De cómo vencer la muerte y el latifundio

El escrito forma parte de un libro en preparación sobre la vida de Francisco «Fran» Estigarribia, trabajador social, luchador incansable por la niñez trabajadora, por la clase obrera, por un Paraguay para las mayorías.

Por Julio Benegas Vidallet

Es un martes de fines de agosto. Este mes medio mundo tomó carrulim. Desde el gobierno por primera vez se asumió que la economía real, la cotidiana, la del bolsillo de la trabajadora y del trabajador, estaba mal. Pablo Herken, en su programa de televisión con Camilo Soares, tuvo que bajarse de las nubes de la macroeconomía para asumir esta realidad y asumir, además, que en la Argentina tampoco las cosas estaban bien y que no era solamente responsabilidad, como durante cuatro años se dijo desde los medios de comunicación de masa, de los gobiernos anteriores.

En Argentina la chapa Alberto y Cristina Fernández ganó por 16 puntos en las primarias presidenciales a Mauricio Macri. En Paraguay, luego de varias movilizaciones por lo que se consideraba una entrega de la soberanía nacional a Brasil, la Cámara de Diputados, con mayoría del Partido Colorado, desechó el juicio político.

En el centro de Asunción el tráfico está insoportable. Las hileras dobles de vehículos es la norma. La chatarrería metálica parece un mundo dantesco de urgencias. A la puerta de Citimarket, de Manduvira y O’leary, un chico indígena pide monedas, y en la esquina otro chico está tirado en el piso, con una manta deshilachada que le cubre la cabeza y deja ver sus pies descalzos y negros de hollín.

Todo el mundo humano, en ese tráfico, parece trancado y, sin embargo, en algún momento la gente termina de hacer lo que se propone. Finalmente, a la noche, la ciudad quedará despoblada, en sus calles, sus plazas y sus comedores.

En un rincón de ese mundo, en una de esas casas de la ciudad con puertas frontales y antiguas ventanas, Ernesto Benítez, Elvio Benítez y otros acaban de llegar de una reunión de comunidades campesinas de Misiones. Es que el tema Itaipú despertó un interés extraordinario en la gente. El gobierno quedó muy al desnudo y con una extrema debilidad popular, pero ha concentrado, con el renovado acuerdo con el Grupo Cartes, todo el arco institucional: El Ejecutivo, el Parlamento, la Corte Suprema de Justicia, la Fiscalía General de la República y el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados. Entonces, en mucha gente se recrea la inquietud: por dónde salir, qué hacer, cómo y con quiénes.

En la sala del Partido Convergencia Popular Socialista, Iturbe entre Humaitá y Herrera, Ernesto Benítez cruza las piernas, se atusa la barbilla con una de sus huesudas manos y chupa despacio el terere. Debe bajar unos cambios, entiende, para hablar de Fran, pero en esa transición la conversación gira en torno del momento. Es inevitable. Cree que es tiempo de calentar los motores de la movilización popular, de los cierres de ruta, de los paros indefinidos. Entiende que si la mayoría del pueblo saca al gobierno colorado del poder por “vende patria”, el golpe a esa vieja estructura partidaria, que cohesiona a los más pesados grupos de poder económico del país, puede infringirle una herida profunda de la que le costaría sobreponerse en poco tiempo. En eso están, en la posibilidad de construir un gran arco “patriótico y democrático” que le devuelva la esperanza a la gente.

Aunque doloroso, imprevisto y fatal, para Ernesto, uno de los claros y lúcidos líderes de Tava Guarani y otros asentamientos campesinos, la partida de Fran fue uno de esos golpes a los que se ha acostumbrado durante estos años de la lucha por la tierra en el país. Una lucha en la que durante la denominada transición, 30 años, se cobró la vida de más de 120 campesinos, la mayoría dirigentes de bases campesinas, y algunos de ellos muy cercanos a Ernesto.

Aun con el temperamento macerado por las heridas mortales de policías o sicarios a varios de sus compañeros, aun habiendo visto a su padre, a los cinco años, siendo torturado por la policía stronista, aun habiendo sido él torturado, en ese mismo momento en que, luego de la conversación en torno de la situación política del país, se le aparece el asunto Fran, su mirada se congela, se pierde, se transporta y se quiebra lentamente hasta ese punto exacto en que vuelve a atusarse la barbilla, vuelve a chupar lentamente el terere y vuelve a cruzarse, pausadamente, las piernas:

-Yo no creo en la muerte de Fran. Fran, en vida, ha derrotado a la muerte.

