Diatriba contra Asunción desde una bicicleta

Lo primero que hice al verlo fue atropellarlo con la bicicleta. El rostro del intendente de Asunción ni se inmutó. “Nde inútil, no te animas a poner una senda para bicicletas”, le grité…Pero antes que esto suceda me propongo describir cómo vivo la ciudad desde una bicicleta. 

Semáforo para bicicletas. Fuente: http://biciudades.tumblr.com/

Semáforo para bicicletas. Fuente: http://biciudades.tumblr.com/

Vivo en Itapytapunta y cruzo el centro todos los días en bicicleta. Andar en bici es un zapping urbano que se hace con los pies: uno pedalea y bajo las ruedas aparece un trayecto de arena, luego un improbable empedrado; piedras, basura y asfaltado: las veredas como vidrios rotos. Recorro poco: alrededor de 20 kilómetros por día. Pero entiendo que usar la bicicleta y estar desempleado son formas eficaces de poner a prueba la paciencia de los demás. Los automovilistas no respetan a los ciclistas; de tanto en tanto, un ciclista es forzado a tirarse a la banquina: a veces hay banquita. En Gran Asunción circulan por día unas 35.000 bicicletas y se arman unas 500 diariamente; pero nuestro plural uso de la torpeza hace que se invierta dinero y esfuerzo en proyectar más estacionamientos. En la ciudad no hay más de 20 kilómetros de carriles para bicis que están inconexos. Asunción es una ciudad pre-socrática, o sea: anterior a la razón. Solo así se explica que en ella un vehículo estacionado ocupe 12 metros cuadrados; en la capital –sólo en el microcentro– hay estacionamiento tarifado para 2.400 autos, o sea: hay unos 28.800 metros cuadrados ocupados por hierro y plástico. Asunción es un atributo de la intensidad: mandan quienes hablan más fuerte; quienes andan más rápido, quienes hacen del insulto en la calle una moral. Al pedalear las dificultades parecen infinitas y los automóviles también. El ruido que producen es infernal: el bocinazo es la épica del ignorante. Al pedalear el paisaje es desolador. En la capital hay alrededor de 42 vehículos por cada árbol que existe en los espacios públicos de la ciudad. Ya que según “El Diagnóstico de las plazas públicas”, que fue realizado en el año 2012 por la Junta Municipal de Asunción, en las plazas de los 69 barrios de la capital hay un total de 7.500 árboles y, según datos de la Comuna capitalina, por día ingresan a la ciudad unos 320.000 móviles de todo tipo. Ni los árboles ni los ciclistas tenemos cabida en esta ciudad. Pedaleo y por fin llego al centro, subo por la calle Estrella y la pelea es contra todos los automovilistas. Como en las pelis de terror, el silencio siempre es preludio de algo terrible; de pronto, un móvil blanco me roza; se viene un bocinazo, dos, tres bocinazos más; otros vehículos también me rozan, la calle les pertenece y me lo hacen saben. Como en un concierto punk, me retiro a la vereda mostrando el dedo del medio. Pedaleo en un tramo de vereda y pienso en esta ciudad hostil contra los ciclistas: En el año 1913 en la capital circulaban unos 340 vehículos, de los cuales, sólo tres eran automóviles. Desde entonces, la cantidad aumentó casi mil veces más. En el año 1905 empezó a circular en Asunción el primer vehículo -un Cadillac monocilíndrico de 10 HP-, y desde entonces, el automóvil aceptó compartir la calle hasta con el carrito estirado por flacos caballos, pero para la bicicleta no hay espacio. La ciudad se fue convirtiendo en una postal donde miles de vehículos están varados en semáforos y cruces. Me dicen: “Según el último Plan Ceta del año 1998, si uno ingresa a Asunción  desde una ciudad vecina con su vehículo personal y no en bus, ahorra unos 28 minutos”. Me dicen y no me convencen. Me gusta la bicicleta porque rompe la tiranía del vehículo. Cuando pedaleamos luchamos contra un modelo de desplazamiento que nos impone el automóvil –una forma totalitaria de ver el mundo–; en esta situación, el individuo no puede observar el paisaje porque todo es anulado por la velocidad. Desde una bicicleta notamos que cada cosa es diferente –las calles, las esquinas, las fachadas de las casas–: aprendemos a convivir con la diferencia. O si no, pedaleo y sostengo: desde una bicicleta se aprecia el retorno de los rostros, de los gestos, del saludo. Todo lo que fue anulado por la velocidad. Desde mi bicicleta miro a los conductores y creo que no hay nada más vulgar que la comodidad del asiento del auto: una simple extensión del mueble. Según Paul Virilio toda tecnología crea su accidente: el ferrocarril crea el descarrilamiento, el barco el hundimiento y los aviones las precipitadas caídas. Pero con la bici no sucede lo mismo, porque no parece un vehículo sino un juguete que nos divide en dos: de la cintura para arriba el gozo del viento; hacia abajo, las piernas que terminan en unos pies engreídos por no tocar la tierra. Estoy en el medio del tráfico y mis pedales son una extensión extrema de mis pulmones: respiro hondo. El flujo de tráfico entre las calles Chile y Alberdi, desde el Paraguayo Independiente hasta 5ta Avenida es de 150.000 vehículos. Asunción es un territorio que modifica la biografía de más de un millón de personas que la visitan por día; cada jornada, se realizan unos 2,3 millones de viajes en buses y automóviles. Pienso que es demasiado; que se debería limitar el ingreso de los vehículos a la ciudad; que se deberían construir senderos para bicicletas, pienso en esto y justo aparece su figura: un cartel del intendente de Asunción que alguien sacó a la vereda. Estaba con su casco amarillo y una sonrisa que convive con baches y raudales. Lo primero que hice al verlo fue atropellarlo con la bicicleta. El rostro del intendente de Asunción ni se inmutó., pero arruiné el cartel desde la cintura para abajo. “Nde inútil, no te animas a poner una senda para bicicletas”, le grité…abandoné la vereda y volví a circular por la calle; inmediatamente volvieron los bocinazos: la épica de los ignorantes de esta ciudad hostil.

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