Cuento «La rebelión de Overa»

La rebelión de Overa

 

Ve desde arriba la jauría desorientada en la persecución implacable. Hace un momento le pisaba los talones. Exhausto, escucha el tintineo de las armas de acero de aquellos hombres de barba larga, montados en sus jagua guasu[1], resueltos a castigarlo con la muerte por haber profanado los símbolos cristianos. Observa con temor el letal tata ybyra[2] que llevan en sus manos. Si sus perseguidores levantasen la mirada, sería víctima fácil de aquel palo que apaga mágicamente el alma de los Ava[3]. El hombre también alcanza a escuchar cómo el lenguaraz inquiere, amenazante, al mburuvicha[4] del caserón comunal sobre su paradero. Despistados por éste y por la grasa de tigre que repele a los perros, sus perseguidores abandonan el lugar, no sin antes quemar el caserón con los indígenas adentro. Alejado el peligro, se dispone a pernoctar parte de la noche en la amplia rama de aquel majestuoso árbol.

De la culminación de aquella guerra religiosa hará cinco días. Su preparación, sin embargo, llevó muchos años. Se remonta a aquel tiempo en que Overa decidió abandonar su óga[5]comunitario en el Mbarakaju, atraído por las historias de trueques entre pajaguáes[6], guaikurúes[7], guaraníes y españoles en aguas de la bahía de Asunción. Hábil navegante formado en las agrestes aguas del río Paraná, construyó una ancha y larga  piragua, convenció a un grupo de guerreros y se lanzó al viaje por el Jejui Guasu. Desembocó en el río Paraguay, en cuyo vasto cauce sorteó el asedio de los temibles pajaguáes, expertos en el arte de la guerra naval. Llegó así a tierras kárias, dominadas por la cruz y el arcabuz, allí donde sonaba esa extraña lengua de los conquistadores. Llegó y participó de aquel mercado acuático donde bullían los comerciantes nativos y europeos. Las permutas incluían las preciadas mujeres, los imponentes caballos y los arcabuces, aquel palo de fuego que era a un mismo tiempo la fascinación y la muerte para los originarios; esa arma que hacía la diferencia fundamental para la dominación española. También formaban parte del intercambio los bastimentos de todo tipo, las canoas mejor talladas, los bellos ornamentos nativos y los brillantes objetos traídos de España.

Algunos años después, aplacada su curiosidad de comerciante, de aventurero, Overa dejó Asunción y fue a vivir al pueblo de Guarambaré. Antes de partir, escuchó las narraciones bíblicas del padre Martín González. Las gestas espirituales de Jesús, hijo de un Dios que los guaraníes desconocían; la pureza divina de la Virgen María, la proeza de David al vencer al gigante Goliat; la ira divina que destruyó la Torre de Babel y el poder que Jesús delegó en el Papa. Fábulas cristianas que se inscribieron indelebles en su memoria. Fue también en Asunción donde, antes de partir, comenzó a sentir el peligro para el lenguaje divino.

Con el paso del tiempo, una disconformidad comenzó a anidar en su â[8]: los sacerdotes cristianos iban borrando los nombres guaraníes de los indígenas para sustituirlos por nombres en castellano, acto que violaba lo más sagrado del Ava: la palabra. Profanados sus nombres, los guaraníes perdían el alma y el lazo con el Tukumbo[9], el que les unía a Ñanderuvusu[10], El Padre Primero, El Creador. Y es que Ñanderuvusu había creado la palabra de una porción de su propia divinidad; la creó en medio de las tinieblas, aún antes de la creación de todas las cosas. La disconformidad de Overa fue convirtiéndose en una agria rebelión contra los pa’i[11] y los karai[12] españoles.

