El encuentro con la pintura narrativa de Fidel Fernández

Texto y fotos: Mirna Robles Armoa.

Equipo de producción: Mirna Robles Armoa, Leandro Veragua, Ale Ayala Pastore.

El último día de un mes subimos los tres en La Chaqueña, de la esquina de Jejui y Montevideo, un poco antes de las nueve de la mañana. Ya en el bus nos percatamos de que un horizonte creciente de tormenta se cernía sobre nosotros. Él me dijo que lo llamara cuando bajáramos, al final del cuartel. Era todo lo que había que decir al chofer, que nos baje al término del cuartel. Lo hice tal cual me lo había indicado. Bajamos, en el punto preciso en la compañía Cerrito, de la ciudad de Benjamín Aceval, y lo llamé. En menos de diez minutos oímos y vimos aproximarse una moto carro, la manejaba Fidel Fernández.

Lo esperamos mientras canjeaba su media docena de botellas de cerveza por unas cargadas, a cambio de dinero, por supuesto. Cruzamos la ruta y nos acomodamos, cada cual donde pudimos hacerlo, en el vehículo. Ingresamos unos pocos kilómetros pasando por terrenos largos, Ale abrió la última tranca del camino y entramos a un fresco remanente de bosque. Fidel me preguntó si quería más agua caliente y acepté la propuesta. Nos sentamos, conversamos con él y en minutos se impuso el clima de la entrevista, sin necesidad de forzarla.

La casa de Fidel Fernández corresponde, creo, a la idea exacta de refugio artístico, de contemplación, de creación/recreación, de producción y vida, indistintamente. Antes que pintor Fidel fue y es albañil. Ya de entrada nos contó que ese vehículo que nos transportaba sirvió antes para acarrear todos los materiales con los cuales construyó la casa, solamente con una persona más de ayudante. También nos contó que se encargó de armar el semi pavimentado que llega hasta su patio-bosque frontal, donde seis perros reciben a cualquier visita. No existe ni existirá posibilidad alguna de que alguien se sienta incómodo o incómoda en esa casa/refugio. Ale y Fidel conversaban ya, con una tranquilidad casi íntima.

Fidel asumió no reconocer influencias en su pintura de corrientes de la plástica, si no de la literatura. Comenzó leyendo novelas, principalmente a Roa Bastos (nombró a Hijo de hombre) y luego su lectura se dirigió hacia la historia del Paraguay. Él mismo conceptualiza a su pintura como narrativa.

Sus composiciones pictóricas tienen una finalidad escenográfica, lo que él quiere es que su pintura cuente, que los personajes se muevan en medio de historias que los y las espectadores/as vayamos descifrando desde lo no acabado en los gestos, las miradas, las picardías y oscuridades, las obscenidades e inocencias, de esas figuras humanas de aspectos grotescos que, dice él, a veces se acercan a lo animal (¿a lo animal salvaje no-humano?).

-Entre los perros decimos a veces, en el colectivo, por ejemplo, es como estar en una obra de Fidel Fernández- interviene Ale y ríen.

Ingresamos a su taller. Nos contó que se encontraba trabajando una serie de diez grabados, con diez copias cada una, cuyo objetivo se trazaba en que sus obras puedan llegar a más personas. Los grabados estaban colgados como ropas tendidas. Estantes de libros a un lado y otro confirmaban que la labor creativa de este pintor se sostiene en la lectura, como si el taller fuese a la vez biblioteca, o la biblioteca fuese a la vez taller. Una serie de bicicletas antiguas y raras, de coleccionista, estaban agolpadas bajo los grabados colgados. Este artista al que alguna vez se le ocurrió hacer esculturas sobre takuru y que graficara con una sutileza escalofriante a personajes deleznables como Stroessner y Montanaro, nos enseñó una primicia de su última dedicación, un enorme grabado con evocaciones del Cavichu’i en el estilo; la figura de un soldado paraguayo de la Guerra Grande, de enormes proporciones, que se agachaba en medio del cuadro de la estampa, conteniendo su cuerpo en esa ficción gráfica. ¿Cómo explicar la magia que hace que nos quedemos mirando por minutos ese enorme grabado, el rostro del soldado, las sombras que se adivinan y se pierden detrás, de otros rostros, de otros cuerpos? No dudamos en que nadie más que Fidel debería de ganar el concurso para el cual preparó esa impresionante obra que nos tocaba ver.

Por segundos era como si el temple de Fidel se equiparara a la expresión sugestiva de los personajes de sus cuadros, como si escuchara un poco más de lo necesario para responder, era lo que se podía creer. Sin embargo, cuando hablaba, esa habilidad popular de decir lo justo y lo preciso, sin regodeos innecesarios, nos enseñaba lo claro que tiene las ideas e impresiones con relación a su trabajo, a la realidad social, a lo que se puede considerar importante y lo trivial. Él es la expresión precisa de que no existe contradicción real alguna entre el ser obrero y el ser artista. Fidel, con su claridad de conceptos e interpretaciones, no dejó jamás de ser albañil, un obrero.

 

Ya era más del mediodía.

-Bueno, ajapóta la tata, si no ndajakarumo’äi- dijo Fidel. Observamos todos los cuadros colgados en las paredes de su casa, cuadros de varios pintores que participaron en la exposición popular de obras que armaron el año pasado en los negocios de Benjamín Aceval, a la cual llamaron APP (Arte Para el Pueblo). Fidel nos invitó sus cervezas, su pareja y su hija iban y venían en las conversaciones. Llegamos al almuerzo y comí el arró quesú más rico que haya comido en años. Luego, seguimos sumidos en el encanto del bosquecito, charlando, el tagua cachorro rescatado se movía cada tanto, escuchamos cantos diversos de aves, nos fue quedando claro que existe una admiración real hacia su colega y amigo Juan de Dios Valdez. Uno de los perros imitó la misma escena que grabara en el ‘Jagua juka’ que nos mostró antes y en un momento de la tarde los karajas concentraron nuestra atención, justo antes de tener que despedirnos inevitablemente, para no quedarnos sin colectivo.

Una vez más, subimos al motocarro con Fidel de chofer. Salimos contentos, volvimos felices, Leandro, Ale y yo, de nuestra primera entrevista. Nadie puede ni podrá salir triste jamás del refugio/hogar de Fidel Fernández, el que cuenta historias en sus cuadros.

 

 

 

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