De la lucha por la causa a la lucha por los cargos

  • Semblanza de don Antonio González Arce, luchador contra las dictaduras políticas, económicas, sociales y culturales de ayer y de hoy. A nuestros ojos, alguien muy cercano a aquella utopía del hombre nuevo.
  • Veinticinco años de fetichismo electoral y recrudecimiento de la violencia represiva. 

Por Paulo López y Milena Pereira Fukuoka

Don Anto, exhibiendo algunas de sus obras en cuero.

Los cambios centrales introducidos desde 1989 al régimen político liderado durante 35 años por Alfredo Stroessner habrían sido la des-personificación del modelo dictatorial, la identificación de la democracia con las elecciones y, sobre todo, la estratégica incorporación al remozado régimen autoritario de la –hasta entonces– oposición política.

El rol de la autodenominada oposición fue desde entonces la legitimación del régimen a cambio de cargos parlamentarios y ejecutivos para sus clases dirigentes,  tomando parte en la macabra fiesta de corrupción y prebendarismo estatal-privado, y en el sojuzgamiento popular a través de relaciones clientelares. En fin, la cogestión de un aparato estatal caracterizado por la incapacidad de resolución de un solo problema público en estas dos décadas y media; por garantizar eficazmente el funcionamiento de un modelo de acumulación de injusticias cada vez más amplio y de acumulación de riquezas cada vez más concentrado. Y, como factor esencial para el equilibrio de este orden, por ejecutar la violencia represiva focalizada en los solitarios opositores al régimen: los movimientos sociales populares, con gran protagonismo del sector campesino.

Música en el taller

Nuestro anfitrión nos enseña algunos de los discos que lo acompañan en su trabajo.

Guampas, termos, cintos, pergaminos y otros objetos en clave “artesanal”. Las máquinas sumidas en el letargo de la siesta dominical yacen entre los retazos de cuero, los diversos artículos terminados y por terminar. Una trinchera enclavada en la ciudad de Fernando de la Mora.

“Don Anto”, como lo conocen sus amigos “jóvenes”, cultiva el arte de hacer cosas bellas pero al mismo tiempo útiles. Arte, pero con una finalidad práctica, que desafía el precepto de que el arte debe ser inútil. Relata que su taller siempre está dominado por el espíritu de la música, especialmente la clásica, que lo sume en el trance necesario para imprimirle múltiples formas al cuero.

Aprendió el oficio en sus años en la cárcel de Tacumbú como preso político del régimen de Alfredo Stroessner.

–Soy artesano. Trabajo y coloco mi trabajo. Viajo al interior, produzco y vendo, dice sobre su bregar de ahora.

En ese instante Flora, su compañera de toda la vida, nos convida un revivificante jugo de durazno. Él rememora que la familia de ella no lo aceptaba porque los fines de semana  se dedicaba a sus labores partidarias y casi no la visitaba. Cuenta que él solía aparecer los lunes y su suegra en tono malicioso decía a su hija y se lo hacía escuchar.

Don Anto y su compañera de toda la vida, Flora.

–“Mirá, mi hija, ahora tenemos visita lasánima, en referencia a que los lunes se acostumbraba a visitar a los muertos.

Flora aceptó todo lo que implicaba su labor militante, pero le advirtió que ella no se iba a meter. Sin embargo, sin saberlo, haciendo honor al nombre de aquella portentosa libertaria, fue la valiente compañera del dirigente preso, torturado y estigmatizado.

En la cárcel

Por unos minutos se rinde al sueño y baja la guardia. Los golpeteos de los dientes de una gigantesca rata hurgando en su pecho lo despiertan. Pega un grito. Los oficiales de guardia lanzan carcajadas.

Evoca que en febrero de 1982, cuando tenía 31 años, se dirigía a la casa de un compañero y al ver gente extraña intentó pasar de largo, pero parientes del camarada, que había sido llevado preso el día anterior, lo delatan. Pasa una dura temporada entre Investigaciones, de donde se remontan sus peores recuerdos, la Guardia de Seguridad (actual Agrupación Especializada) y la Penitenciaría Nacional. Lo liberan días antes de la Navidad de 1985.

