El futuro existe

Una hilera difusa de luces rojas y farolitos naranja pálida de los pancheros se dejaba ver por la persiana. La humareda había penetrado la piel, irritado los ojos y envuelto el humor en sacos de lamentos mudos.

-Aunque cierta seguridad encontremos en la cerveza y el cigarrillo en una mesa de bar‒ se dijo José. Soledad sonrió sin ganas. Una sonrisa era todo lo que se necesitaba aquella noche. Una sonrisa sin expectativas, sin nada que pudiera quebrarse más, sin enredos de perdones, de te lo prometo, de no lo volveré hacer; una sonrisa que recordara la brisa de algunos días de mayo y agosto que invade Colón por la bahía.

‒En estos tiempos adversativos una noche mala la tiene cualquiera‒ conjeturó José al verla sin reparo inmediato. Reina no vendría, según dejó labrado en el acta de bar de las tres de la madrugada. La policía de la 3ª la amenazó con sacarla completamente de circulación si no aumentaba la comisión. «Yo no trabajaré más para estos vagos», asumió entonces, entre quejas por la cuota del alquiler, el agua, la luz y el precio de la leche para los niños.

Las borracheras siempre expresan con formalidad y contundencia determinaciones repentinas. Al otro día, esos desdibujados espejos devuelven ojeras voluminosas y languidez cadavérica. Las estelares decisiones se pierden en el olvido o se deshacen en vagas ocurrencias de una cabeza que apenas puede sostenerse sobre los inodoros.

‒Reina no vendrá esta noche‒ le recordó José.

‒Así dijo, pero quién sabe‒ murmuró Soledad.

‒Ya es tarde, y es poco probable que, aunque viniese, traiga la blanca.

‒Es su compañía lo que necesito, aunque no puedo negarte que una línea me vendría muy bien.

La vida era un fumatorio de ladrillo atortugado, de humo y sudor ceniciento inyectados en la piel, en el corazón, en el espíritu o en la conciencia de ese extraño ser que nos habita.

‒Cómo se nota que no me conocés, José‒ dijo ella al cruzar las piernas y acomodar los senos sobre esos muslos macetones de vellos esclarecidos por tintura. Sacó un cigarrillo de la bolsa y pidió una cerveza.

‒Qué hice yo esta vez‒ respondió José, expulsando aros ahumados de la boca.

‒Sabés que hoy es mi último día. No puedo ponerme contenta.

‒Vamos, mujer, ayer te noté muy alegre por dejar la calle y por imaginarte un futuro previsible al lado de ese socio alemán del que me hablaste toda la noche.

‒Sí, estaba alegre. No todos los días te ofrecen casamiento y sabés luego cómo somos las mujeres con esa historia. Pero sé que es mentira. Sé que extrañaré a Reina, María y Sofía. También a vos, seguramente.

José tenía miedo de que esa noche de densa humareda se desdibujara en contornos más oscuros del melodrama.

‒Por qué a mí, por qué‒ se preguntó, frotando las manos. Le daba a él por pensar que el sentido trágico contemporáneo, a más de ser panfletario, correspondía a un tiempo de absoluta estupidez humana.

Soledad había venido por última vez para llevar a José a cantar hasta el amanecer en Frogus. José, casualmente, amaneció canturreando Para vivir, de Pablo Milanés. Ella quería deshacerse con Hacer el amor con otro. Pero al verlo en el bar, como siempre, al ver a las chicas en las esquinas parcamente iluminadas, como siempre, o casi siempre desde diez años atrás, se inmovilizó.

‒Esta noche también necesito consuelo, y ustedes, los hombres, como bien se sabe, son incapaces de un gesto vagamente parecido‒ lanzó Soledad, sin esfuerzo por encontrar alguna reacción en José. En José, que había convertido en insípida la religión de la vida desde que Amanda lo dejó marcando ocupado en el Hotel Rosa y mal embutido en esas calles de sueños rotos del microcentro asunceno.

‒Ja, ja, ja ‒esbozó José‒. Quién puede conseguir consuelo con este aire infectado de naturaleza muerta.

‒Y qué esperanza me puedo imaginar al lado de un tipo como él, de 63 años.

