Anticipo de «Un relato urgente» novela en preventa de Julio Benegas

«Les comento que la campaña de venta anticipada de Un relato urgente, mi próxima novela, avanza a pasos firmes. Podremos -seguro estoy- publicar la obra a mediados de mayo. La idea es ubicar por venta anticipada cien ejemplares. Hemos pasado ya la docena. La reserva la pueden hacer conmigo, al 0971150805. Con un 50’i pueden acceder a una obra que, además del texto, trae una hermosa composición en tapa de la compañera, grandísima artista plástica, Ana Brisa Caballero.», comentó el periodista y escritor, Julio Benegas Vidallet.
En el texto de contratapa escrito por la escritora y dramaturga Luz Saldívar se lee: «Carla, la protagonista, conoce en su adolescencia a otra chica que será el gran amor de su vida. Las circunstancias le harán atravesar por diferentes situaciones como la precariedad, el abandono, la cárcel, la solidaridad, en ámbitos a veces sórdidos y brutales, otros de inmensa fraternidad y generosidad. Un relato urgente nos habla de mujeres citadinas y su devenir dentro de una sociedad hostil e indiferente.
El contexto de pandemia, las protestas sociales, las posturas antivacunas sitúan y dinamizan las acciones. El texto es ágil, ameno, humano, comprometido con la realidad socio política del país, conmovedor y esperanzador».
Aquí un anticipo:
Un relato urgente (Fragmento)
Bajé en la parada de Presidente Franco y Nuestra Señora. La heladería Amandau se estaba desmontando. Crucé las plazas tiritando de frío. Pensé que si Ana estuviera conmigo, si no hubiese ido a España buscando «nuevos horizontes», no habría necesidad de pedir favores muy especiales a Carmen. En una esquina de la plaza Libertad vi que don Felipe, repleto de frío, retiraba sus golosinas y sus cigarrillos para ubicarlos en la caja grande de cartón. En otra esquina, Hugo y su hijo recogían las cajas de hierbas, sus yerbas, los yuyos frescos, los braseros, los morteros, las sillas, las butacas. Aquel impetuoso viento sur blandía a su antojo la carpa de la tienda de almuerzo, meriendas y tereré. También José, mi zapatero, terminaba la jornada a los apuros.
A la altura de La Vienesa, alguien de atrás me tocó el hombro. Al dar la vuelta me sorprendió el cuerpo de aquel adolescente, lleno de greñas y hollín, que se moqueteaba con un enemigo imaginario la noche en la que Lidia se tomó unas cervezas conmigo sin decir «me tomo un vaso y voy».
—Eme’e chéve mil. Chevare’áiterei. Ñandejára omongoviáta ndéve — exhortó.
Me frené. Buscando monedas en el bolso, le pregunté su nombre.
—Eme’e chéve mil. Chevare’áiterei. Ñandejára omongoviáta ndéve— repitió mecánicamente como si no hubiera registrado mi pregunta.
Antes de llegar a Oliva y 14 de Mayo, me paró un tipo moreno, de ojos rasgados, con melena al hombro y unas botas con tachuelas en los pies.
—Disculpe, señora, ¿usted no vio hacia dónde se fue José?
—¿Quién José?
—Así le llamamos a ese chico que habló con usted. Seguro que le pedía plata.
—Ah, José. ¿Y para qué usted lo busca?
—Es que lo quiero llevar a un albergue de acá cerquita. Anuncian un frío polar.
—¿Y de dónde es el chico?
—De una comunidad ava guaraní, de Caaguazú. Se perdió cuando vinieron a Asunción para exigir la restitución de una parte de sus tierras ancestrales.
—Ah… qué heavy. Bajó por Alberdi hacia el Teatro Municipal.
—Ok, gracias.
Miré por mirar mi celular. En una de las notificaciones, el diario Última Hora anunciaba la llegada de un lote importante de vacunas donadas por el Gobierno de los Estados Unidos. Me prometí entonces que me daría una segunda oportunidad con don Felipe. Antes de ingresar a mi edificio, volteé el rostro y vi que avanzaba a tientas con el viento arremolinado. Volví sobre mis pasos para ayudarlo con la caja de cigarrillos y golosinas.