En sus tempranos veinte ya se desempeñaba como asistente de Óscar Creydt, entonces secretario general del Partido Comunista paraguayo. “Estando en Argentina Creydt me propone trabajar como funcionario a tiempo completo en el partido. Yo sabía que las condiciones eran difíciles. A él le sorprendió mucho cuando yo volví y me fui al Norte a trabajar a los obrajes con mi papá. Tuve una experiencia política muy rica con los documentos del partido. Yo los introduje clandestinamente y los distribuía”.

En la identidad de don Anto hay un rasgo de origen muy profundo: es concepcionero. La rebeldía del  Norte  lo acompaña en su historia. Allí trabajó como hachero en un obraje forestal. Un mensú como aquellos que Rafael Barrett había descrito con precisa crudeza.

En su juventud cuando trabajaba como hachero en un obraje del Norte. La fotografía sobrevivió a un incendio.

Tiempos difíciles

 Corría el año 1970. Tenía 18 años. Sobre esa época en Buenos Aires, con un pronunciado gesto que denota cómo calaron en él esos tiempos difíciles, no duda en decir. “Ahí sí fue jodido, sin vínculos con nadie”. En la capital argentina se dedicó a distintos tipos de trabajos como cavar zanjas, construcción, fábricas de tanques para vehículos, entre otras actividades. Pero el oficio que más entrañablemente recuerda fue el de vendedor, mediante el cual se hizo camino a la Universidad de Buenos Aires, donde estudió por unos años derecho, carrera que abandonó a instancias de Creydt, quien vislumbraba como inminente el advenimiento de la revolución proletaria en Paraguay.

En ese tiempo recibió mucho apoyo de Creydt, pero luego empezaron a emerger sus problemas de carácter. “A mí al principio me chocaban mucho sus exabruptos. Cuando él explotaba. Una vez me miró bien y me preguntó, después de una de sus filípicas: ¿y vos por qué no te vas del partido? Y porque soy comunista, le respondí”.

Cuenta que la segunda vez que cayó preso fue en Falcón, en diciembre de 1986, cuando se dirigía a Argentina para entrevistarse con Creydt. Pasó más de un mes en un ropero en la Guardia de Seguridad. Para entonces, a los ojos del régimen, aparecía como un dirigente comunista de primera línea y tras su captura fue expuesto como un preciado trofeo de guerra.

Hace una pausa, como hurgando entre sus recuerdos, y se ensimisma buscando el calificativo exacto. “A él yo podría aplicar la palabra paranoico”, se arriesga, aludiendo a Creydt. Pero luego se muestra comprensivo. “Me parece que era razonable en el caso de él, que siempre estuvo clandestino y ocultándose. Cualquier cosa él ya sospechaba faccionalismo. Sin embargo, también era el tipo más descuidado que yo conocí. Le daba confianza a quien no tenía que darle o al menor síntoma intrascendente quitaba confianza”, afirma. Destaca, sin embargo, su actitud digna y valiente frente a dirigentes de Partidos Comunistas poderosos de distintos países y continentes, haciendo respetar siempre la autonomía de las organizaciones paraguayas, negándose a aceptar cualquier forma de tutelaje o avasallamiento a los propios procesos internos.

La dictadura des-personificada

La cultura estronista  sigue vital: autoritarismo, corrupción, malversación de tierras estatales, de los bienes públicos en general, la actitud vendepatria, asevera con firmeza. “Lo que se democratizó fue la corrupción. Antes los jerarcas del estronismo monopolizaban lo negocios sucios, que ahora están al alcance de muchos más”. Menciona como ejemplo la industria del tabaco y las falsificaciones de marcas.

Sobre cómo ve al progresismo a 25 años de la partida de Stroessner a su dorado exilio en el Brasil, apunta que distingue dos manifestaciones principales. El progresismo de los partidos políticos que así se reivindican y el avance de la conciencia popular. “Este progresismo es más avanzado para mí con relación al de aquellos. Muy pocos de estos partidos conservan su base organizativa pasadas las elecciones”, sentencia.