Víctima del sistema de mitazgo, aceptó con simulada obediencia el ñemongarai[13]de la mano del padre González. Nada le significaba el chorro de agua derramada sobre su cabeza ni el nombre cristiano con el que lo bautizaban. Su héra[14] verdadero era Overa, el que le dio aquel centenario chamán de su óga en el Mbarakaju; un viejo pequeño y arrugado a quien, en medio de un trance espiritual, se le reveló que ese niño fue depositado en el útero de su madre por los brillos del Universo, por un resplandor de luz cósmica. El anciano hechicero había cumplido su tarea: recibía del lenguaje divino el nombre, la sagrada palabra en guaraní que identificaría de ahora en más al futuro Ava y lo ataría al Tukumbo. El nombre cristiano impuesto era una blasfemia.

Dos hechos más debieron suceder para que se le agotara la paciencia. Un misionero, ayudado por  la amenazante presencia de su encomendero, lo obligó a quitarse el tembeta[15]: un minúsculo hueso del tigre que él había cazado y que lo había incrustado en su labio inferior como amuleto, para protegerse de los espíritus malignos que entran por la boca. Ese símbolo de coraje y protección había sido deshonrado. La indignación no cabía en su pecho.

El otro hecho fue determinante: escuchó en sus sueños la voz de Ñanderuvusu. Era una voz que venía de todas partes, de dentro y fuera del Yvy[16],  de los rincones más remotos del Arapy[17]. Una voz que ordenaba, inapelable, detener la profanación dellenguaje divino de los Ava teete[18]. Overa se había convertido así en un arandu[19] que podía escuchar los secretos de Arapy, un hechicero que se comunicaba con las fuerzas sobrenaturales del mal y del bien, con ese cortejo de héroes y villanos que rodeaba a Ñanderuvusu. Había que cumplir de inmediato este mandato.

El furor mesiánico que nació en su alma lo impulsó a recorrer las tribus y los pueblos de indios predicando el mandato divino. En sus ceremonias chamánicas ordenaba desobedecer toda prohibición de los pa’i. Volver al uso del tembeta; volver al jeroky[20], danza en la que la comunidad se unía para agradecer los favores dados por sus héroes divinos, para ofrecerles sacrificios o para pedirles el py’aguasu[21] en las guerras. La quema del ganado vacuno –plaga traída por los españoles que destruía los cultivos de los guaraníes– era un número especial en los aty[22]: se escuchaba el lastimero mugir del animal mientras las lenguas de fuego de la gran pira lo devoraban lentamente hasta convertirlo en cenizas, tiradas luego al río.

Pero el núcleo de su brillante oratoria en aquellas ceremonias religiosas era la amenaza de que, acallado el lenguaje divino, volverían las tinieblas. La progresiva sustitución de la ancestral práctica chamánica del ombohéra[23] por el rito cristiano del ñemongarai conduciría al cataclismo. Este era el momento en que Overa, caído en profundo trance, era poseído por Ñanderuvusu. A través del tembloroso cuerpo del hechicero, El Creador hablaba ordenando a  los Ava teete a detener el ultraje de su propia divinidad: había que negar los nombres cristianos y volver a los guaraníes, sagrados desprendimientos del Padre Primero. El paroxismo colectivo no se hacía esperar.

A los efectos de una astuta estrategia bélica, se apropió de las creencias cristianas para usar la fuerza de sus dioses. Overa se proclamó Jesús ante sus seguidores. Nombró a su esposa Ñandesy[24]. Llamó a su hijo Guyraro[25], nombre de uno de los grandes héroes guaraníes, generador de grandes tormentas destructivas.  Además, confirió a éste el estatus de Papa cristiano. Cuando la noticia de esta blasfemia llegó a oídos de los representantes del Dios cristiano en estas tierras, el espanto se propagó hasta Roma.

Como si sus poderes simbólicos fueran pocos, declaró a sus adherentes poseer bajo su influencia al Jaguarete hovy[26]el tigre azul volador que tiene el poder de apagar la luz cósmica, de destruir el mundo.  A estas criaturas divinas llamaría en los momentos de confrontación armada para destruir a los karai españoles. De nada había que temer.

