A cuatro años del asesinato del líder de Santa Catalina, Yasy Cañy

Los nueve balazos.

El reptil tiene una piel elástica y fría que se retuerce en la sombra, bajo el tronco de tajy. La luz del sol relumbra en todo y quema las retinas con su calor. Es el viernes 26 de noviembre del 2010, una mañana que arde.

En la chacra don Mariano mira al animal que se mueve con sigilo. La serpiente es enorme, de casi dos metros de largo, y no parece temer al señor que lo revisa doblando el cuerpo. Hace ya unos meses que la víbora está resguardada bajo el tronco. Desde entonces don Mariano vigila su estado cada día. Sabe que se come a los sapos del jardín por las noches y a los ratones escurridizos que se dan una escapada por el fondo, entre las plantaciones. Cada cuatro días lo encuentra como hoy, digiriendo lentamente la presa que se tragara la noche anterior.

Don Mariano se cala el quepis y va para la casa, agarra la moto y sale. En el patio, ña Victoria, la esposa, se mueve entre dos ollas grandes que humean un vapor blanco. Otras mujeres de la comunidad están ahí con ella, en un ir y venir de risas y comentarios que corretean siseando entre las señoras, por sobre la comida hirviendo, alrededor del fuego, entre el tintineo sordo de los utensilios, y estallan ruidosos luego de cada chanza. Preparan un karu guasu. Algunos niños apilan platos en una mesa.

En el interior no tan profundo del país se libra una batalla, no tan sorda por lo ruidosa, no tan oscura por lo visible. Por un lado, los campesinos y campesinas, y sus hijos e hijas, y sus madres y padres, y sus hermanos y hermanas… Por el otro, la soja, las maquinarias, y el veneno que intoxica y que mata, y las hectáreas y hectáreas de tierra sin cultivo que se guardan como capital. Otra vez la tierra, siempre la tierra. Como después de la guerra del 70’, como durante la dictadura, como después de la dictadura.

Don Mariano sabe, y también cada uno de los habitantes de Santa Catalina, que aún hoy la tierra está en disputa, que esa lucha diaria, del trabajo en la chacra y en la militancia, junto al compañero, es ya la segunda parte de una pelea mucho más esencial, de la lucha por obtener el pedazo de tierra para la comunidad. Santa Catalina es uno de los territorios conquistados por campesinos.

El patio de la escuelita ubicada justo frente a la casa de don Mariano se va poblando. Al rato llegan tres camionetas con gente de la capital y de los asentamientos vecinos. Don Mariano, que junto con otros pobladores se pasó la mitad de la mañana aproximando a otros tantos más, ahora se suma al evento. Es el momento de la entrega. Los comités de agricultores de Santa Catalina y otros asentamientos alrededor reciben semillas y herramientas por parte del Estado. Al final de la entrega los flashes se repiten. Don Mariano posa al lado de todo el que se le aproxime.

La sonrisa leve, apenas perceptible, en los labios de don Mariano, su mirada algo ausente hacia algún tiempo más allá del presente, esconden tal vez recuerdos. Quizá recuerde el tiempo en que iniciaron la ocupación frente a la estancia de aquel ex-senador, en el 79; un tal Luis Alderete, uno de los tantos feudatarios del poder stronista. O las veces que lo llevaron preso a causa de liderar la ocupación; la vez del 84, la vez del 85, la del 86. Tal vez recuerde las veces que los disparos de los capataces huían sonoros sobre la ocupación, en un repetido intento de intimidarlos, a lo largo de meses, años… O rememore cómo, pese a ser perseguidos a palo de garrote y a palo de ley, fueron adentrándose más y más en los suelos de la hacienda, mientras los hijos iban creciendo y los nietos naciendo, hasta llegar a las tierras de Raúl Ernesto Villalba, otro heredero de la casta stronista, ya por finales de los años 90’. Quizá, don Mariano recuerde.

Hoy, son 1350 las hectáreas que conforman la comunidad. Sigue bordeada de latifundios y sojales, pero la conciencia de su gente es como un caparazón. Por consenso popular, las tierras de la comunidad Santa Catalina no se venden.