Combatió a la muerte y la derrotó. Derrotó la muerte social, la del sin techo, la del sintierra, la del sin escuela, la del sin el colegio y sin la universidad.

En el poco tiempo, desde las filas de los excluidos, con su esfuerzo cotidiano, logró derrotar a la muerte, porque, para él, así como para los grandes luchadores contra la muerte social, la muerte nunca existió. Ha’eko no manoi. El día de su muerte fue el día de su nacimiento definitivo, trascendió, no lo olvidaremos en tres o cuatro meses, como sucede con la tragedia de los pobres, de los sin nombre, de los sin vida. Cada día, cada mes, cada año más y más personas y generaciones enteras lo tendrán como símbolo.

Ernesto Benítez busca la palabra precisa de algún fondo: un fondo lleno de experiencias de vida y de muerte. Tal vez por eso, en sus palabras, la vida activa como derrota diaria de la muerte adquiere un sentido profundo. Es que aquel 7 de setiembre de 1995 pudo haber sido él el mártir del asentamiento de Táva Guarani cuando una bala policial en el pecho lo derrumbó junto con una veintena de sus compañeros. En el cruce de Santa Rosa del Aguaray, San Pedro, estaban, como tantas veces, cerrando la Ruta 3, reclamando atención del gobierno a las demandas de los asentamientos campesinos del Norte, pero fue Pedro Giménez, su compañero de 20 años, quien no pudo sobrevivir. Luego, en ese camino de lucha por la tierra para el campesinado, lloraría más muertes, participaría de más rezos, le pedirían más discursos en los entierros. Fue así que aquella noche 19 de setiembre, al recibir la noticia del accidente de Fran, luego de haber almorzado con él, sintió un escalofrío muy conocido y una aflicción en el pecho que cargaba por tantas muertes como una fatalidad en la lucha diaria por el pan y la alegría.

Desde esa comprensión, se reacomoda en el asiento, se toca el rostro flaco, y reflexiona: -Fran no murió en un simple accidente. Los accidentes, ja’echupe, se pueden evitar: él es una víctima más de este sistema capitalista, que nos mete a todos en urgencias y hace que, como pasó con la persona con lo chocó, no cuidemos más de nosotros mismos y mucho menos de los otros. En este sistema nuestra vida no tiene mucho sentido, se atropella todo, la vida de otros menos importa. No se quiere la vida, se vive apurado, desesperado, embrutecido. Ndoúy ni ndohói ñandéve la oikova ni la oikótava. Tan diferente a la vida de Francisco y otra gente que como él ha vivido intensamente su vida, y que ubicaba la vida como el valor central.

Los caminos de la vida

Desde temprana edad, las luchas de Fran lo vincularon con Ernesto Benítez y tantos luchadores más por la tierra. En Táva Guarani, Ernesto se encargaba de que los niños que nacieron en el asentamiento, cuyas madres y padres habían sorteado represiones y desalojos, se educaran en la conciencia de la historia de sus padres y de la historia profunda de este país.

En el mundo campesino, de acuerdo con las posibilidades, los niños participan activamente de la economía familiar, recogiendo el ganado familiar, dando de comer a las gallinas o llevando el avío a sus padres a la chacra.

-Entonces, para nosotros, la lucha de las NNAT’s era una lucha conocida, sentida, y compartir las experiencias propias del trabajo infantil en el mundo campesino con el del mundo urbano era común-, refiere Ernesto, recordando el tiempo en que Fran y sus compañeros, primero de las CONNAT’s y luego desde la Dirección de Participación Protagónica de la Secretaría de la Niñez, organizaban encuentros en distintos departamentos del país.

Ernesto quiere entender la muerte de Francisco en el marco siempre de la muerte sin razón, pero que, finalmente, adquiere el vuelo de la muerte épica aunque haya sido una muerte más de telediarios, de una persona víctima de otra persona que del carril contrario atropelló a un joven que iba en moto, como ocurre casi diariamente.

-Por qué trasciende la muerte de Francisco-, se pregunta. Y él mismo se responde: porque él venció a la muerte, la muerte social es la vida de millones de personas sin tierra, sin viviendas, sin escuela, sin colegios, sin universidad.