Dice que si los partidos de izquierda hubieran tenido vocación de poder y de servicio, hubieran aprovechado la oportunidad de fortalecer sus organizaciones y renovar sus cuadros.

“La gente desconfía de la izquierda, en muchos casos con razón, porque ve a personas que también quieren cargos y acomodos como cualquier otro partido de derecha. Pero no es el momento de los plagueos. Hay que tomar al toro por las astas y organizarse y activar. No hay que culparle a la gente porque no te sigue. Por ejemplo esa actitud soberbia y de burla hacia los llamados indignados sin poder ver que lo que se necesita es sumar. Y se justifican argumentando que los 15N le hacen el juego a Cartes”, quien busca debilitar al Parlamento para acumular poderes. “A este Parlamento no es necesario debilitarlo ni desprestigiarlo si siempre está en oferta para seguir a quien pague más”, refuerza.

Enfatiza que a 25 años de la quimera de la transición a la democracia, la tarea a priorizar es el rescate de la memoria. Pero no quedándonos en el pasado, sino comparándolo con lo que estamos presenciando: el asesinato selectivo de dirigentes campesinos, los que mueren en situaciones poco claras, los que están presos e imputados y otras formas de violencia dictatorial.

“Ahí se ve la mano del sistema. Los dirigentes mueren en zonas conflictivas, donde están en pugna el agronegocio y los campesinos y campesinas”. Con indignación menciona la cruenta represión en General Resquín, donde el labriego Aníbal Alegre perdió un ojo. Y este domingo que nos estremece con el asesinato de Nery Benítez en Luz Bella, departamento de San Pedro, en la misma zona en que un día antes policías que custodiaban el desmonte de una parcela de bosque nativo hirieron a 16 campesinos y arrestaron a otro.

La transformación social engrillada al calendario electoral

En el periodo pos 1989, González Arce formó parte del Movimiento Nacional de Víctimas de la dictadura estronista, el cual llegó a presidir. Durante su gestión las organizaciones lograron la conformación de la Comisión de Verdad y Justicia (CVJ) y la política de indemnización estatal a personas luchadoras víctimas del régimen dictatorial. Actualmente forma parte de la Coordinadora de Luchadoras, luchadores y Víctimas de la Dictadura (Codelucha).

Pero con un sentido gesto nos dice que su vida política, que para él debería ser la predominante, se encuentra en suspenso.

–No encuentro un lugar donde encauzar mi militancia. Yo me ofrecí, visité, hablé. Traté de incorporarme a coaliciones progresistas no con una actitud política electoralista.  Propuse que quería empezar un trabajo de visitar a la gente casa por casa, aunque sea con un equipo pequeño, pero ignoran eso.

El desafío de la izquierda es tener mucha transparencia en su conducta, trabajar y organizar a la gente todos los días de todos los años, no solo en época electoral. Hay que partir de la base de que el enemigo trabaja las 24 horas. Si eso entra en nuestras cabezas, dentro de cinco a diez años creo que formaríamos una gran fuerza. Los jóvenes del PC están trabajando. El PMAS se debilitó mucho.  Podés tener funcionarios rentados, pero si no se recurre a la militancia consciente y revolucionaria, con disciplina, ninguna iniciativa puede durar. Lenin ponía mucho acento en la disciplina, pero debe ser una conciente, libre, no impuesta. Estamos cansados del autoritarismo.

Lo importante es que los dirigentes tienen que tener una moral sólida para no caer en debilidades que desmoralizan a los militantes y son utilizadas por el adversario para desprestigiar al progresismo. Pero encima de todo, y más en situaciones tan adversas para nuestro pueblo como las actuales, debemos apostar a la esperanza que posibilite acciones movilizadoras.

A la articulación de esfuerzos para ganar nuevas posiciones en la disputa por una sociedad justa y genuinamente democrática. No es el tiempo de culpar a nadie, sino de actuar.

 

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