Un poco después del mediodía los platos de vori vori con mandioca y kumanda caldo humean en manos de la gente. Se arma el karu guasu. Hace mucho calor. Vecinos y visitantes se esparcen entre el patio de la escuelita y el patio de don Mariano. En minutos sólo quedan asientos vacíos de ambos lados y una pila de cubiertos sucios en la cocina de ña Victoria. Un joven visitante, bastante joven, se retiene ordenando sillas en la escuelita. Don Mariano lo encuentra y descubre que no ha tenido oportunidad de comer. Va para la casa y pide a otro joven, de la comunidad, que le acerque un plato de kumanda. Sale, así, el último de los que se hallaban en la casa de don Mariano, con un plato de loza entre las manos y un pedazo grande de mandioca encima, atraviesa el camino de tierra, pasa por el patio de un vecino y se pierde bajo el sol de la siesta. Un rato después, ya todos los visitantes se han marchado. La comunidad está tranquila y silenciosa.

La casa de don Mariano está callada. El bullicio del almuerzo fundó un silencio difícil de evitar. Es casi las dos de la tarde. Don Mariano sale al corredor y observa, ambas manos apoyadas en las caderas, el territorio conquistado. La tranquilidad que respira es tan profunda que parece un engaño, el relato apacible de un cuento.

Otra vez, Don Mariano parece recordar, pensar. Tal vez en los desalojos sufridos, o en las amenazas misteriosas que llegan al celular. Don Mariano piensa, tal vez. O teme, tal vez, que exista siempre un Julio Colmán o un Pío Ramírez que quiera amedrantar la firmeza de la comunidad y arrebatarles su conquista, porque el territorio está en disputa, siempre. De pronto piensa, sin duda, en el jarara bajo el viejo tronco de tajy. La sangre fría de los reptiles se altera muy pronto al calor del sol. Muy pronto necesitan sombra, fresco. La tarde está sofocante. Habrá que confiar en su capacidad de sobrevivencia.

Como cada siesta, don Mariano se sienta en una silla de madera, en el corredor. Se apoya en la pared e inclina el quepis sobre el rostro, el cual queda a media vista. En segundos concilia un sueño repetido cada día. Sus talones están juntos, sus manos sobre el vientre abombado. La nieta menor llega de afuera, cargando un balde de agua para seguir el lavado de cubiertos. Pasa frente a él.

Se distingue acercarse el sonido gutural del caño de escape de una moto. El sonido se acrecienta más y más hasta que el extraño, con el casco puesto, para justo frente a la casa de don Mariano. Ve a la niña. Pide entrar. La pequeña, contagiada del frenesí de visitas de la mañana y de la cordialidad propia del anfitrión, abre la tranquera, sin atender siquiera el extraño acento del ‘visitante’.

Montado en su moto, el extraño ingresa, a gran velocidad. Llega delante mismo de don Mariano, quien apenas levanta la cabeza.

En medio del silencio, revientan.

UNO.

DOS.

TRES.

CUATRO.

CINCO.

SEIS.

SIETE.

OCHO.

NUEVE.

mariano jaraLos balazos rompen a la comunidad en nueve sollozos. El ronquido de la moto sigue a la huida, como la cola del mal que se enrostra detrás del bicho.

Los vecinos salen de sus casas, todos. Se reúnen frente a la de don Mariano. La acción es instintiva. Van detrás del asesino. Lloran las mujeres. Los varones comprimen el puño. Las palabras se escudan detrás de las miradas.

Los pasos resuenan en la tierra el peso duro de sus dolores. Indignación, indignación, rabia. Como negras nubes acechando una calma bastarda, los pobladores de Santa Catalina se meten al bosquecito próximo al arroyo Itandey. Rompe la tormenta. Gritos, sollozos, llanto. Impotencia, rabia, impotencia.

¡ASESINO! ¡ASESINO! ¡CAMPESINO JUKAHA!