‒Ay, Soledad ‒carraspeó José‒. Ahora venís con Laura en América. Esperanza de qué, para qué. Qué te pasó entre ayer y hoy. Qué ha cambiado. Ayer te noté alegre, entusiasmada. Qué pasó contigo, nena, subrayó José en clave Pomelo rock y dejo cansado.

‒No te imaginás cómo reaccionó mamá con la noticia. Me abrazó. Hace cuánto que ella no me abraza; en realidad, no me acuerdo ‒dijo, cubriendo los senos con el chal verde y extendiendo el vestido enterizo negro hasta la mitad del muslo‒. Yo también me puse muy contenta, pero ahora que lo pienso mejor, ahora que es la hora de dejar esta vida, ahora me dan ganas de mandar todo al carajo.

‒Tranqui nomás, Soledad. Hoy Reina no vendrá. No hay consuelo en este puerto gris.

Ilustración de Ruth Estigarribia.

Hay futuro. Ilustración de Ruth Estigarribia.

José cruzó las piernas y metió en la boca un hilo del rulo encanecido. «Qué me costaba disfrutar nomás este muslo y estas tetas rebozantes», pensó mientras su imaginación volaba difusamente por esos primeros tiempos de retorno de España sin más méritos que una pensión precaria. Tiempos otoñales de juntar pedacitos sin esperar nada, sin miedo ya de asumir una vida de expectativas hueras, sin miedo de encontrarse con el mundo de ambiciones mal pagadas en un cuarto húmedo de la pensión de Silvano. Ahí, a la vuelta de la Escalinata Antequera, entre mujeres que se derriten por el regalo de un libro o una invitación de helado Doctorazo y varones casi adolescentes que trafican sexo por números telefónicos escritos en las puertas de los baños de la Plaza de la Democracia.

Afuera se escuchó un crepitar de latas. Para los oídos de José sonaba a chorros finitos de lluvia que se deslizan por los techos de chapa y se aplastan gota a gota en el cemento. Acomodó los anteojos en la búsqueda de alguna señal de esperanza. En la difusa visión observó, a través de la persiana, a dos niños aplastando latitas de cerveza para ubicarlas en dos enormes bolsas negras. Olga, la moza, percibió la resignada decepción de José. Recordó todas las madrugadas en que ella también se aferró a alguna señal de que Asunción le devolvía la esperanza.

‒¿Lencería fina para su amada esposa, señor escritor; lencería fina para usted, señorita a punto de merecer el casamiento? Reina se reveló con peinado Ramiro, uñas postizas de motitas albinegras, pestañas remarcadas de rímel, labios liláceos, vestido de algodón floral y un tendedero de tanguitas y portasenos Delmer, «importados directamente de Buenos Aires, como ustedes bien lo saben».

Soledad la asaltó con un abrazo.

‒Mi amor, me comía las uñas esperándote.

‒Qué hice yo para merecer tanto honor‒ dijo Reina, tomando su lugar en la mesa de madera gruesa bañada en barniz oscuro y olvido. La presencia de su amiga devolvió a Soledad el semblante alegre, pícaro y altivo que alumbrara el regreso anónimo de José y que lo mantuviera husmeando su intimidad.

‒Wiskola para mis amigas, Olguita ‒pidió Reina‒. Amigas, festejaremos el último día con nosotras de Soledad; vengan todas ‒les dijo a las chicas de la esquina. Jaquelin, Tatiana y Celeste se arrimaron a la mesa para brindar por la compañera que se les iba a cumplir la misión de juntar a los suyos en una casa, colgar fotos en la pared, mostrar al macho protector en las cenas familiares y rebautizar, como es debido, a sus Sami, Tamara y Jonhatan.

‒Se nos va para el mundo de la decencia y las buenas costumbres; salud, amiga, salud… ‒reivindicaba Reina, destello eufórico en un cuerpo óseo, rostro pálido y ojitos ciruela.

Olga decidió que ya era tiempo de alterar el orden impuesto en la computadora. Le sacudió vallenato.