—Gracia mante, che rajy — esbozó con su voz lejana, apenas sonora, curtida por la resignación. Así fue que ingresé, acompañando a don Felipe, por primera vez a ese sótano del edificio. Sin necesidad de llaves, se entraba a través de una puertita metálica desvencijada, completamente corroída y doblada en la base. Dos colchones sucios y descascarados se extendían arbitrariamente en el suelo de manchas oscuras muy antiguas. Un tercer colchón, recostado en la pared, sostenía el cuerpo delgado de un ser vestido completamente de negro. El cabello enredado, muy carbón, cubría todo su rostro. Quemaba algo en la pipa improvisada de metal. Don Felipe ubicó sus cosas, despacio, serenamente, en una de las esquinas, al lado de un calentador eléctrico, de fino alambre enrollado en un cubo de cerámica, y una pava de aluminio. Hacía tanto que yo no veía ese tipo de calentador. Alguna vez lo tuvimos en la casa de Itá Pytã Punta. Muy sorprendida, quedé unos segundos observando aquel cuadro. Había otros habitantes en el sótano de aquel edificio. ¿Quiénes más eran? ¿Quién era aquel ser espectral que, enteramente agachado, quemaba algo, despejando con los dedos el cabello para inhalar? Ya a punto de retirarme, más por susto que por ganas, aquel ser fantasmal levantó la cabeza lentamente. Me miró con la boca bien abierta y la mirada ida. La cabeza se columpiaba de izquierda a derecha sobre sus hombros y una sonrisa extática descubría sus dientes ennegrecidos.
—No puede ser cierto. Decime Dios que todo esto no puede ser cierto— supliqué, saliendo disparada de aquel lugar. Esa imagen cadavérica de Hilda, envuelta en una humareda, con sus ojos completamente hundidos, surfeando en el limbo del éxtasis, me dejó también a mí con la boca abierta y con las pupilas dilatadas por el espanto.
—El futuro llegó y es un crimen— evoqué un tema de Leonard Cohen al meterme raudamente en la habitación. En el vórtice del asombro no atendí los detalles nuevos de aquellas paredes amarillentas que te embuten en la escalera estrecha y empinada.
Preparé un mate con anís. A punto de ubicar en la computadora Back to Black, de Amy Winehouse, sonó el teléfono. Como en tiempos de wasap casi todas las llamadas de número desconocido son de las compañías telefónicas que ofrecen «los mayores beneficios del mundo», dejé que suene nomás. A la segunda llamada me forré de respuestas tales como «estoy muy bien con mi plan y no quiero cambiar de compañía».
Sin embargo, del otro lado una voz afónica me dijo:
—Soy Ángel, hijo del doctor.
—Ángel. Sí, lo conozco. Su padre siempre me habla de usted. Parece que es su hijo predilecto.
—Soy su hijo mayor. Tal vez por eso. Y tal vez porque fui por mucho tiempo su akãrasy — zafó con una risa tímida.
—Ah, ¿y a qué se debe su llamada, don Ángel?— continué con voz trémula, sospechando que aquella comunicación inesperada no era de cortesía.
—Esta tarde mi padre falleció— me informó, confirmando el mayor de mis temores.
—¡A la pucha!— respondí, apretándome la cabeza.
—Dejó una carta en la que, entre otros pedidos, ruega que se le comunique su partida en la brevedad posible. Estoy cumpliendo con mi deber de hijo mayor, señorita.
—Ah, gracias. Muchas gracias. Lo siento tanto.
—Sí, sabemos que usted lo apreciaba y que él la apreciaba también.
—¿Dónde lo velan?
—Oh, no, señorita. Nuestro padre ya guarda reposo en Parque Serenidad. Apenas nos dieron dos horas para estar con él, con el cajón sellado.
—Ah, qué pena.
—Sí, una pena. Hasta luego, señorita Carla.
—Hasta luego, señor Ángel.
Miré el Navarro Correa que conseguí en una oferta de calle. Quise llamar a Ángel para averiguar si el doctor se había tomado algo parecido a una tableta de clonazepam como lo había hecho Lidia. Era morbo, lo sé, pero quería saber con qué se había dado. Imagino que a esa edad una sobredosis de clona puede resultar fatal. No me animé a molestar a un hijo en duelo por un morbo insignificante.
Qué importa con qué te das; cuando la voluntad de vivir muere, es preciso morir. Tal vez se puso una pistola en la sien. Tal vez. ¿Qué importancia tiene?
—Lo siento, Carmen, hoy no ha sido un buen día— exclamé al descorchar el tinto. Te dejaré algo. Es promesa— formulé levantando la copa casi llena. Y recordé un verso de Parra:
Con mi cara de ataúd y mis mariposas viejas, yo también me hago presente en esta solemne fiesta.
¡Salud, Nicanor!
Recargué la copa y la levanté otra vez para brindar por la niña que fui y por la hembra sin frutos que soy.
Quién pagará las deudas, mi señor, y quién llorará las penas por mí.
A punto ya de una deliciosa embriaguez, Carmen apareció con un Toro Viejo de litro y medio.
—¡Ay, querida, me moría de ganas de verte!
La colmé de besos y me colgué de su cuello de gorrión, trepando con los dedos su cabello liso y abundante.

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