El proselitismo religioso de Overa concitó la adhesión unánime de las tribus y pueblos guaraníes esparcidos en el territorio de la colonia, menos la de los kários y los mestizos, aliados de los conquistadores. Organizó el consenso con los demás paje[27] y mburuvicha. En una gran junta guerrera realizada en Tanimbu guasu[28], la rebelión de Overa terminó recibiendo el apoyo de los jefes Urumbia, Tanimbaño, Kuremo, Kurapey, Ybyriju, Tapucane y Yacare. La comandancia guerrera recayó en el mburuvicha Guairaka y el acompañamiento chamánico en Taguatatî. Todo bajo el mando supremo de Overa.

La suerte de los combatientes se decidió en la gran batalla sobre el río Ypané. Cañones, espadas y arcabuces pudieron más que piedras, flechas y lanzas. Las  huestes al mando del capitán Juan de Garay sofocaron la rebelión de los miles de guerreros guaraníes. Los cuerpos del jefe Guairaka y del paje Taguatatî  fueron despedazados y expuestos al escarnio. La cruz detuvo la tormenta de Guyraro, el arcabuz derribó al Jaguarete hovy volador. Los sobrevivientes huyeron, entre ellos Overa, perseguido en forma implacable por haber profanado los símbolos más sagrados del cristianismo.

Ya en los últimos episodios de la batalla que mostraba un claro ganador, los lugartenientes del capitán Garay reconocen al hechicero. Éste observaba desde una piragua, a una prudente distancia, el fracasado desenlace de su rebelión. El capitán ordena a voces su captura.  Dos botes repletos de soldados con arcabuces van detrás de la piragua que se desliza veloz río abajo. Overa va sentado, tieso como una estatua con sus ornamentos de chamán, en medio de los dos indígenas cuyos cuerpos se hamacan una y otra vez sobre las palas, aterrados por los estruendos a sus espaldas.

Ahora está allá, en lo alto, agotado, sentado en la rama del inmenso samu’û, luego de cinco días de huida sin descanso. Hace menos de una hora la hueste de jinetes españoles, kários y perros cazadores estuvo a un paso de él. Lo salvaron Ñanderuvusu y la grasa de tigre que le diera un anciano ka’ygua[29]. Con ella embadurnó su cuerpo y asustó el olfato de los perros. Desde la punta de aquel árbol  puede ver el territorio de los indomables guaikurúes, allá en el inhóspito chaco, al otro lado del río Paraguay. Puede ver cómo en sus aguas mueren, alegres y briosas, las del Ypané. Antes, vio la saña con que los conquistadores asaron en una infernal hoguera a todos los miembros de una familia guaraní.  En unas horas, en medio de la noche profunda cargada del polifónico canto de la selva, bajará con sigilo del noble samu’û y tomará una picada que lo llevará al  río Paraguay.  En sus aguas su cuerpo macizo, ágil, se zambullirá para atravesarlas a nado hasta las tierras guaikurúes, un territorio hostil y desconocido al que sus perseguidores no se animarán a seguirlo.

 

[1] Caballo

[2] Arcabuz, fusil

[3] Hombre

[4] Jefe

[5] Casa

[6] Pueblo originario de las costas del río Paraguay

[7] Pueblo originario del Chaco

[8] Alma

[9] Comunidad

[10] Dios supremo de los guaraníes

[11] Sacerdote

[12] Señor que detenta el poder

[13] Bautizar, bautismo

[14] Nombre

[15] Barbote labial de piedra, hueso o madera

[16] Tierra

[17] Universo

[18] Hombre verdadero

[19] Sabio

[20] Danza

[21] Valentía, coraje

[22] Reunión

[23] Adivinar el nombre

[24] Nuestra madre

[25] Ave terrible

[26] Tigre azul

[27] Chamán, brujo

[28] La gran ceniza

[29] Indígena silvestre y solitario

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