El asesinato de Mohamas Gandhi

Crónica del asesinato de Mahatma Gandhi, a 64 años de la tragedia que conmocionó al mundo.

Por Dominique Lapierre y Larry Collins.

El 30 de enero de 1948, Mohamas Gandhi (Mahatma, Alma grande), es asesinado en su residencia de Blair House en Nueva Delhi, por un grupo extremista hindú opuesto a la partición territorial del país, solución apoyada por Gandhi, a su pesar, como inevitable. Su ejecutor es Nathura Godse, quien es detenido en el lugar de los hechos y semanas más tarde seguido por la mayoría de sus cómplices.

El clímax de una espiral de violencia incontrolable

La partición territorial de la India británica dando lugar a la creación de Pakistan tuvo sus más dramáticas consecuencias en el enfrentamiento y las matanzas entre hindúes y musulmanes en la región del Penjab en Cachemira, al dividírsela mediante una frontera, con un balance conservador de 500.000 muertos durante dos meses a partir de agosto de 1947.

El nacionalismo y el odio religioso amenazaron también devorar en el otro extremo a Calcuta salvada por Gandhi al precio de un ayuno autoimpuesto que cerca estuvo de costarle la vida. Tan cerca como la bomba que le fuera arrojada sin éxito en Blair House el 13 de enero por el mismo grupo extremista nacionalista, que días más tarde lograría acabar finalmente con su vida.

«Manu y Abha también estaban nerviosas. Sus relojes señalaban las cinco y diez, y Gandhi continuaba discutiendo con Patel. Nada detestaba más el dulce tirano que reinaba sobre sus existencias que el hacer esperar, sobre todo a los fieles de sus reuniones de oración. Pero el tono de su entrevista parecía tan serio, que ninguna de las dos se atrevía a interrumpirle. Por fin, Manu le hizo seña de que mirase la hora, Gandhi cogió su viejo «Ingersoll» que le colgaba de la cintura y se puso en pie precipitadamente.

—Oh —dijo a Patel—, le ruego que me excuse. Ya voy retrasado para mi cita con el Señor.

Mientras bajaba al jardín, se formó el pequeño cortejo que siempre le acompañaba. Dos de sus miembros se hallaban ausentes esta vez. Sushila Nayar, la joven médico que marchaba habitualmente delante de Gandhi, no había regresado aún de Pakistán. En cuanto al inspector que remplazaba al director adjunto de la Policía aquejado de gripe, tampoco apareció al lado de Gandhi. Había sido inesperadamente llamado al cuartel general de la Policía con motivo de una huelga de empleados municipales prevista para el día siguiente. Como todas las tardes, Manu llevaba la escupidera, las gafas y el cuaderno de reflexiones del Mahatma. Juntamente con Abha, le ofreció su hombro. Apoyándose familiarmente sobre sus «muletas», Gandhi se puso en camino.

Para ganar tiempo, decidió atajar a través del jardín, en vez de dar el rodeo habitual. Durante todo el camino, no dejó de reprender a las dos muchachas por haberle dejado olvidar la hora. —¿Por qué tengo que consultar mi reloj? Cuento con vosotras para que me recordéis la hora. Sabéis muy bien que no tolero un solo minuto de retraso en la oración. Seguía refunfuñando al llegar ante los cuatro escalones de piedra que conducían al césped donde esperaba la multitud. Era una tarde bella y apacible. Los últimos rayos del sol formaron una aureola en torno al rostro del Mahatma cuando apareció ante los fieles. Gandhi dejó deslizarse sus dedos de los hombros de sus sobrinas-nietas y subió sin ayuda los escalones, saludando con las manos juntas. Karkaré oyó elevarse de la multitud un respetuoso murmullo: «Bapuji, bapuji.» […]

Manu vio de pronto a «un hombre corpulento, vestido con uniforme caqui» dar un paso hacia delante. […] Manu creyó que este hombre quería tocar los pies de Gandhi. Alargó el brazo para apartarlo amablemente. —Hermano —protestó—, Bapu ya va retrasado veinte minutos. Nathuram Godsé la rechazó con gesto brusco y empuñó su «Beretta». Con el dedo crispado sobre el gatillo, disparó a bocajarro tres balazos sobre el pecho desnudo que se ofrecía ante él. Manu se disponía a recoger las gafas y el cuaderno que se le habían caído, cuando oyó el primer disparo. Se incorporó de un salto. Con las manos juntas en señal de saludo, su bienamado Bapu parecía todavía en movimiento, como si quisiera dar un último paso hacia la multitud. Vio cómo unas manchas enrojecían su inmaculado khadi. «He Ram!», «¡Oh, Dios mío!», suspiró Gandhi. Luego se desplomó lentamente sobre la hierba, con las palmas de las manos apretadas todavía una contra otra en este último gesto llegado de su corazón, un gesto de ofrenda y saludo hacia su asesino. En el hueco de un pliegue de su dhoti, que se iba inundando de sangre, Manu vio el viejo «Ingersoll» cuyo robo tanto le había apenado diez meses antes. Señalaba exactamente las cinco horas y diecisiete minutos.

Louis Mountbatten se enteró de la tragedia cuando regresaba de un paseo a caballo. Sus primeras palabras formularon inmediatamente una pregunta que millares de personas iban a plantearse en los próximos minutos. —¿Quién es el asesino? ¿Un musulmán o un hindú?
Nadie lo sabía aún en el palacio del gobernador general. Instantes después, acompañado de su agregado de Prensa Alan Campbell-Johnson, Mountbatten llegaba a Birla House. Una inmensa multitud se había congregado ya en torno a la puerta de entrada. Mientras el almirante se abría paso con dificultad, un hombre, con el rostro contorsionado por el odio, gritó de pronto:

—¡El que ha matado a Gandhiji es un musulmán!

Un súbito silencio petrificó a todos los presentes. Mountbatten se detuvo.

—¡Estás completamente loco —gritó con todas sus fuerzas—, sabes muy bien que es un hindú!

—¿Pero cómo diablos lo sabe usted? —le preguntó Alan Campbell-Johnson, apenas repuesto de su sorpresa.

—No tengo ni maldita idea —respondió Mountbatten—, pero, si el asesino es un musulmán, la India vivirá una de las matanzas más espantosas que jamás haya conocido el mundo.

Eran tantos los que compartían su angustia que el director de la Radiodifusión india tomó una decisión extraordinaria: prohibió que se anunciara inmediatamente la terrible noticia e hizo que continuara la emisión del programa que estaba en antena. Aprovechando esta demora, los jefes del Ejército y la Policía ponían a sus fuerzas en estado de alerta de un extremo a otro del país. Sólo a las seis de la tarde, cuarenta y tres minutos después del crimen, un comunicado informó al pueblo de la India de la muerte de quien le había traído la libertad. Cada una de sus palabras había sido cuidadosamente sopesada:

«El Mahatma Gandhi ha sido asesinado en Nueva Delhi esta tarde, a las 5’17. Su asesino es un hindú.»

La India había escapado a una matanza; ya no le quedaba más que llorar.»

Fuente: fragmentos publicados en la web Paralibros del libro “Esta noche la libertad” (1975) de Dominique Lapierre y Larry Collins.

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