Bukowski y las clases sociales ocultas de EE.UU.

«Descarnadas, procaces, enfermas, alcohólicas, denigrantes eran las palabras con las que Bukowski retrataba su vida y su entorno».

Por Leandro Albani

Charles Bukowski. Foto: internet.

Charles Bukowski. Foto: internet.

Cuando leí por primera vez Escritos de un viejo indecente de Charles Bukowski (Andernach, 1920 – Los Ángeles, 1994) descubrí con asombro a uno de los grandes escritores estadounidenses. Con un lenguaje claro y directo, sin vueltas ni grandilocuencias, Bukowski mostraba lo más descarnado del sistema norteamericano y revelaba los suburbios de la gran potencia que se sigue vendiendo como “ejemplo” de primer mundo.

El tan conocido “American Way of Life” era destruido con trompadas literarias por ese hombre que retrataba las bajezas a las que son sometidas las clases sociales más humildes y desprotegidas de Estados Unidos.

Respetando las enseñanzas de sus maestros, como Ernest Hemingway, no utilizaba en sus escritos análisis profundos dignos de sociólogos o intelectuales, sino que estampaba descripciones donde él participaba como protagonista principal, con las miserias y los aciertos a los que era arrastrado.

En uno de los artículos de Escritos…, Bukowski se refería a los “asesinos” que pueblan Estados Unidos, siendo ese uno de sus temas que siempre vuelven en su obra. Y, con su forma descarnada e incómoda, analizaba el asesinato de John F. Kennedy: “ésta es la década de eso: la Década de los Especialistas y la Década de los Asesinos. Ninguno de ellos vale una cagada de perro cristalizado. El principal problema de una cosa como el último asesinato es que no solo perdemos a un hombre de cierto mérito, sino que perdemos también beneficios políticos, espirituales y sociales, y esas cosas existen, aunque parezcan tan altisonantes. Lo que quiero decir es que en una crisis de asesinato las fuerzas reaccionarias y antihumanas tienden a solidificar sus prejuicios y a utilizar todas las brechas como medios de echar a la Libertad natural del jodido taburete del final de la barra”.

Descarnadas, procaces, enfermas, alcohólicas, denigrantes eran las palabras con las que Bukowski retrataba su vida y su entorno. Ni épica, ni historia complacientes: en Escritos de un viejo indecente, los relatos incomodan, dan rabia y asco, se unen por temas comunes donde la prostitución, el desempleo, el hambre, la lujuria y los ambientes densos se conjugan para regalar a los lectores un escenario siempre oculto tras las pantallas de los mass medias.

Pero tal vez donde el funcionamiento del sistema estadounidense queda más en evidencia es en su primera novela: Cartero, la historia del escritor dentro del sistema postal, la explotación llana y profunda de los trabajadores hasta en las más mínimas situaciones y las consecuencias en la carne de su alter ego, Henry Chinaski, que renuncia agotado y se deja llevar por la marea de las carreras de caballos y el alcohol. Con el paso del tiempo, quebrado y cercado por las “responsabilidades”, Chinaski decide volver al correo donde lo espera la repetición de sus días pasados con jefes cancerberos que, tan explotados como los trabajadores, asumen la postura de amos y señores sobre sus empleados.

En la descripción de G.G., uno de sus compañeros de trabajo, se puede rastrear los mecanismos de este sistema de explotación: “Había empezado de cartero a los veintipocos años y ahora andaba ya por los sesenta. Había perdido la voz. No hablaba. Graznaba. Y cuando graznaba, no decía gran cosa. No era apreciado ni despreciado. Simplemente estaba allí. Su cara se había arrugado en extraños surcos y pliegues de carne poco atractivos. En ella no brillaba ninguna luz. No era más que un viejo tipejo que hacía su trabajo: G.G. Sus ojos parecían dos estúpidos pegotes de barro asomándose por las bolsas imprecisas de sus párpados. Era mejor no pensar en él, ni mirarle”. Y en la historia de G.G., que en el relato estalla en una crisis nerviosa mientras su jefe busca con quién reemplazarlo para que el reparto de cartas no se retrase, se revela un final repetido: “Nunca volví a ver a G.G. Nadie supo lo que le pasó. Tampoco nadie volvió a mencionarle. El ‘viejo buenazo’. El hombre con dedicación. Degollado por un puñado de circulares de un supermercado local, con su oferta: un paquete de un famoso detergente de regalo al presentar el cupón con cada compra superior a 3 dólares”.

Rechazado por muchos y denigrado por los defensores de la “corrección literaria”, las novelas y escritos de Bukowski muestran a la nación del norte en las décadas del 50 y 60, y sacan a luz un sistema imperfecto, donde la pobreza y sus consecuencias son moneda corriente.

Alguna vez, este escritor al que se lo acusó de absolutamente todas las bajezas, declaró: “Me gustan los hombres desesperados, hombres con los dientes rotos y los destinos rotos. También me gustan las mujeres viles, las perras borrachas, con las medias caídas y arrugadas y las caras pringosas de maquillaje barato. Me gustan más los pervertidos que los santos. Me encuentro bien entre marginados porque soy un marginado. No me gustan las leyes, ni morales, religiones o reglas. No me gusta ser modelado por la sociedad”.

Con el sonido molesto y lacerante de esas palabras, entrar a los libros de Bukowski es conocer en profundidad los resultados de un país que desde hace décadas impone en el mundo un sistema político y económico que deja pobres, hambrientos, y hombres y mujeres asediados por una vida que solo brilla desde las pantallas de los televisores.

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