Y, en una pausa de terere, la luz opaca del salón y de su propia voz, asegura:

-Él vivió mucho más intensamente su vida que el resto de los militantes. Él ha vivido aproximadamente tres veces más de lo que el común de los mortales lo hacen. Es decir, cuando murió pudo haber adquirido ya la experiencia vital de una persona de 90 años, porque en todo este tiempo dedicó intensamente a la vida de los demás.

Benítez, secretario general de Convergencia Popular Socialista por un buen tiempo, en el 2003, luego de ser detenido en otro cierre de ruta en Santa Rosa del Aguaray, San Pedro, donde acompañaba la demanda de los cultivadores de cedrón, fue torturado y sometido a maltratos por varias horas por agentes de la Policía Nacional y Antimotines. Su caso llegó a la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas y ésta urgió al Estado paraguayo su investigación. En julio de este año se reabrió el caso, a cargo del fiscal Santiago González Bibolini.

Hace tanto y parece ayer

Ernesto, en el 93, andaba en Ciudad del Este. Su padre, preso y torturado por la dictadura del general Alfredo Stroessner, era un antiguo dirigente de las Ligas Agrarias Cristianas. Su padre tuvo varios hijos, todos ellos militantes sociales, entre los que se cuenta a Elvio Benítez, de un carácter muy distinto a Ernesto. Elvio es enérgico, atropellador. De él se contaban historias diabólicas en los medios de prensa, especialmente en ABC Color, tomado por guerrillero, delincuente, invasor de propiedades, en fin, el cuco de los latifundistas; Ernesto piensa, repiensa, pero cuando se los ve juntos en esa patriada de asentamientos en el Norte parecen el yin y el yan.

Decíamos que en 93, en Ciudad del Este, Ernesto trabajaba como educador popular, muy cerca de niños y adolescentes. En eso andaba cuando se sintió convocado a liderar la ocupación de un latifundio, en ese momento denominado improductivo. Fueron echados una, dos y tres veces, con intervención militar y policial, hasta que, finalmente, el gobierno, entonces ya con la presidencia de Juan Carlos Wasmosy, no tuvo más remedio que reconocerles la ocupación. Hoy, a esas tierras que eran inmensos montes, a las que se llegaba en siete u ocho horas de Asunción (sin lluvia), llega un asfalto. En ese sendero de asfalto desfilan unos 17 asentamientos humanos, todos ellos instalados luego de la caída de la dictadura. Esta realidad ha hecho que Santa Rosa del Aguaray, un pequeño poblado de San Pedro, haya pasado, en unas décadas, a ser el distrito más poblado del departamento de San Pedro Norte. Son una matriz de la reconfiguración del mundo campesino en el nordeste del país, donde la acumulación latifundista fue recreada y ampliada exponencialmente con la penetración de las semillas transgénicas para la soja, el trigo, el girasol y el maíz, con algunas extensiones, inmensas a los ojos, de ganadería, como las estancias Polaquiño y Texeira.

Por ese sendero ya de asfalto, Francisco Estigarribia, en moto, fue, con Juampi, a ver a su hija Eirete, que vivía con la madre, en el asentamiento Aguerito, al lado de Táva Guarani, aquel fin de semana. Fue la última vez que vio a Eirete. Y fue la última vez que Eirete disfrutó de su padre.

-Gente como Fran no muere, gente como Fran nace y crece en la memoria de nuestro pueblo militante- resume Ernesto.

En la despedida de la entrevista, Ernesto suelta una reflexión. Ernesto cree –“es una opinión muy personal”-, que a 30 años de la lucha del movimiento popular campesino, las dirigencias deben entender que el mundo ha cambiado.

-Nosotros, en los 90, iniciamos la lucha contra el “latifundio improductivo”. Hoy ya no existe el latifundio improductivo. Todo está ocupado, o por la soja o por la ganadería. De toda la dirigencia, muy pocos terminaron la escuela, el colegio o la universidad. Hoy hay discusiones, como el tema de género, que no imaginábamos en esos tiempos. Creo que esa antigua dirigencia debe entender que su función hoy es estar al lado de las nuevas generaciones, no en disputar liderazgos. Es mi opinión.

-¿Al lado de gente como Fran?

Y… sí.

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