‒Ojala se cumplan tus sueños, Soledad ‒auguró Olga con esos labios gruesos vinagre. Con esas facciones morenas endurecidas por el trabajo nocturno y el deseo mal curado de viuda. Olga expresó con sinceridad el deseo de que le fuera bien a Soledad en su nuevo mundo, aunque la ausencia de ella significara algunos –y buenos, dijo‒ clientes menos en el bar atraídos por ese cuerpo de monturas exuberantes que lucía sin resguardo. «Ando por esos días en que todo me sabe gris y, sin embargo, disfruto de la compañía de una mujer de nalga atómica y pechos que disparan mi pobre imaginación», había escrito José en un anotador que olvidó dónde lo olvidó, perdón por el fraseo arjoniano.
Soledad no esperaba escuchar “Cómo quisiera” (Los Gigantes del Vallenato) justo el último día de su trajinar por las noches de Colón y los alrededores. Cómo quisiera olvidarme de ti/ cómo pudiera sacarte de mí/ cómo quisiera esta noche borrarte y soñar/ cómo cambiarme un instante a un mundo sin ti/ y no pensar otra vez que me puedo morir/que no necesito tus ojos para hacerme feliz.

Le brotaron en todo el cuerpo aquellos tiempos de la adolescencia arrasadora en Veracruz y el Guaraní. Labios húmedos en juegos amatorios que desbordaban el universo con impune juventud. Ay, ay, ay, esos tiempos en que ella danzaba en medio de rondas de arrieros con el vaso de cerveza en la mano. Alrededor, un mundo que se atropellaba en copetines, lomiterías, pancheros, discotecas y pistas abiertas de baile. Un mundo que asaltaba mortalmente los estatutos de la antigua cortesía citadina. Una cortesía que algunas gentes quieren preservar en baúles de cartas manuscritas, imágenes en blanco y negro de té canasta, presentaciones de señoritas en sociedad y el plácido pasado solariego.

‒Bailemos ‒conminó Soledad.

‒Estás mal de la cabeza. Yo soy maleta total para el baile ‒respondió José, aturdido. Soledad lo arrancó de la silla y casi a rastras lo llevó a bailar con sus amigas.

‒Me debés una por la vergüenza que me hacés pasar frente a las chicas ‒logró decir José-. El baile es a las mujeres lo que el futbol a los hombres. Los varones solo bailamos en período de caza ‒divagó en voz alta.

‒Dejate llevar, José. En vos todo pasa por la cabeza. No será que por eso te dejó Amanda.

‒Ndera, Soledad. Por qué removés algo que todavía me duele.

‒Disculpame, José, no era mi intención.

Esa inesperada navaja en las vísceras era una perfecta excusa para zafar del baile y tomarse un aristócrata en la barra: su lugar habitual de accionista solitario del bar.

‒Esa mujer, Olga, es una bruja total. Por suerte ya se va para peores mundos.

‒Sí, la extrañaremos. Seguro que vos más ‒comentó como de paso, reforzando el vaso de José.

‒Seguramente, seguramente… ‒subrayó despacio, mirando cómo las chicas se seducían en la danza de los cuerpos‒. Seguramente ‒repitió en sus adentros‒, pero no quiero ser el viejo con el que resigne su actual vida. Además, cierta virilidad persistente o el orgullo apagado de macho no me permitirían lucir tantos cuernos. Olguita, yo la veo mejor con ese alemán que tiene una jubilación asegurada.

‒Lo que pasa es que vos, José, no te jugás por nadie ‒le dijo, apretándole suavemente la mano. Esa sentencia lo sacó de su soliloquio y lo sometió en un tímido temblor.

‒Qué decís, Olga. Qué hice yo hoy. Qué culpa estaré pagando en esta huérfana ciudad.

‒No sé, no sé. Creo que sos incapaz de sentir cosas que suceden a tu alrededor ‒dictaminó Olga al alejarse en busca de un no sé qué en la cocina.
De un pico de euforia, la cabeza de Soledad estalló en mil pedazos fotográficos, de secuencias apabullantes con el badulaque, de él amaneciendo en largos terceros tiempos del partidito en el Colonial, de él exigiendo dinero para el chupi con los perros…
Llevó a Reina al baño para ajustar algunas líneas con su conciencia. «Ese desgraciado me las va a pagar», se dijo.

‒Vos tenés que ayudarme, Reina; ese badulaque no puede vivir tan tranquilamente por la vida.

‒Soledad, ami, no vuelvas con eso. Eso ya pasó. Tienen tres hijos juntos ‒reaccionó Reina, ajustándose las medias, acomodándose el portasenos y estirando las alas de su nariz para aspirar una delgada línea blanca extendida en un finísimo papel plateado de cigarrillos Kent.