Encuentran la moto tirada junto a un barranco. Avanzan. Una fuerza incontenible los empuja. A unos kilómetros, en medio de la comunidad, yace el cuerpo aún tibio de don Mariano, juntando su sangre roja al rojo de la tierra por la que resistieran años, por la que lucharan. Y allí, al otro lado, un sicario contratado por el poder del capital corre, quiere escapar. Los rostros contorsionados se esconden y reaparecen entre la matas.

¡ASESINO! ¡ASESINO!

La tarde se tiñe de sombras. Cae la noche. Algunos policías se suman a la persecución. Capata’i indica un claro donde, asegura, el matón saldrá. Todos conocen a Capata’i, saben de su afición a la marisca, nadie como él conoce el bosque, nadie. Dice el mariscador que los senderos más transitables del pequeño bosque conducen a ese lugar. Aguardan.

En Santa Catalina las casas se visten de luto. Las mujeres preparan el velorio.

En la cacería los hombres esperan, cargados de una presión agobiante. De pronto, se rompen las ramas de un lado del claro, el tipo salta. Cae justo en medio, entre treinta campesinos y un par de policías. Lo agarran. Nadie lo insulta, no lo escupen, ni le golpean, ni lo maltratan. Una especie de odio rígido oprime sus voces y sujeta sus cuerpos. Acompañan al preso. Una muda procesión, taciturna. Cabizbajos, escoltan la efigie del mal.

Carlos Luis Faustiño es el nombre que queda registrado en el libro de actas de la comisaría. El tipo no tiene documentos en mano.

El sábado marcha la procesión rumbo al cementerio. Silenciosa, siseante, la marcha avanza en medio de la calle. A medida que van llegando el cuerpo se les vuelve cada vez más pesado, apenas pueden levantar los pies. Pero las miradas van firmes, de frente. Ingresan. Estallan los lamentos. Acorde a la solemnidad de los rituales mortuorios, todo es pausado, cada cosa usa su tiempo, lo multiplica en un tiempo que se estanca. De en medio de la gente, se levanta una figura cubierta de negro. Es ella, la esposa de don Mariano. De pronto, pinta el desteñido encuentro con su voz. Habla. El resto escucha. Su voz resguarda el dolor detrás de la memoria, de la historia de la lucha que los tiene reunidos, y los hace vecinos de un suelo conquistado a fuerza de resistencia y organización. Su voz destierra de su cuerpo el odio y el rencor, y se nutre de la confianza en la gente, y de la esperanza. Su voz no olvida la verdad, la verdad que niegan los medios y los patrones de las estancias, y denuncia el crimen, y clama justicia, clama justicia, clama justicia. Al final, calla. Ni siquiera el viento se atreve a romper el compacto silencio que ahora despide a Mariano Jara.

Entierran el cuerpo. Una parte de cada uno de los habitantes de Santa Catalina queda sepultada bajo el suelo. La tierra roja, generosa en las buenas cosechas, se traga ahora al marido, al compañero, al militante, al campesino, como un bicho voraz. Tal vez lo cobija ya, y para siempre, de las muchas veces fatal injusticia que se fabrica en torno a ella.

¡Mariano Jara vive!

¡VIVE!

Bajo un cielo encapotado de nubes que se empiezan a agrupar, regresan. La convicción es todavía más firme. Santa Catalina es el territorio conquistado, pero el territorio está en disputa, siempre. Todos lo saben.

Lo que nadie sabe es que en dos días, por orden de la fiscala Ninfa Aguilar, soltarán al asesino, y que perseguirán al policía que lo arrestara, y que cambiarán al comisario Núñez. Eso, nadie lo imagina.

Nadie sabe, tampoco, que un jarara de casi dos metros de largo ha desaparecido de debajo del tronco de tajy de la chacra de don Mariano. Cuentan, los que saben, que él lo protegía de todos los que querían matarlo o cazarlo para venderlo, que todas las mañanas iba a conversar con la serpiente, como en un secreto conocido por todos, que cuando él se acercaba el jarara alzaba la cabeza, pero no lo amenazaba. Eso cuentan.

Ahora la serpiente desapareció. Tal vez haya ido a encontrarse con don Mariano bajo el suelo rojo del cementerio.

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