poder cumplirse los ensueños estimulados. A muchísimos, la desocupación y la subocupación en las ciudades degradan y arrinconan en una rabiosa resignación (el py’aro brota de todos lados), en tanto que a las mujeres, que deben buscar la manutención fuera del hogar, se les hace cuesta arriba seguir cumpliendo todas las funciones que por siglos fue acumulando como el deber ser femenino.

Así, con un cuadro de descomposición del antiguo mundo rural clánico, arribamos, con precario paracaídas, a un tiempo en que entran en crisis esos valores con los que nuestras sociedades definían lo moralmente correcto acerca de nuestra sexualidad. En una sociedad donde existen muy pocos oficios que garanticen estabilidad económica, muchas familias meten a sus hijos a las escuelas de fútbol y a las mujeres a casas de modelaje. No en vano, entonces, que esos diarios, esas revistas y algunos medios audiovisuales ubiquen como farándula a estos dos actores para ampliar el consumo.

Para el reino del mercado los seres humanos somos básicamente consumidores. En su inercia estimula nuestra individualidad y la diferenciación interpersonal. “Hacé la tuya”, esta máxima de Fido Dido, el chico símbolo de Seven up, marcaba en los 90 claramente este avance del mercado en nuestras conciencias.  Para el mercado ya no es tiempo de masa, sino de individuos, asociados en “tribus urbanas” que hacen de todo para diferenciarse de otras “tribus”. En este intento explora incluso, aunque algunas veces caricaturescamente, la estética femenina en los varones y la masculina en las mujeres para satisfacer a un conjunto de seres anulados, ocultados, perseguidos y ensombrecidos por la estructura moral judeocristiana y sus antiguos organismos de modelación, desde la familia, la Iglesia, las escuelas y el Ejército.

El reino del mercado hace escala en nuestro país en un tiempo de masivo despoblamiento del mundo rural y de inserción en muchos casos traumática en planos de supervivencia urbana. Vivimos un tiempo en que están en franca discusión el varón proveedor, el arriero procreador y el hombre rector final de las conductas sexuales. En este tiempo entra también en crisis la idea de la mujer abnegada al servicio de la procreación cuya sexualidad estaba subordinada a un solo hombre. Aun en crisis, los antiguos valores son todavía la vara de medición más importante de lo que consideramos moralmente correcto, provocándose entre la valoración y la realidad objetiva severas colisiones que en muchos casos terminan en espiral de violencia. A la imposibilidad de mantener los antiguos modos de expresión de la sexualidad, se suma la permanente afirmación pública de los “otros”, de la gente que gusta compartir su sexo con sus semejantes y de la gente que para diferenciarse y afirmarse en su identidad usa pelo largo, arito, parches, anillos en la piel, tatuajes… gente que convive en un clima muchas veces hostil con otras personas que se aferran a los prototipos establecidos por la Iglesia y recreados por el Ejército. Pero, literalmente –como lo dijo Pablo Neruda–, los de entonces ya no somos los mismos. La realidad material en las poblaciones urbanas imposibilitará en poco tiempo el desarrollo del modelo de hombre alejado de las tareas del hogar y el de la mujer como única encargada de la administración práctica de la familia. Tampoco podríamos sostener por mucho tiempo más el sello del hombre arriero así como de hecho ya está en profunda revisión la sexualidad de la mujer al servicio de la procreación y bajo el mandato inapelable de un varón. En tiempos en que el mercado fija nuevos prototipos, los paraguayos somos seres en transición y territorios en disputa.

 

Acotaciones

 

  • Tomamos, genéricamente, la definición de sexualidad que la Organización Mundial de la Salud (OMS) establece: “Un aspecto central del ser humano, presente a lo largo de su vida. Abarca al sexo, las identidades y los papeles de género, el erotismo, el placer, la intimidad, la reproducción y la orientación sexual. Se vive y se expresa a través de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, conductas, prácticas, papeles y relaciones interpersonales. La sexualidad puede incluir todas estas dimensiones, no obstante, no todas ellas se vivencian o se expresan siempre. La sexualidad está influida por la interacción de factores biológicos, psicológicos, sociales, económicos, políticos, culturales, éticos, legales, históricos, religiosos y espirituales”.
  • La caza de brujas en la Europa durante la extensión del Sacro Imperio Romano abarca un periodo que va del 1400 a 1800. Existe muchísima documentación sobre esta historia, de la cual se destaca el  libro “Caza de Brujas en Europa Moderna”, de Brian P. Levack.
  • “Mestizaje lingüístico en el llano guaraní”, publicado por Novapolis, revista de estudios políticos contemporáneos, edición número 5, noviembre del 2003.
  • “Para Clastres, las sociedades primitivas imponen una deuda permanente al líder o jefe tribal, de manera tal que le es imposible transformar su prestigio en poder separado de la sociedad”  (Wikipedia).
  • “La sierra de la plata y otros ensayos”, página 47, 1996, Editorial El Lector.
  • Es muy fuerte en el mundo rural tanto la necesidad de separarse de la casa matriz como la necesidad de mantener vínculos muy estrechos. El mantenimiento de los vínculos de parentesco alivia muchas necesidades, entre las que se destaca la crianza de los hijos de las madres solteras que trabajan en la ciudad.
  • La vida y la bronca, Julio Benegas Vidallet, 2009, editado por el autor con apoyo de Fondec.
  • El mercado. El antiguo mercado es el espacio de concurrencia y transacción. Tiene una profunda raíz de intercambio directo. En las últimas décadas, sin embargo, se lo intenta imponer como un orden supraestructural (como Dios o el Estado), de la mano de unos cambios extraordinarios en los sistemas de producción de bienes, servicios y de transacción de capitales.

 

 

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