‒Yo, con este cuerpo, mirame, con este cuerpo levanté aquella casa, de madera sí, pequeña sí, pero casa al fin, en el terreno de su madre ‒respondió Soledad con los ojos crispados.

‒Pero eso ya pasó, Soledad ‒esgrimió Reina, remeciéndola con sus brazos flacos y fláccidos‒. Eso ya pasó, reiteró.

‒Y los golpes, Reina, y los golpes, dónde meto los golpes aña rako peguare ‒gritó Soledad, toda ella temblor de rabia y dolor por la brutal enajenación de su vida.

‒En el basurero, Soledad, adonde van a parar todas nuestras esperanzas, Soledad, todas.

‒No, amiga, no; así no es la vida. Diente por diente, ojo por ojo.

‒Y bueno ‒se dijo Reina‒, bueno…
Metió todo el aire ahumado posible en los pulmones en ejercicio de resignación y preguntó:

‒Qué querés hacer, Soledad.

‒En el camino te cuento; ¿me acompañás?

‒Y qué puedo hacer, jaha mba’e.

Eran las cuatro de la mañana. Salieron sin despedirse de José. Él las observó sin notar más variación en sus semblantes que la producida por la borrachera y la cocaína. Reina y Soledad hicieron escala técnica en el Rubio. Lomitos y cervezas en lata. Pronto llegaría el primer 27 para conducirlas a Republicano. A esa hora en que comúnmente el mundo parece hecho de plata y el aire se depura de tanto hollín, aquella madrugada, ya cerca del alba, el humo de los incendios forestales mantenía la ciudad en una atmósfera Blade Runner.
El futuro existe, habría dicho José si Soledad le hubiera comunicado la decisión. Eso le habría dicho sin esperar que su advertencia recoja fruto orgánico.

Un poco tarde se enteró José de que el futuro, faltamente, existe, y que, por lo tanto, algo habría que hacer ante su inminencia. Ya sus músculos se distendían sin esfuerzo. Las manos, ágiles en otros tiempos, temblaban hasta que una gota de Aristócrata le devolvía cierta estabilidad.
Soledad y Reina vadeaban la densidad con saquitos de polvo blanco y sudor frío en un mundo donde todo era presente. El futuro se perdía en melodías sacras de misas de domingo del Perpetuo Socorro y en promesas de amores barbie de telenovelas venezolanas. El futuro existe, Soledad, le habría dicho José. Ella sabía que un escritor en busca de historias ajenas, al ser la suya más aburrida que chuparse un clavo, no se jugaría con ella. Sí, Reina, su amiga. El py’aro de las pobres unifica y da sentido al mundo. “Sí, mi amiga, que está en todas conmigo”. Soledad ya nada recuerda de esa noche en el tránsito a la casa de su exsuegra más que la determinación infatigable de acabar por siempre con esa maldita historia, cumpliendo el plan urdido con afán y ciencia: entrar a la casa por atrás sigilosamente, inundar de querosén los laterales más gruesos de aquella casita de madera y, zas, prender fuego. Cuántas veces imaginó esa escena en sueños y en vigilia como ritual de sanación y de redención de todas las veces que abrió las piernas a cuanto badulaque se me cruzaba. Sus hijas estaban en la casa de la abuela materna, allá en Moisés Bertoni, Caazapá, donde la soledad de los viejos recorre el recuerdo maravilloso del tren desaparecido. Jonhatan, imaginaba ella, estaría durmiendo plácidamente en la casa de la exsuegra.

‒¿Estás segura? ‒preguntó por preguntar Reina.

‒Sí ‒contestó Soledad‒. Nunca estuve tan segura en mi vida.

De pronto, el mundo se iluminó, como en El ropero, de Carlos Bazzano. Ellas salieron en puntas de pies por los senderos entrecruzados de la villa. Atrás quedaba aquel espectáculo pirotécnico. Todos los fuegos, el fuego. Por entre las rendijas de las casitas encimadas, el río Paraguay se vislumbraba esquivo, adormecido, vago.

Soledad no sabría sino al otro día y por El Popular que en aquella aurora fosforescente el badulaque y Jonhatan dormían en la casa de madera que ella mandó construir. Y que no pudieron escapar del fuego.

 

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