El “jaka” o la pobreza como espectáculo

 “…ahora el gran sueño, un empresario ojapóta oréve la ore rogorâ, nunca perdí esa esperanza, ahora oñecumplita”.

Vicente Jakare Saenger. Posteo en Facebook, 21/04/2020.

Por Cristian Andino[1]

Por qué no habremos de querer nosotros lo que nunca quisimos; por ejemplo, una casa sobre el remanso de un río, dicen las letras introductorias de un poema de Elvio Romero, extraordinario poeta caazapeño, que vivió y murió en Buenos Aires en el 2004, en un exilio prolongado que lo llevó a abandonar el país en 1947. Hoy, un compueblano suyo, Vicente «Jakaré» Saenger, es viral en las redes sociales, gracias a que, desde algunos años, viene narrando de un modo muy espontáneo, las penurias de su vida cotidiana en “San Roque”, una comunidad rural de San Juan Nepomuceno.

El “Jaka” como se lo conoce últimamente, aparte de querer ver “kuña con calza”, tiene el sueño de muchísimos paraguayos en su misma condición y que se expresa en las primeras líneas del poema de Romero: un suelo donde construir una casa propia para su madre y sus seis hermanitos. Con un padre ausente y en un país en el que la estructura de la tenencia de la tierra se traduce en uno de los más elevados índices de desigualdad social a escala planetaria y ante el avance del modelo agrícola extractivista que acelera la expulsión de poblaciones campesinas hacia centros urbanos, el “Jaka” resistió a todo y vio crecer su popularidad, “de menos a más” como él mismo afirma.

En medio de la desgracia de la pobreza, a “Jaka” le llevó a la fama la misma lógica de la “intimidad como espectáculo” de la que habla la antropóloga argentina Paula Sibilia (2008). Según esta autora, vivimos tiempos en los que, súbitamente se enaltecen lo pequeño y lo ordinario, lo cotidiano, la gente común, gracias a la inmediatez de las redes sociales, y el “show del yo” que desnuda la banalidad de lo simple y la repetición de lo mediocre, en una carrera en donde lo que importa es mostrarse, aparecer en escena como sea.

¿Qué significa esta repentina exaltación de lo banal, esta especie de satisfacción al constatar la mediocridad propia y ajena? ¿Cómo influyen todas estas mutaciones en la creación de “modos de ser”? ¿Cómo alimentan la construcción de sí? En otras palabras, ¿de qué manera estas transformaciones contextuales afectan los procesos mediante los cuales se llega a ser lo que se es? se pregunta Sibilia.

Una cosa es clara, argumenta, en medio de todas estas transformaciones que afectan la construcción de nuestra subjetividad, existen “vectores socioculturales, económicos y políticos que ejercen una gran presión sobre los sujetos desde dispositivos de poder que entran en juego, ávidos por capturar cualquier vestigio de “creatividad exitosa” para transformarlo velozmente en mercancía” (Sibilia, 2008, 24).

No es de extrañar, en esta línea, que tras sus 165 mil vistas en Instagram del otro día, un mediático representante de futbolistas le haya ofrecido inmediatamente al “Jaka” un contrato de “representación” y la promesa de la construcción de la casa de sus sueños que le había prometido a su madre.

Democracia digital

¿Hay algún problema en que desde el último rincón de la república y en condiciones muy desfavorables, “Jaka” al disponer de un smartphone, también pueda mostrarnos su intimidad como lo hace, por ejemplo, todos los días Yolanda Park desde su cocina?

Probablemente ninguno y en ese sentido, las redes sociales son la manifestación más evidente de la extraordinaria “democratización” que genera el acceso a las nuevas tecnologías, más allá de los medios tradicionales de comunicación. En el mundo virtual somos todos iguales y da exactamente lo mismo una rockstar o Vicente Jakare y aunque autores como Umberto Eco, consideran que las redes sociales “degradan la democracia” porque dan voz a un montón de idiotas que antes solo podían hablar en un bar con una cerveza en la mano y le escuchaban pocos, no es menos cierto, que la democracia siempre fue un régimen político escandaloso para las élites y difícil de “depurar”.

Aporofobia y banalidad del mal

Algunos hacían notar en estos días que más que a “Jaka”, debemos estudiar con detenimiento a sus seguidores. Porque en resumidas cuentas, Vicente no es más que un humilde muchacho que, con bastante carisma y naturalidad, nos desnuda desde hace un tiempo la dura realidad de miles de compatriotas que “sobreviven” en la pobreza extrema, víctimas  de la exclusión social y de un estado ausente. Rechazarlo sin más, en esas condiciones, es una manifestación clara de “aporofobia” (odio o rechazo al pobre), pero aclamarlo como bufón de turno es; por otro lado, caer en la absoluta “banalidad del mal”; es decir, normalizar como bueno todo lo que está mal: en este caso, reírse de un chico que se atreve a mostrarnos sin filtros los estragos de la falta de educación y oportunidades, en uno de los departamentos más pobres del país.

Debemos ir más allá de la dicotomía aceptación/rechazo con la que se quiere simplificar el fenómeno “Jaka”, ya sea reduciéndolo a “borrachito” o a un simple “kachî’i ñande mbo pukava” (un bufón que nos divierte). Necesitamos asumir la conciencia de que, mientras lanzamos carcajadas por una frase de “Jaka” mal pronunciada en castellano, estamos aceptando y condenando, implícitamente, sin darnos cuenta quizá, que las cosas sigan igual que ahora, sin reclamar con fuerza oportunidades de transformación social. Sí viviera en nuestros días un tal Rafael Barrett (1876-1910), por ejemplo, seguramente diría ante el fenómeno “Jaka” que no debemos juzgar, ni reírnos de su mal, sino que, con urgencia “debemos curarlo”.

 

[1] Filósofo, docente e investigador del Centro de Investigaciones Filosóficas CIF-Paraguay, categorizado en el PRONII del CONACYT.

Email: andinocrisdav@gmail.com

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