El día en que una bala le voló el sombrero a Stroessner

Una historia real ocurrida durante la dictadura. Acá, la nota, en el marco de los 25 años del golpe que lo derrocó el 2 y 3 de febrero de 1989.

El dictador ya en sus últimos años en Brasil. Fuente: ab.com.py

Es sábado a la tarde en el distrito de Ayolas, Misiones.  Un día otoñal, con su tibio sol cayendo hacia al oeste.  La fecha es imprecisa (quizás 1971, o tal vez 1972). No hace una hora que una canoa zarpó de la orilla del río Paraná del lado paraguayo hacia la isla Yacyretâ. Cuatro personas subieron a bordo: el dictador Stroessner, el italiano  Salvador Musmessi y los temibles coronel  Julián Miers y capitán Narciso Soler. Estos dos y Stroessner habían llegado la mañana de ese sábado  desde Asunción en una avioneta. Don Turi (Musmessi) vivía en la isla. Era un día de pesca, un deporte que el dictador amaba.

Del otro lado del Paraná, de la orilla del lado argentino, zarpa una lancha con una potente deslizadora. A bordó están dos médicos opositores a Stroessner: Agustín Goiburú y Joel Filártiga. Los unía la profesión, el arrojo y la política, pero sobre todo la pasión por acabar con el dictador. En el piso de la lancha iba durmiendo un letal fusil M2 con mira telescópica.  La lancha remonta el brazo San Jose-mi del río que bordea la isla. A unos doscientos metros de distancia ya pueden divisar con claridad a los cuatro pescadores, quietos, parados, concentrados en sus anzuelos sumergidos en la fuerte correntada del agujero del diablo.

De todos los pescadores, Soler es el que tiene una especial sensibilidad para el pique. El mismo Stroessner es su obediente aprendiz cuando de intentar pescar un dorado se trata.  El otro militar, Miers, es un novato en clavar peces. Sus atributos son otros: es corajudo, fiel y sanguinario. Su función, ahí,  es morir, si fuera necesario, para defenderlo. Está armado con un fusil y una pistola. Soler también porta un arma. Don Turi es un amigo entrañable cuyo papel  es el de entretener al Único Líder con sus interminables conversaciones.

Cuatro meses antes de aquel sábado, Filártiga y Goiburú habían conspirado en una larga conversación en Posadas, Argentina. La propuesta vino de Goiburú. Al otro no dejó de gustarle la idea. Expeditivamente gestionó un arma con precisión de largo alcance. Además, Filártiga aportó este ingenio: hora antes del atentado,  agujereó finamente las balas del fusil e introdujo en ellas vaselina y cianuro. La muerte del ajusticiado sería segura, por paro respiratorio. Todo lo demás corrió por cuenta de Goiburú: persuadió a Nery  Alcaraz (funcionario de Trasmisiones de la Marina) de que le avisara la hora exacta en que Stroessner y su séquito estarían pescando en la isla. Alcaraz, miembro clandestino del Partido Febrerista, escuchó por la radio la información requerida proveniente de la base de Ayolas e inmediatamente avisó al médico. Consiguió la lancha y la deslizadora. Los disparos también quedarían a cargo de Goiburú. Sus largos años de práctica les dieron fama de pulso. “Cheko nda javy guasúi hína doctor”, le dijo a Filártiga mientras timoneaba la lancha.

En la orilla de la isla un sombrero piri de ala ancha cubría al dictador del sol de la tarde. Parado, conversaba con Don Turi y al mismo tiempo atendía su anzuelo. “Moó’ogotopa opika hína Soler”, pregunta a su esbirro. “Jahecháta hína mi general”, responde dócilmente este. El general estaba sereno por la tranquilidad que le generaba la pesca. Pero su serenidad venía sobre todo de la estabilidad y legitimidad de los que entonces gozaba su régimen. Algo que los demás gobiernos militares de la región envidiaban en esos años.  Ese sosiego de tener el poder sin peligros inmediatos, casi todo controlado, era superior.

En el punto de confluencia entre el San Jose-mi y el Aña kua quedó la lancha de los dos médicos. Tiraron un ancla al agua para darle más estabilidad. “Ehaâ chupe hetépe. Rejapihápe rejukata”, le dijo Joel, un tanto nervioso, a sus colega, previendo los efectos del cianuro. “No, ajapíta iñakaitépe”, le respondió el otro, sostenido en su rodilla derecha y apuntando hacia el objetivo. “Acertálena donde sea…el cianuroko va hacer el resto…”, le insistió Filártiga.

Miers divisó la lancha y alertó a los demás. “Mba’éiko ojapo amo umía…”, comentó. El Rubio levantó la mirada. Un segundo después lo que parecía un fuerte golpe de viento hizo volar su sombrero y lo echó hacia atrás.

Se escuchó el seco chasquido del primer disparo del M2. Luego el del segundo. Vieron que el dictador cayó. “Ajapi”, dijo Goiburú. El otro estiró la correa de la deslizadora y la lancha bajó veloz el San Jose-mi hacia el lado argentino.

El séquito se abalanzó sobre el dictador caído. Miers levantó el fusil y disparó varios tiros hacia los que huían río abajo. Solo en ese momento supo que una potente bala le rosó el sombrero piri.

Horas después, Goiburú y Filártiga escuchaban la radio en una casa de la ciudad de Posadas. Esperaban, ansiosos, la noticia de la muerte de Stroessner. Nunca pasaron tal noticia.

 

Nota del autor:

*Esta historia real está basada en el largo y pormenorizado relato que el doctor Joel Filártiga me hizo en varios encuentros personales; en la lectura del libro “La fiesta del tiranosaurio”, una larga entrevista que Filártiga concediera al escritor Luis Agüero Wagner , y en una única conversación que mantuve con el señor Nery Alcaraz. Se basa en los testimonios de dos de los protagonistas de la historia. Los personajes son todos reales, sacados de la mucha literatura ya escrita acerca de nuestra historia reciente.

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