El mate argentino es paraguayo

Por Marcos Maiz Montanaro*

Compartimos estos apuntes en la semana nacional del tereré, tras el reciente y bárbaro homicidio de un hijo de inmigrantes paraguayos en Villa Gesell, y luego de las funestas expresiones discriminatorias del ex candidato a vicepresidente Miguel Ángel Pichetto, llamando a “dinamitar la villa de los paraguayos”, hechos que en modo alguno deslucen nuestra sonrisa de gratitud con la proverbial e histórica generosidad del querido pueblo y Gobierno argentinos con la migración paraguaya.

El mate porteño es inmigrante. Un día sábado, 11 de junio de 1580, paraguayos de Asunción fueron y fundaron Buenos Aires, y llevaron la yerba, el mate.

Durante siglos, el origen de los sacos de yerba a lomo por toda Sudamérica, fue casi exclusivamente paraguayo. Y en tiempos de la colonia, eran paraguayos yerbamateurs, amantes del mate, quienes se tatuaban en la espalda los cien latigazos de castigo por el delito de posesión y consumo de la yerba mate, entonces prohibida y denunciada ante la Santa Inquisición.

Y fue que la yerba paraguaya de narco pasó a loba romana, a dar de chupar a todos, a dar caja y moneda a todo el mundo. Así la yerba paraguaya financió las fortificaciones del Río de la Plata contra los piratas ingleses.

Yerba que no tenía permiso para ir por agua, arrastrada hasta la capital del virreinato, oprimida. Por abuso de ella, la insaciable aristocracia porteña, a la cual esa yerba le pagaba los gastos, sacrificó la noble voluntad de confederación entre pueblos fraternos.

Fue también para consumar la ruina de la yerba paraguaya, sin rival por precio y por calidad, que el Brasil imperial y esclavista desencadenaría la guerra contra el Paraguay. Tan buena era, tanto les gustaba.

Qué gran negocio. Tanto, que la carne sobrante de la masacre del Paraguay independiente fue arrojada en la posguerra a los campos de la nueva provincia de la razón social Industrial Paraguaya y sus nombres de fantasía: Flor de Lis, República del Paraguay. El asesinato de todos los presentes en un clásico del fútbol paraguayo hoy en día, para hacerte una idea de la cantidad de víctimas del impune reinado de la Industrial y de otras pastosas factorías durante esas décadas, con una población reducida. Los molinos argentinos estampaban en el envase el sello de calidad exquisita: “yerba paraguaya”.

El crimen de lesa humanidad del régimen oligárquico neocolonial, la neblina de sangre de los mensú en los yerbales paraguayos, denunciada a navajazos sobre papel por Rafael Barrett, cruzaba entonces el mar, y humeaba fragante en las cortes y en las manos de las vanguardias europeas.

El mítico secreto de la germinación de la semilla del ilex paraguariensis, perdido con la expulsión de los jesuitas en 1767, fue redescubierto y dispersado en agosto de 1896 por Federico Neumann en Nueva Germania, San Pedro. Con la mirada en estado salvaje, la misma que le permitió a Galileo convertir en telescopio el juguete de los niños
holandeses, este Neumann épico, el gran benefactor al que Google no le da ni el nombre de una calle, observó que el ka’a sólo brotaba de las deposiciones del yacú, una especie de tucán, cuyo sistema digestivo muele y deja la semilla en condiciones aptas para germinar.

Tal como lo reconocen las propias publicaciones agrarias de organismos oficiales en la Argentina, es gracias a la visión y a la primicia de la primera cosecha en 1901 del colono Neumann, que nace la industria de la yerba mate.

Del mismo modo que gracias al legado de una inmemorial sucesión de maestros yerbateros paraguayos, que en realidad se remonta originalmente a la ancestral sabiduría aborigen, es que van el mate y el tereré de mano en mano por todas partes, en todo el mundo. Bueno, qué más podía esperarse de un país donde un censo colonial decía yerbateros y los demás, donde érase una vez Tacurupucú, el puerto yerbatero más grande del mundo. Donde saben que la yerba mate no es arbusto, no es el caniche ni el bonsai al que lo ha dejado reducido la industria yerbatera contemporánea, sino que es árbol, que da flor blanquita.

En Paraguay no existe familia campesina, o urbana de origen campesino, o porteña de origen campesino paraguayo, que no se haya cruzado alguna vez o trabajado con la yerba mate, o elaborado y tomado yerba casera de la hoja silvestre o cultivada, en el patio, o en el monte.

Fórmula oficial del Ministerio de Agricultura de la República Argentina en los años 1920 para la composición de la yerba mate de calidad superior: “Yerba Extra: 50% yerba paraguaya / 30% yerba argentina / 20% yerba brasileña”. ¿Qué pensás de dónde era la yerba que tomaban Borges, Gardel y Camila O’Gorman? Qué mineral de yerba no podía faltarle a Rosas en su exilio en Southampton? De dónde el shot energético, la plétora antioxidante, ni tinto ni dulce de leche, que hizo el aguante cuando las Invasiones Inglesas?

Yerba paraguaya, yerba de barbacuá en estado de gracia, que abrió grande los ojos en la plaza aquella mañana del 25 de mayo y cebó en Figueres la imaginación del niño Salvador Dalí. Paraguaya. Argentina, uruguaya, de todos y todas.

*Editor y yerbatero

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